Vista panorámica


Villa histórica, monumental, escultórica y paisajística
Villa de las Ferias

Historia de la Muy Noble, Muy Leal y Coronada Villa de
Medina del Campo
conforme a varios documentos y notas a ella pertinentes por
D. ILDEFONSO RODRÍGUEZ Y FERNÁNDEZ
Doctor en las Facultades de Sagrada Teología, Filosofía y Letras y Medicina, Catedrático de esta Facultad en la Universidad Central (antes en la de la Habana), Caballero de la Orden de Carlos III, etc.

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CAPÍTULO VI

Isabel la Católica - Medina

I La Reina Isabel, su muerte en Medina.- II La Reina Católica y Medina.- Canal de Isabel I.- III La Reina Isabel y las ferias de Medina

I

El elogio de la Reina Isabel  I de Castilla ha sido hecho, entre otros, por dos literatos de un mérito universalmente reconocido. Es el primero D. Diego Clemencín, académico de la Historia, cuyo trabajo fue leído ante la Real Academia en 1807, publicado luego por la misma en 1820; y ha sido el segundo el inglés William H. Prescott. Que escribió sus magnífica Historia de los Reyes Católicos en 1837.

Ambas obras son modelo de erudición y paciencia, y sin hacer su apreciación respectiva, a ellas puede remitirse al que pretenda conocer bien a los Reyes Católicos, y la época o momento histórico en que vivieron.

Nació Isabel la Católica el 22 de Abril de 1451, en Madrigal, hija de D. Juan II y de Dª. Isabel, segunda mujer.

En el curioso libro Carro de las Donas, citado por Clemencín y otros muchos autores, dice que “esta señora, tan gran dolor sintió en la muerte de su marido D. Juan II, que cayó enferma en Arévalo, y nunca pudo convalecer. La Reina Dª. Isabel cuando estaba en la dicha villa visitando a su madre, ella misma, por su persona, la servía, y continuó diciendo el dicho libro, la Reina Isabel:   “Esta cristianísima Reina era de mediana estatura, bien compuesta en su persona  y en la proporción de sus miembros. Era muy blanca y rubia, el mirar muy gracioso y honesto, las facciones del rostro bien puestas y la cara toda muy hermosa y alegre, de una alegría honesta y muy mensurada;no bebía vino, muy recatada y mirada todo el tiempo de su vida, así doncella como casada. Placíase siempre tener consigo mujeres ancianas, que fuesen buenas en fama y de buen linaje… En su Palacio tenia damas de los mayores caballeros de sus Reinos… Hacía poner mucha diligencia en la guarda de ellas, así que todo su palacio era un monasterio muy encerrado y muy guardado. Tratábalas como a hijas; hacíalas magníficas mercedes para las casas;  aborrecía mucho las malas mujeres y era muy amiga de las buenas. Era muy cortés en sus hablas; guardaba tanto la continencia del rastro, que en los tiempos de sus partos, encubría los sentimientos de los dolores y pena que sentía, que parecía que no tenía esos dolores que las mujeres suelen mostrar. Asimismo hablaba muy bien y muy sabia y discretamente; era de tan excelente ingenio, que entre tan grandes y arduos negocios como tenía en la gobernación de sus Reinos, se dio al trabajo de aprender letras latinas, y alcanzó en tiempo de un año a sabellas tanto, que entendía y hablaba cualquier cosa de escritura latina… honraba mucho las casas de oración y visitaba con mucha voluntad los monasterios y casas de Religión… Aborrescía hechiceros y todas supersticiones; placíala mucho la conversación de personas religiosas con misericordia, quería y mandaba que con diligencia fuesen cumplidas sus cartas y mandamientos. Cuando el Rey Católico y esta piadosa Reina entraban en Consejo secreto con los de su Consejo, ya los tenía avisados, que cuando había algunas cosas arduas y grandes, se quedasen allí con ella hasta que el Rey fuese oído y les tornaba a decir. Yo os encargo la conciencia, que miréis esos negocios como si fuesen propios míos y de mis hijos. Siempre la veían inclinada a provecho de los prójimos y del Reino. Proveyó los Obispados y Arzobispados con respeto tan perfecto, que posponía toda afición. Era amiga de hombres generosos y letrados y de vida honesta… Viendo el Rey la gran habilidad que la Reina tenía en la gobernación, todas las cosas graves, remitía al buen saber y juicio de la Reina”.

Andrés Bernáldez, cura de los Palacios, en su Historia, capítulo CC, escribe de la Reina Isabel entre otras cosas: “Por ella fue librada Castilla de ladrones, o robos, o bandos, e salteadores de los caminos, de lo cual era llena cuando comenzó a reinar. Por ella fue destruida la soberbia de los malos caballeros, que eran traidores y desobedientes a la Corona Real… Fue muy prudentísima Reina, muy católica en la santa fe. Fue muy devotísima y muy obediente a la santa Madre Iglesia, y muy amiga e devota de la santa e limpia Religión. Hizo corregir e castigar la gran disolución y deshonestidad que había en sus Reinos, cuando comenzó a reinar, entre los frailes e monjas de todas Órdenes, e fizo encerrar las monjas de muchos monasterios que vivían muy deshonestas… Junta con su marido, iba a la guerra, e ganaron a los moros el Reino de Granada, que más de setecientos años los moros habían poseído… En esta buenaventura e tiempo de ellos, se descubrieron e fueron halladas las Indias, por en derecho de poniente del sol, donde tenía multitud de oro se descubrió…  Fue mujer muy esforzadísima, muy poderosa, prudentísima, sabia, honestísima, devota, discreta, cristianísima, verdadera, clara sin engaño. Muy buena casada, leal y verdadera, sujeta a su marido, muy amiga de buenos, ansí religiosos como seglares, limosnera, edificadora de templos, monasterios, iglesias y terrible enemiga de los malos y de las malas mujeres.

