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Nos encontramos en: - Asociación Caballeros y Damas de la Hispanidad Caballeros y Damas de la Hispanidad - Isabel la Católica descubridora y evangelizadora de América

Asociación de Caballeros y Damas de la Hispanidad


Reformadora de la Iglesia.

En ese contexto de la peculiarísima relación entre Iglesia y Estado,...se sitúa la biografía de Isabel de Castilla, como una gran reformadora de la Iglesia. Aborda la reforma de la Iglesia y se preocupa por ella desde una biografía rectilínea desde el punto de vista espiritual, no se resume solo en un ejercicio más o menos rutinario de lo que entonces también era frecuente (ejercicios de piedad y sacramentales), sino que llega hondo a su vida.

...Ese mundo de la devoción moderna, centrado en la vida interior, en la relación personal con el Señor, en la primacía plena de la relación personal con Cristo, es lo que determina la biografía interior, la historia de esa alma que fue Isabel de Castilla. Por ello, naturalmente, las costumbres de su vida se desarrollan en un contexto, en primer lugar, de una limpieza clara en su vida de soltera, en su matrimonio, y a lo largo y a lo ancho de toda su vida. Y luego, en su forma y modo de entender , moral y éticamente su función de Reina. Las categorías de justicia, de honradez y sacrificio dominan plenamente el ejercicio de su forma y modo de gobernar y reinar.

El concepto del bien común preside toda su actuación, tanto en la política interior de España, de los reinos unidos de España, como en la política exterior. La preocupación por la amenaza turca, en combinación con las incursiones con los "señores" de la costa africana del Mediterráneo, lo que va a ser después su gran preocupación por América, y también la preocupación por la paz entre los príncipes cristianos y la forma en la que ella entiende, considera y contempla la figura del indio, y la figura de la persona humana; la suma de lo que podía llamarse extraordinaria y sobresaliente estatura moral y ética de una gran reina...

El resultado de la acción de la Reina en conjunción, sobre todo al final, con la obra de Fray Francisco Jiménez de Cisneros, yo creo que es evidente. En primer lugar, lo permite no caer en la tentación de una falsa reforma, una reforma que termina en ruptura de la comunión de la fe, de la comunión de la caridad y de la comunión de la disciplina, de la ruptura con el sucesor de Pedro; y le permite constituirse una fuente de inspiración que hace posible la gran renovación católica de la Iglesia, y que le permite superar la gran crisis del protestantismo del siglo XVI.

Por otro lado, el programa lleva consigo una renovación del pensamiento teológico y de la relación Iglesia-sociedad-cultura, de gran novedad y gran riqueza para abordar los problemas de una hora histórica, que no solo era de encrucijada para la Iglesia, sino también para la humanidad en general. La superación del nominalismo, a través de una concepción del humanismo venida desde Italia, en la que la gran tradición tomista se renueva y entra dentro de lo que se podría llamar el acceso filosófico del conocimiento de la realidad metafísica sin recortes, sin relativismos empiristas. Todo ello va a tener lugar entre Alcalá de Henares (la nueva universidad del Renacimiento, humanista, donde se imprime la Políglota Complutense, obra de Fray Francisco Jiménez de Cisneros, apoyado en sus comienzos por la Reina, después ya realizada plenamente después de su muerte) y la Universidad de Salamanca, en la que se nace una escuela de teólogos dogmáticos, moralistas, juristas, de primer orden, que alumbran la luz de la primera gran teoría de los derechos humanos, y la gran teoría jurídico-política del derecho internacional.

Todo esto tiene que ver con ella, con su obra con su gran apoyo, con su gran cultura y la finura espiritual de su alma. Ella lo hizo siempre en obediencia al Papa y a la Iglesia. No era entonces fácil mantener estos lazos de obediencia con las instancias de gobierno de la Sede Apostólica. No era fácil, ni por razones exteriores -el ambiente muy influido de concilianismo que dominaba grandes sectores todavía de la vida de la Iglesia- ni por la forma en que se vivía en Roma la vida ordinaria, la vida cristiana de todos los días y apostolado; nada fácil porque ella misma veía, a través de su triunfo político -que lo tuvo y evidente- y del gran prestigio y, por lo tanto, de la gran capacidad de poder que había alcanzado después de una brillante trayectoria política, que podía tentarle a ir más allá de lo debido a la hora de ejercer sus responsabilidades políticas en el campo de la vida de la Iglesia. y que ella supera plenamente en virtud de su biografía, de su historia, de su capacidad, de la sensibilidad espiritual de su alma y de su vida, a la que he aludido anteriormente. Las categorías jurídicas con las que ya se operaban entonces muy venidas del derecho romano, medio en versión pagana, medio en versión cristiana, de la preeminencia real, del poderío real absoluto, de la señoría mayor de la justicia, no la tentaron nunca, no la llevaron a romper nunca el marco canónico de las relaciones de ella, de su acción reformadora, con el Romano Pontífice, con la Iglesia. Siempre se sirvió de instrumentos canónicos para justificar sus intervenciones, a veces tan hondas y tan internas, en la vida de la iglesia, y tan fructíferas, hay que decirlo creo yo, desde el punto de vista pastoral y de los efectos reformadores. No se pasó nunca ni abandonó el terreno de la ley especial, del privilegio, de la dispensa, ciertamente, aunque algunos quieran confundir -como algún autor ha interpretado- alguno de los privilegios pontificios, como concordato. No hubo concordato en los tiempos de Isabel la Católica en el sentido formal de la expresión, pero en el sentido real de la misma su hubo, porque esos privilegios y esas dispensas eran negociadas, eran pactadas, eran conseguida, aunque formalizadas después a través de un acto propio y específico de la autoridad del Romano Pontífice.

La Reina terminó su vida con la grandeza espiritual con la que humildemente comenzó, es decir, de una humilde forma -como es propia de los niños- de vivir su vida cristiana y su vida de fe, y que se agranda por momentos, a pesar de los pecados y de las sombras de su reinado; que se agranda de época a época de su vida, hasta el final de su muerte, en su contenido espiritual, que por otro lado no era a la medida de la coherencia interna de la historia interior de su alma, en la que ella cuida tanto de recordar sus pecados, de recordar sus fallos, de tratar todavía de subsanar deficiencia y carencias a las que ella no había podido dar solución, y de esa recomendación tan viva relacionada con el trato de los indios y de los nuevos reinos. Isabel la Católica fue una mujer, una cristiana, que ayudó decisivamente a la Iglesia en su reforma, a la reforma más auténtica de si misma, en un momento clave de la historia de la misma; y lo hizo porque antes había vivido ella en la historia interior de su alma y de su vida, un proceso de constante renovación interior y de constante aspiración a la perfección cristiana.

De la conferencia pronunciada por el Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española. D. Antonio María Rouco Varela, en la Embajada de España ante la Santa Sede en el otoño del 2002.

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