“Fue mujer hermosa, de muy gentil cuerpo e gesto, e composición; muy celosa del proe bien de estos Reinos, e de la justicia, y gobernación de ellos; soberana en el mandar, muy liberal en su justicia, justa en el juicio, siempre proveída de muy alto consejo, sin el cual no se movía, amiga de su casa, reparadora de sus criados, criadas e doncellas, muy concertada en sus fechos, celosa de su casa, dio de sí muy gran ejemplo de buena casada, que durante el tiempo de su matrimonio e reinar, nunca tuvo otros privados en quien pusiera el amor, sino ella del Rey y el Rey de ella. Fue la más temida y acatada Reina que nunca fue en el mundo, que todos los Duques, Mestres, Condes, Marqueses e Grandes señores, la temían e habían miedo de ella. Durante el tiempo de su matrimonio e el Rey e ella fueron muy temidos e obedecidos, e servidos, así de los Grandes de sus Reinos, como de las Comunidades Reales, e de los señoríos todo el tiempo que reinaron, en paz e concordia, e mucha justicia, los bandos fenecidos, los caminos seguros, los tableros de juego quitados, los rufianes azoados, e desterrados los ladrones e salteadores; los pobrecillos se ponían en justicia con los caballeros e la alcanzaban. Reinó ésta muy noble e bienaventurada Reina con el Rey D. Fernando, su marido, en Castilla, veintinueve años e diez meses… En el cual tiempo, fue en España la mayor empinación, triunfo e honra, e prosperidad que nunca España tuvo… ¿Quién podría contar la grandeza el concierto de su Corte, los Prelados, los letrados, el altísimo consejo que siempre la acompañaron, los predicadores, los cantores, las músicas acordadas de la honra del culto divino, la solemnidad de las Misas e Horas que continuamente en su palacio se cantaban, la caballería de los nobles de toda España, Duques, Marqueses e ricohombres, los galanes, las damas, las justas, lo torneos, la multitud de poetas e trovadores e músicos de toda arte, la gente de armas, e gente contra los moros, que nunca cesaban, las artillerías e ingenios de infinita manera? España fue en tiempo de estos Reyes la más triunfante,  e más sublimada, poderosa e temida que nunca fue. Ansí, de esta muy noble e bienaventurada Reina, vivirá en España su fama por siempre."

Gonzalo Fernández de Oviedo, Alcaide de la fortaleza de Santo Domingo, en la isla Española, escribe el la quicuagésima III, estancia XI: “aunque se junten todas las Reinas de nuestro tiempo, quedarán muy atrás, cotejadas con esta cristianísima Reina nuestra… Ninguna mujer vi tan graciosa, ni tanto de ver como su persona, ni de tal manea o sanctidad honestísima. Verla hablar, era cosa divina el valor de sus palabras, o con tanto o tan alto peso e medida, que ni decía ni menos ni más de lo que hacía el caso, de los negocios e de la calidad de la materia de que tractaba.  Se yo muy bien e como testigo de vista, que de su muerte, que fue en Medina del Campo, que a ningún malo en toda España le pesó, ni a ningún bueno le plugo, ni dejó de llorarla. Porque luego los vicios triunfaron, y los honestos y virtuosos fueron en menos tenidos o estimados, y luego la justicia se eclipsó en sus Ministros, o mostró la cara muy diferente de sus sentencias y efectos… Otras cosas pensaron en tiempos de esta católica Reina, y esta otra quiero que sepáis, que por ser ella tan parcial e amiga de buenas mujeres, y tan enemiga de las deshonestas, no había en sus reinos mujer tan mala que no procurase de parecer honesta e virtuosa, ni hombre tan vicioso e torpe, que no se esforzase de parecer bueno e honesto.”

Poco, es verdad, aunque muy bueno, es lo mucho que en elogio de Isabel la Católica se ha dicho con respecto a lo que se mereció; por llo mismo no he querido figure en todo lo que llevo apuntado, de lo que han dicho los españoles, todo ello ligerísimo entresaco de lo que consignó nuestro Clemencín, tomaré algo de los extranjeros en lo que se refiere a juicio crítico que de ella han hecho y relato acerca de su muerte, y escribe Prescott en su tomo VII, cap. XVI, refiriéndose a la Reina: “Sus modales eran muy agraciados y apacibles, y llevaban el sello de una dignidad natural de su corazón. No había persona a quien menos se pudiera acercar nadie con indebida familiaridad; más el respeto que imponía, excitaba al mismo tiempo un sentimiento profundo de adhesión y amor. Tenía también gran discernimiento para acomodarse a la situación  y carácter particular de los que la rodeaban; se presentaba cubierta de armadura al frente de las tropas, y no rehuía ninguno de los trabajos de la guerra. Durante la reforma de las Órdenes religiosas visitaba los monasterios de monjas en persona, tomando la labor con ellas y pasando el día en su compañía. Cuando viajaba por Galicia, vestía el traje del país, tomando prestadas al efecto las joyas y otros adornos de las señoras de aquella tierra, y volviéndoselas con regalos considerables. Por esta conducta complaciente y atractiva, así como por sus altas prendas, adquirió sobre sus turbulentos súbditos un ascendiente a que jamás pudo llegar ningún Rey de España.

Hablaba la lengua castellana con mucha elegancia y propiedad, tenía facilidad y afluencia en la conversación, la cual, aunque realmente fuera de carácter serio, a las veces sazonaba con dichos agudos y graciosos, que pasaron muchos en proverbio. Era parca y sobria, y pocas veces, o nunca, probaba el vino, y tan frugal en la mesa, que el gasto ordinario que se hacía para su persona y su familia, no pasaba de la moderada suma de 40 ducados. No era menos sencilla y modesta en sus trajes. En las ceremonias públicas desplegaba, a la verdad, real magnificencia, pero no la agradaba la pompa en su vida particular, y con la mayor generosidad se deshacía de las galas y joyas regalándolas a sus amigas. Naturalmente de carácter tranquilo, aunque afectuoso, gustaba  poco de las diversiones frívolas, a que tanta importancia se da en las Cortes, y aunque promoviera la concurrencia de cantores y músicos a su Palacio, era solo con el objeto de apartar a los jóvenes nobles de los placeres más bajos y menos cultos a que estaban entregados (en cambio les llevó a Pedro Mártir, y a él les mandaba y a otros maestros que les enseñasen latín y ciencias)

“Entre sus cualidades morales, una de las más relevantes era su magnanimidad; ni en sus pensamientos ni en sus acciones había algo pequeño o interesado; sus planes eran bastos y ejecutados con el mismo nobles espíritu con que habían sido concebidos; jamás empleaba agentes sospechosos ni medios torcidos, sino la política más franca y abierta, y rehusaba aprovechándose de las ventajas que pudiera ofrecerla la perfidia de los demás. Cuando una vez había concedido su confianza, dispensaba su apoyo poderoso con la mayor voluntad, y era religiosa en cumplir cualquier promesa u oferta que hubiera hecho a los que se comprometían en sus planes, por más aposiciones que encontraran. Así es que sostuvo a Cisneros en todas sus reformas. Favoreció a Colón en la prosecución de su grande empresa, escudándole contra las calumnias de sus enemigos, prestando este mismo apoyo a su favorecido Gonzalo de Córdoba. Su carácter era tan contrario al artificio y doblez, y tan ajenas eran esas cosas de su política interior, que, cuando las observamos en las relaciones exteriores de España, podemos estar seguros de que no procedían de la Reina. Era incapaz de alimentar ninguna desconfianza ni oculta malicia, y aunque fuera severa en la ejecución y administración de la justicia pública, olvidaba con mayor generosidad las ofensas, y alguna vez se adelantó a llamar a los que la habían injuriado personalmente.”

“Sería por carácter –dice Clemencín, pág. 36,-  poco aficionada a las fiestas y distracciones, que suele amar su sexo; enemiga de truhanes, agoreros y otras sabandijas palaciegas, que en aquella era más que en otras abundaban en las casas de Reyes y de los poderosos, que tal vez hallaron entrada en la de su marido, buscaba el descanso de las fatigas del gobierno en las labores mujeriles, sin adivinar cómo podían componerse la felicidad y el ocio, la frivolidad y la paz interior del alma. Dejó memoria de ello en su Estatuto, en que afirma que la parlería y la ociosidad hacen a las madres de familia indignas de disfrutar de las ventajas del matrimonio y cuyo aumento no contribuyeron con su trabajo, privado del derecho a los bienes gananciales a las mujeres cordobesas. Sus descendientes acababan de conseguir que se les quite esta tacha, apoyadas más bien en lo general del desorden, que en la enmienda del de sus abuelas, ¿Qué duremos de la templanza de Isabel, de la sobriedad de la que nunca excedió en su mesa los términos de una decorosa medianía?  La Reina de España, la Señora de los tesoros de las Indias, ella, su marido, el Príncipe heredero, las Infantas, todos comían con menos de cuarenta ducados, cuando pocos años después su nieto Carlos, recién venido de Flandes y antes todavía de casarse, gastaba en su mesa diaria más de cuatrocientos.”

Con exquisita prudencia la misma guerra declaró al lujo;  y las alhajas de su corona dos veces las empeñó, una para la guerra de Granada y la otra para Colón.

“La desagradaban los espectáculos brutales o sangrientos; vio una ve unos toros en Arévalo, y al día siguiente ya ideó les pusiesen en los cuernos unos estuches o estorbos que defendiesen la vida del hombre, disminuyendo así el riesgo.”

¿Para qué más? El que más quiera conocer, mina abundante hallar, puede sin salirse del citado y tan hermoso libro del Sr. Clemencín, de los dichos escritos de tantos cronistas que le precedieron, y de Prescott y otros tantos literatos que le han seguido, y terminaré con éste último y otros escritores, dando algunas noticias acerca de la muerte de la Reina Isabel.

“Las fuerzas de la Reina se habían en sus últimos años debilitado extraordinariamente por los incesantes trabajos, viajes y penalidades que se había tomado, y por la continua actividad de su espíritu. Todavía sufrió más por una serie de terribles desgracias en su familia, que casi sin tregua había caído sobre su tierno corazón desde la muerte de su madre, ocurrida en 1496. El año siguiente tuvo que acompañar al sepulcro de los restos de su único hijo varón, heredero y esperanza de la Monarquía, muerto en la flor de sus juveniles años, y poco después tuvo que hacer los mismos sufragios a la más querida de sus hijas, a la amable Reina de Portugal.

La dolorosa enfermedad que la ocasionó el último de estos pesares, produjo es su espíritu un abatimiento de que jamás se recobró enteramente; las hijas que la quedaban estaban en tierras distantes, y Dª. Juana, que volvió a acompañarla, fue motivo de sentimiento aún más profundo para el corazón de su triste madre, que la veía atacada de grave dolencia, que hacía presagiar el porvenir más lastimoso.

Encontraba consuelo en los ejercicios de piedad y en el cumplimiento de los deberes de su elevado cargo, prestando atención especial a los asuntos de América, a los planes de Cisneros y al riesgo de una invasión que se anunciaba de los franceses, preparada para fines del 1503. A principios de este mismo año, había decaído su salud tan visiblemente, que las Cortes de castilla, sobresaltadas por ello, suplicaron que diese providencia para el gobierno del Reino, después de su muerte, en el caso de hallarse ausente o incapacitada Dª. Juana.

Después de este suceso, parece que mejoró algún tanto, pero fue únicamente para caer en un estado de mayor debilidad, sobre todo, cuando tuvo el convencimiento de que su hija estaba (más o menos) atacada de demencia, de lo cual ya no fue posible dudar.

En la primavera siguiente, Dª. Juana se embarcó para Flandes, donde halló a su esposo D. Felipe, enamorado de una hermosa dama de su Corte, a la que en un acceso de celos golpeó y mandó cortar los cabellos la indignada castellana, que fue a su vez maltratada, o por lo menos descortésmente alejada por el infiel marido.

La noticia de estos desagradables sucesos causaron el los Reyes Católicos el pesar más profundo. Fernando cayó poco después enfermo con fiebres, que se presentaron también en la Reina, agravando su anterior enfermedad, y separados, aunque en el mismo Palacio, suponía Isabel al no ver a su esposo, que éste se hallaba muy grave, negándose a creer a los médicos.

La robusta naturaleza del Rey se sobrepuso a la enfermedad, al paso que la Reina empeoraba de día en día. El milanés Pedro Mártir, que de fecha atrás se hallaba a su lado como Mayordomo y preceptor de latín y ciencias en la Casa Real, y para los nobles, escribía el 7 de octubre al Conde de Tendilla  “que los médicos temían mucho acerca del resultado de la enfermedad de la Reina, pues todo su organismo se halla –dice- dominado por una fiebre que la consume, rehusa todo alimento y solamente tiene una sed continua, va a terminar por hidropesía.”

No es de extrañar que la gran reserva y exquisito pudor de la Reina por su parte, y estas noticias de Mártir, hayan hecho creer a muchos ilustres médicos, y entre ellos a mi amigo el distinguido y tan erudito Luís Comenge que se trataba de una lesión cordiaca, que pudo ser consecutiva, en todo caso, a otros trastornos funcionales y precedentes morbosos.

La enfermedad de la Reina venía ya de larga fecha ocasionándola un estado habitual de postración, debilidad y tristeza, y sin pararme a examinar los antecedentes varios que sobre este particular existen, me atengo como suficiente al texto de Albar Gómez de Castro, el cual afirma haber sido la cusa de la muerte de la Reina, putridus et verecundum aiunt, quod ex assiduis ad Granatam equitationibus contraxisse aiunt, y traduzco libre; úlcera de la nariz (sin tratamiento por lo de verecundum o vergonzoso) que adquirió, según dicen, de la frecuente equitación de sus viajes, en las guerras de Granada y en toda ocasión, puesto que la Reina Isabel viajó mucho, y se puede asegurar que casi siempre a caballo, ulceración y daño que pudo ser en sus principios, acaso ligera, y que ocultaba y desatendía debió ser causa de la anticipada muerte de la Reina, a cuyo fatal desenlace tanto pudieron contribuir los continuados pesares de su corazón sensible y afectuoso. Clemencín, por si acaso, aunque extraño a la Medicina, al oír hablar de hidropesía y de úlcera, dice con sencillo laconismo: “Pudo ser uno u otro”, y no se juzgue mal, en este hecho de los médicos, pues aunque la Reina tuviera talento y valor, yo no conozco al pudor atajos, y a una Reina o santa mujer que expirante despliega todas sus últimas energías, par que al darla la Extremaunción no la descubriesen los pies; y que para que no la tuviesen que desnudar luego de su muerte se amortaja ella misma, se viste horas antes el hábito de San Francisco, según escribe Marineo Sículo; a un pudor así no creo haya ni medios ni razones, ni reconvenciones, ni atajos, como digo, para moverle o convencerle, y discutan esto en el terreno de la licitud los teólogos, que tampoco creo que la solución se escapase a la sutil inteligencia de la Soberana.

Para probar que la vida de Isabel fue la de un guerrero en ciertos años de su viuda, no he de describir sus viajes. Clemencín en la introducción de su elogio, pasando únicamente en la empresa de Granada, escribe en su pág. 16:

“Isabel enemiga de partidos pusilánimes, decreta la conservación de Alhama contra la tímida prudencia de los Consejeros del Rey su esposo, recorre la frontera e infunde en los pechos el fuego sagrado del amos a la gloria. Europa miró atónita a una mujer ocupada en la formación  de planes de campaña, votar entre los viejos y experimentados Capitanes, presidir los preparativos marciales con una inteligencia  a que no habían llegado los guerreros de las Edades anteriores… La Reina disponía la fábrica de municiones, los acopios de pólvoras, los cortes de madera, cuidaba de las provisiones y reclutaba el ejército, de la seguridad de la frontera, de la facilidad de las comunicaciones y establecía postas para ellas; mandaba armar naves en Vizcaya para interceptar los socorros de África, infestar la costa enemiga y apoyar las operaciones de las tropas, y cuando faltaban al ejército provisiones, se montaba a caballo y se venía a Arévalo y Medina, a las que llamaba las paneras de su Castilla.” (Véase Ossorio, pág. 146, que afirma que esto lo hizo varias veces.)

¿Cómo no había de resentirse de estos excesos y fatigas, una mujer todo corazón y cerebro, rubia, linfática, y sobre l que llovían tantos cuidados y contradicciones?

Lo cieto es, que ya en el año de 1503, teniendo que acudir desde Segovia, ante el empeño de Dª. Juana, de marcharse a Flandes con el Archiduque; ya su postración era grande, y a pesar de ser un asunto que no la agradaba se divulgase, se vino al Palacio de Medina, y desde él se hizo llevar en una silla de manos al siguiente día, a la Mota, donde se había refugiado la Infanta.

Volvemos al relato. Entre tanto, Isabel, en su Palacio de Medina, no disminuía en nada su vida solicitud por el bien de sus pueblos, siempre atenta a los grandes negocios del Gobierno. Reclinada en su almohada, como tenía que estar la mayor parte del tiempo, se hacía dar cuenta de lo más interesante que ocurría dentro y fuera de España, daba audiencia a los extranjeros distinguidos, y especialmente a los italianos, que podían informarla de las cosas de la última guerra, y sobre todo de lo relativo a Gonzalo de Córdoba, por cuya fortuna había manifestado desde siempre el más vivo interés; recibía también con gusto a los viajeros ilustrados que eran atraídos a la Corte de Castilla por la fama de su Reina, y se informaba de ellos acerca de todo, y los despedía, como dice un escritor contemporáneo, “llenos de admiración al ver la varonil fortaleza de aquél espíritu que la sostenía, en medio de su enfermedad mortal” Esta iba empeorándose por momentos. A 15 de Octubre, encontramos otra carta de Mártir (el Consejero Polanco), concebida en estos tristes términos:

“Me preguntáis acerca del estado de la salud de la Reina; nos hallamos en Palacio todo el día, aguardando con lastimero semblante la hora en que la Religión y todas las virtudes dejarán la tierra, con su espíritu pidamos a Dos que nos permita seguirla después, donde ha de ir muy pronto. Excede esta señora en tanto grado a toda virtud humana, que difícilmente podrá haber nada entre los mortales que le sea comparable; casi no se puede decir que muera, sino que pasa a una existencia más noble, que debe excitar más bien nuestra envidia que nuestra tristeza; deja el mundo lleno de su fama y va a gozar de la vida eterna en el cielo, escribo esto entre el temor y la esperanza, porque todavía respira nuestra Reina.”

A 12 de Octubre, otorgó su célebre testamento, que es el mejor testimonio en que resplandecen con tanto brillo las ilustres prendas de su espíritu y de su carácter. Manda que sus restos sean llevados a Granada, que se coloquen en un sepulcro modesto y humilde, sin más que una sencilla inscripción, y que si el Rey eligiese otro sitio, se la lleve a él, para que la unión que han gozado en vida, y que hayan que gozar en el cielo, se represente por la unión de los cuerpos en tierra, y que sus funerales se hagan sin ostentación, distribuyendo la economía que de esto resultase, entre los pobres.  Señala fundaciones piadosas de dotes para doncellas necesitadas, redención de cautivos en Barbería; dispone que todas sus deudas se paguen en el año, suprime los oficios superfluos de la Casa Real, revoca todas las mercedes de terrenos y rentas concedidas sin causa suficiente, y sobre todo recomienda no enajenar jamás los derechos a la importante fortaleza de Gibraltar.

Detenida la sucesión de la Corona en Dª. Juana y D. Felipe, encargándoles para que se granjeen el amor y obediencia de sus súbditos, que se conformen a los usos del Reino, que no nombre extranjeros para los empleos, presintiendo acaso la conducta del Archiduque, y que durante su ausencia del Reino, no de den leyes ni decretos  que necesitan el asentimiento de las Cortes, y que les imiten en su conducta reciproca en su sociedad conyugal y que se interesen vivamente  por el bien y libertad de sus súbditos. Con el parecer de los Prelados  nobles del Reino, nombra a su marido Regente de Castilla, hasta que su nieto Carlos llegue a la mayor edad, recomienda con la mayor ternura a sus sucesores, los empleados de su Real Palacio, rueda a Rey que acepte sus joyas, en memoria de su especial amor, como recuerdo que lo anime a vivir santamente, y ya sintiendo decaer sus fuerzas, otorga a 23 de Noviembre, en su villa de Medina, ante su notario Gricio, tan amigo de Colón, su codicilo o recuerdo último, encargando en él que se codifiquen bien las leyes, para lo que nombra personas peritas que aclaren y unifique la legislación de Castilla, se acuerde y recomienda a los pobrecillos indios, para que se les evite de vejámenes y mal tratamiento, rogando les conviertan y civilicen, tratándolos con toda bondad; dispone que con respeto a las alcabalas o contribuciones que estudien y cobren del modo menos gravoso a sus súbditos, y que para acudir a estas necesidades de la Corona, se convoquen Cortes y tomen medidas que han de ser dictadas con el beneplácito de los súbditos del Reino, palabras en las que se revela su gran respeto a los fueros y libertades de la nación.

-No lloréis por mí, ni hagáis inútiles ruegos por mi salud– decía a los que la rodeaban; -rogad por la salvación de mi alma. Y sin dejar de cumplir los deberes todos de la más humilde y resignada cristiana, murió el 26 de Noviembre de 1504 un poco antes de la hora del mediodía, a los cincuenta y cuatro años de su edad.

Aquél mismo día Pedro Mártir, escribiendo al Arzobispo de Granada le decía: “la pluma se me cae de las manos y mis fuerzas desfallecen a impulsos del sentimiento; el mundo ha perdido su ornamento más precioso, y su muerte no deben llorarla solo los españoles a quienes había conducido por tanto tiempo en la carrera de la gloria sino también todas las naciones de la cristiandad, porque era el espejo de todas las virtudes, el escudo de los inocentes, y el freno de los malvados; no sé que haya habido heroína en el mundo, ni en los tiempos antiguos, que merezca compararse con esta incomparable mujer.”  

Al día siguiente se celebraron en sufragio de la Reina, más que solemnes, tristísimas exequias en la Colegiata; y sin embalsamar su cadáver, como lo había dispuesto, se emprendió el viaje a Granada, con numeroso séquito de caballeros y eclesiásticos, entre los que se contaba Pedro Mártir. La Comitiva se puso en silenciosa marcha, acompañándola el Rey hasta las afueras de Medina, y a corto rato empezó a llover copiosamente, continuando sin interrupción las lluvias durante todo el viaje; pusiéronse intransitables los caminos, desapareciendo algunos puentes, viéndose en peligro los caballos, mulas y jinetes, de los que algunos sufrieron grave daño, confesando Mártir no haber visto, ni haberse hallado nunca en tantos peligros. El 18 de Diciembre, aquella lúgubre y estropeada comitiva entraba en Granada, depositando en el convento de San Francisco, los restos de su querida Reina, gloria de España, e imperecedero recuerdo de Medina.

Bien dice a este particular, en su crónica de Valladolid D. Fernando Fulgosío: “Murió Isabel la Católica en Medina del Campo, la cual aunque ya de por sí, no tuviera clarísimo renombre, fuera por tan señalado suceso célebre e el mundo.”

II

La Reina católica y Medina – Canal de Isabel I

Que la Reina Isabel hizo de su villa de Medina un sitio de descanso o de solaz físico, resulta un hecho innegable; pero que ese tiempo de solaz fue de gran provecho para la gobernación de sus reinos por las eficaces disposiciones y medidas que en Medina se dictaron o tomaron, está fuera de duda.

La seguridad personal, el orden público, la administración de justicia, sufrían hondo daño al empezar el reinado de los Reyes Católicos, y la Reina, para atajar tantos males, fundó en Medina  La Santa Hermandad.

Que el conflicto de la moneda era de los más insuperables o difíciles, pues Enrique IV había llegado a autorizar hasta 150 Casas de Moneda, en la que dice un escritor, “ovo muy muchas más de falso que públicamente”, y en Medina se dan acertadas disposiciones acerca de estos y muchos otros particulares, según que lo prueban las cédulas, disposiciones o decretos dados en varios y sucesivos años.

Así vemos que, en Medina, el 28de Octubre de 1840, establece, teniendo en cuenta la libertad y comodidad de sus pueblos (Libro de las Pragmáticas, de Ramírez, edición de 1503), que sea libre y desembargado a los moradores de cualquier lugar pasarse a vivir a otro, llevando sus ganados y frutos si les acomodare.”

En el año 1494, toma desde Medina las disposiciones siguientes:

El 15 de Marzo.- Providencia para que se construya un paso público en Salamanca, cuyo vecindario se expresa que había crecido con la gran concurrencia de estudiantes. (Archivo de Simancas)

El 14 de Abril.- Provisión  par que se compongan y amplíen las almadrabas de Sevilla, encargando la obra a D. Juan de Fonseca, arcediano titular de la Catedral (Archivo de Simancas)  

El 20 de Abril.- Licencia concedida a la ciudad de Écija para sangrar el Guadalquivir, tomando a su cargo hacer la obra Fr. Juan de Soria, y otro de igual fecha, para componer las acequias antiguas. (Archivo de Simancas)

El 30 de Abril.- Provisión para que se construyese el peso público de Plasencia. (Archivo de Simancas)

El 14 de Mayo.- Cédula expedida a solicitud de los procuradores de Asturias, para fomentar el plantío de viñas, en el Principado y señaladamente en la Marina. (Archivo de Simancas)

El 17 de Junio.- Ordenanzas del obraje de los paños. Se citan en Ordenanzas de la Reina Dª. Juana en 1511.

El 21 de Junio.- Cédula de erección del Consulado de Burgos, expedida a solicitud de Diego de Soria, en nombre de la Universidad, de los mercaderes de dicha ciudad (Pragmáticas, de Ramírez), y para no olvidarse de Medina, hallándose ya fuera de ella.

En Madrid a 30 de Octubre.- provisión para que se compusieses las fuentes, puentes y albercas de Medina. (Archivo de Simancas)

Año 1497. En Medina.- Como continuación del decreto de las Cortes de Madrigal de 1476, en que se designaron como únicas Casas de Moneda las de Burgos, Toledo, Sevilla, Segovia, la Coruña, a la que luego se agregó Granada, se dictó, en 13 de Junio, el cuaderno de Ordenanzas para la labor de la moneda de oro, plata y vellón, señalando el respetivo valor y ley de ella, mandando refundir toda la anterior de vellón, y dando reglas para la labor (Pragmática de Ramírez)

El 22 de junio, en ídem.- Pragmática de las Casas de Moneda, para el mejor gobierno de ellas. Al fin se expresa que los obreros y monederos destinados a cada una de las Casas de Moneda de Sevilla y Burgos sean 160 y los de Granda 100. (Pragmática de Ramírez)

En 19 de Agosto.- Despacho para la reparación de puentes. (Archivo de Simancas)

En el mismo año y villa de Medina.- Ordenando que cada Concejo, haga abrir los caminos y carriles de su término. (Nueva Recopilación, lib. VI, tít. XIX.)

La Reina Isabel revelaba frecuentemente, con frases tan geniales como enérgicas, sus convicciones y sus efectos.

Cuando el terrible incendio que sufrió Medina, que consumió gran parte de la población, fueron los representantes de Valladolid a solicitar se trasladasen a ella los pagos de las ferias; la Reina les fue preguntando, sucesivamente, por los principales sitios de la población, y como contestasen a sus preguntas:  -también eso se ha quemado- la Reina les preguntó con tanta gracia como entereza:

-¿Se ha quemado la laguna de San Nicolás? Pues ahí quiero que se hagan los pagos. (Ossorio, pág. 141.)

En este mismo historiador (pág. 143) se cuenta, que después de los de Valladolid acudieron a dar noticia del desastre a los Reyes de los Regidores de Medina, y como remedio para evitar nuevos incendios, hablaron a la Reina de cortafuegos o muros entre las casas, para que hiciesen de aisladores.

La Reina con más altas miras, les dijo:

Más que eso quiero hacer por Medina, y es ponerla un encabezamiento (o contribución) pequeño y a perpetuo, que no se pueda subir ni bajar.

Los comisionados dijeron no venir autorizados para hablar de encabezamiento, volvieron a insistir que querían los cortafuegos o muros. La Reina hubo de despacharlos, mandando les diesen dinero para las paredes, diciendo:

-Andad con Dios, que ya os acordaréis de mí hartas veces,

¡No tardó mucho en llegar el momento del acordarse!

Aparte de otras muchas ocasiones en que la Reina mostró su vivo interés por Medina, hay una en particular, en que se revelaron dos cosas: su efecto, no en frase, sino en obras, por Medina, y su consecuencia y valor en realizar lo que comprendía como bueno y útil, y me refiero a la canalización del Zapardiel por las aguas del Adaja, que se llama vulgarmente La Cava, y al que más propiamente se le puede llamar,

Canal de Isabel Primera

Los restos que aún existen de esta cava o canal, en bastante extensión comprobable, revelan un proyecto a priori y una convicción a posteriori de que el proyecto flaqueaba de verdad en su estudio técnico, resultando científicamente defectuoso, y en la práctica perjudicial e imposible.
Desde luego que Isabel la Católica, muy conocedora del terreno y de la necesidad de lo que se proyectaba, tendría que enterarse y discutir con los que actuasen de topógrafos o ingenieros, y si no se hubiese visto la posibilidad y la conveniencia,  no se hubiera puesto mano a la obra. Habiéndose realizado ésta, tenemos que suponer la bondad prevista de la empresa, la posibilidad de realizarla y las ventajas que había de proporcionar a Medina.

Bondad de la obra.- Sospecho que no habiendo quedado noticias concretas de este proyecto, no ha sido conocido en todo su alcance o verdadera importancia. El proyecto debió ser, a juzgar por los vestigios topogr´ficos de mñas importancia y trascendencia de los que se ha creido; no se trataba únicamente de traer el agua del Adajapara el cauce del Zapardiel para limpiar éste; debieron por el contrario comprender los peritos que el limpiar el cauce del río, en que existen tantos trayectos, uno con charcos de una profundidad considerable por la naturaleza blanda del terreno; otro, cubiertos de españada y maleza, cuya inundación ni podia cambiar, ni su condición de pantanos de suelo muy permeble y compuesto de grandes detritos orgánicos, ni limpiarlos, ni darlos consistencia, tenía que resultar imposible. Así, pues, si no se trataba de traer el agua por el cauce del Zapardiel en las inmediaciones de la población, porque esto resultaba imposible y no provechoso, ¿de qué se trataba? Tengo casi la seguridad , de que lo que se trataba era de cambiar el cauce antiguo del río, sustituyéndole por otro nuevo para cegar el primitivo, después de alejado el río de la población, y debió entrar como parte integrante de este proyecto, el hacer pasar el agua por las lagunas existentes del lado de allá de la Mota, para quitar también ete nuevo motivo de paludismo y daño para la pública salud, y sí la Mota y las murallas quedaban al medio día del río, y el cauce antiguo, una vez seco, podía ser facilmente terraplenado, y hacer la agricultura, con sus beneficios, el consiguiente cambio en el terreno.

Por esta razón el cauce del río, a distancia y conveniente de Medina, torcía al Noroeste, a pasar más allá y por bajo del pozo de la Nieve o la dehesa de arriba, para entrar por la cuenca que hacen los cerros de la Antigua y la Mota, para tomar el cauce, por lo que sin duda en memoria se llama la Adajuela, y salir por debajo de los contornos del Hospital de Barrientos. Confieso no estar fuerte en esta topografía, porque desde joven puede decirse que no he pisado el terreno de Medina, pero aproximadamente, tal había de ser la terminación del cauce, quedando así cegada del río la parte más cenagosa y que más se halla en contacto con la población.  De la bondad de la empresa creo que nadie puede dudar, pues hubiera sido para Mdina la obra de más eficaz saneamiento.

La posibilidad.- No cabe duda de que se creyó en ella cuando se hizo, y Ossorio, en su lib. II, cap. XVII, pág. 144, de este libro, ya describe el éxito de la obra, que se hizo, según consigna, a petición de la villa, logrando que el agua del Adaja corriese tres días por Medina, reventando luego el atajo, y disponiendo la Reina, a quien este contraéxito causó gran pena, el que se hiciese otro atajo o presa más abajo del anterior, deplorando Ossorio que cuando esto acontecía, el tiempo atajó también, desapiadamente, los días de la Soberana. Resulta claro que la obra fue tan posible como mal ejecutada, pues en un terreno de arenisca y arcilla, la presa exigía gran cimentación y condiciones de resistencia, y por no tenerlas, el pueblo inventó la fábula de los pellejos, como después ligó la historia de este hecho con el suceso anterior del Caballero de Olmedo, revistiéndolo todo con los más bizarros y novelescos detalles.

Ventajas que hubiera proporcionado a Medina.- Probada su utilidad bajo el aspecto de saneamiento higiénico, escuso hablar de ellas, y prefiero indicar lo contrario; esto es, los riesgos que pudieran amenazar.  Indudablemente creo, que lo primero que les obligó a desistir de esta empresa, estaba ya consignado en la sátira popular: “Casan a Adaja con Zapardiel, no quiso ella por ser chico él.” Si Zapardiel chico, tiene ya de suyo una cogida o cuenca tan grande, que resulta en las lluvias torrenciales tan expuestos y temibles, ¿qué hubiera sucedido si al caudal de su cuenca se le hubiesen añadido las aguas del Adaja? Con las aguas solamente del Adaja las inundaciones en los llanos de Medina hubieran ya sido frecuentes, y debieron pensar que en el día en que el revoltoso Zapardiel ayudase en la cogida de sus extensa cuencas a las naturales, o aumentadas aguas del Adaja, las inundaciones hubiesen sido temibles y amago constante a la población misma, pues abrir un cauce bastantemente ancho y profundo, para todos estos eventos o cauces supletorios, con compuertas, creo no pueda permitirlo la altura o diferencia de pendiente, altura o desnivel de los terrenos aparte del excesivo coste de tales obras. Podrá ser que no sea así, más yo bien creo que esta consideración y la dificultad en fortificar las presas o atajos, fue la que inutilizó la obra, he hizo olvidar el proyecto, que se hubiese reducido el desviamiento de las aguas del Zapardiel únicamente, por el cauce de la dehesa de arriba, lagunas de Santa Clara y Adapiela, saneando así las lagunas, cegando el actual cauce del río en la parte que cruza la población, echándole por el otro lado de la Mota, esto hubiera sido, y creo siempre sería útil y conveniente para la higienización de Medina. Hechas estas consideraciones preliminares, diré lo que de este hecho he podido rastrear o saber. Ya en la Revista Lectura Católica (Madrid, 1881), núm. 90, publiqué acerca de este particular un artículo, y de él reproduzco algunos datos y decía entre otras cosas:

“La leyenda del Caballero de Olmedo es solamente el eco popular del suceso histórico del que me ocupo, siendo de ello suficiente prueba el que la Historia recuerda al Caballero de Olmedo en los tiempos de D. Juan II, y mal podía figurar como héroe un suceso acaecido en tiempos de los Reyes Católicos.  La canalización del río Adaja para traer sus aguas por Medina fue una obra gigantesca, de la que todos hemos visto y aún pueden verse has huellas, y ante la evidencia de los hechos, resta únicamente por aclarar, o mejor dicho, dar más a conocer cuál fue la atrevida mano a la que se arredró tal empresa, y que de tal suerte se interesó por Medina, que hubo de concluir por realizarla.   

Tiene su origen el río Adaja en las sierras de Ávila, no lejos d Villatoro, desciende por Ávila baña el pie de la villa de Arévalo, y pasando por Valdestillas, desagua en el río Duero por Aniago, recorriendo aproximadamente unas veintisiete leguas.

El río Zapardiel, que algunos han supuesto fuera canalizado en tiempo de los romanos, opinión que no vemos fundada, nace en las mismas sierras de Ávila, en un sitio próximo a Vita; cruza por Fontíveros, Manbias, Muriel y San Vicente del palacio, y al llegar a Medina, la flanquea por el Norte, pasando entre la estación del ferrocarril, iglesia de San Miguel, Santo Tomás, monasterio de las Reales, otros edificios o barrios de las afueras, y la población que queda al Mediodía.

Escaso en caudal y vertiente, y de cenagoso fondo, siempre ha sido el Zapardiel un foco de emanaciones miasmáticas y pútridas, causa abonada de la presentación de los veranos y otoños de pertinaces y malignas intermitentes, que algo han decrecido con los trabajos de encauzamiento y limpieza que en él se han hecho en los últimos años, y el aumentar su caudal, haciendo afluir a él el río Adaja, fue una de las más atrevidas empresas de la Reina Católica, y de la que, no obstante guardan las Crónicas e Historias de estos Reinos que hemos podido haber a las manos el más completo silencio.

Los atajos que se hicieron con este propósito en el río Adaja se hallaban inmediatos al puente que cruza este río, llamado puente de Palacios, que dista de Medina como unas dos leguas; en este punto empieza el canal, y cruzando un terreno arenoso, y que era entonces en su mayor parte pinar, venía por los puntos más bajos a confluir en el Zapardiel, cerca ya de Medina. Antes de probar esto mismo con autoridades que creemos irrecusables, no titubeamos en consignar otra versión histórica que aunque no creemos fundada, no debemos tampoco pasar en silencio. En la obra de Recuerdos y bellezas de España, y parte que se refiere a Castilla, escrita por el Sr. Quadrado, se lee, al hablar del Reino de D. Juan II, y de los sucesos que acontecían en el año 1434:

“Durante el siguiente invierno una desastrosa avenida del Zapardiel vino a demos trar que tan pequeño como era podía convertirse en azote de la villa, y el Rey desistió del proyecto de traer nuevos caudales, cegando la zanja abierta con este objeto.” (Pág. 454, de este libro)

El recuerdo de estos trastornos ocasionados por la insistencia del mal tiempo y de las lluvias y nieves por los años a que se refiere el Sr. Quadrado, es efectivamente exacto, pues en la Crónica del Rey D. Juan II, por Fernando Pérez de Guzmán, adicionada por Carvajal, se lee, el en cap. IX, que se refiere al año 1434, lo siguiente:

“Dos días antes de Todos los Santos del dicho año, estando el Rey en Madrid, comenzó tan grandes fortunas de agua y nieve, que duró hasta siete días de Enero del año de 35. En todos estos días nunca cesó agua o nieve, en tal manera, que se fundieron muchas casas en el Reino, y murió mucha gente en los ríos y en las casas donde estaban, especialmente en Valladolid, donde creció tanto Esgueva, que rompió la cerca de la villa e llevó lo más de al costanilla e de otros barrios. En Medina del Campo el arroyo de Zapardiel llevó muchas cosas, y el avenida de los ríos derribó los molinos de aquella comarca, e así mesmo en Madrid derribó muchas casas, e fue allí tan grande la hambre, que más de cuarenta días toda la gente comía trigo cocido por mengua de harina.”  Y termina el capítulo con las siguientes frases: “ Y eta fortuna duró hasta el día de Santa María de Marzo  del año de mil e cuatrocientos e treinta y cinco, que a nuestro Señor plugo que esta tormenta cesase.”

Confesamos desde luego la ignorancia  en que estamos cerca de las razones en que haya el Sr. Quadrado fundado sus asertos, y es fácil que, apoyándose el Sr. Quadrado en el vulgar creencia en que la obra se hizo en tiempos del Caballero de Olmedo, que vivió por estos años, prefiera atribuir al Rey lo que en un particular hubiera juzgado una fábula. Exponer las razones que en contrario tenemos para probar que el cauce o canal del río Adaja fue obra de Isabel I, será la única contestación que demos a las afirmaciones que en su obra hace.

Nada aparece en la Crónica de Juan II, ya antes citada, que venga en apoyo de lo que el Sr. Quadrado asegura; el Rey D. Juan llegó a Medina del Campo en 8 de Enero de 1434, y tratando de castigar ciertas tramas que contra él se habían urdido en Sevilla, prendió al Conde de Luna, mandóle llevar al castillo de Urueña, y después a otra fortaleza cerca de Olmedo. El 9 de Marzo fueron arrestados y hechos cuartos en Medina por el mismo motivo Lope Alonso de Montemolín y Fernán Álvares de Osorio, permaneciendo el Rey en esta villa hasta el mes de Abril, en que salió para Valladolid, de cuya población se deduce que volvió a primeros de Mayo, saliendo para Castilnuevo y para Madrid, en donde parece que estuvo hasta después de Marzo de 1435, dirigiéndose posteriormente a esta fecha para Guadalupe y Escalona. Entre los minuciosos detalles que aparecen en la Crónica de todas las cosas en que se ocupó durante su estancia en Medina, nada se escribe que pueda referirse a la canalización el río Adaja, suceso que por lo importante exigía una especial mención.

Igual carencia de datos con respecto a esta obra, en tiempo de D. Juan II, encontramos en todos los documentos antiguos que henos podido registrar.

Todo este silencio y todas estas dudas desaparecen ante el detallado relato que de este acontecimiento hace el historiador de Medina, Juan López Ossorio, en la página ya citada.

Por otra parte, el Sr. Ponz, en su Viaje por España, tomo XII, carta 5ª, pág. 440 de este libro dice que “hay memoria de que la Reina Católica proyectó enriquecer el caudal del Zapardiel con aguas del río Adaja, que pasa por Ávila”, y el haberlo además así conservado la más respetable tradición hasta nuestro tiempo, son poderosas razones que nos deciden a favor de Isabel la Católica como benéfica autora de tal intento, que no podía llamarse atrevido, en la que un día supo ofrecer sus alhajas para abrir camino sobre el agua del Océano, facilitando a Colón el que nos mostrase su Nuevo Mundo.

El confundir por tanto, la historia de este hecho con la memoria que existe a cerda de este Caballero de Olmedo, lo juzgo de todo punto desacertado e inverosímil; y, algo habrá de escribir de esto en algún pequeño artículo o notas, prefiriendo terminar con una pequeña reseña de los vestigios que aún pueden observarse de esta famosa canalización.

Conócese con el nombre de la Cava el prolongado surco que aún se nota desde Medina hasta llegar al río Adaja, a unas dos leguas y media de la población; partiendo desde las orillas del río indicado, y como a un tiro de bala uno de otro, se observan los dos ramales o cava donde se practicaron los dos sucesivos cortes o atajos que en su corriente se hicieron, indicándose así que hubo que variar un trazado por inconvenientes u obstáculos que debieron impedir el que pudiera utilizarse el primero de ellos: por lo que aún se aprecia, el agua tenía que elevarse en los indicados atajos a una altura de más de veinte pies, y tratándose de un terreno tan arenoso y flojo, se adivinan las verdaderas y grandes dificultades con las que se desprende que tropezaron, por lo movedizo y fácil de ser arrastrado por la corriente.

Desde la unión de ambas cavas, que se encuentran al poco trecho de su arranque, el cauce toma correctamente la dirección de Medina, hasta llegar al sitio de su terminación o Adajuela, cruzando en su trayecto por los pinares de la villa de Olmedo, siguiendo toda la orilla también del pinar de propios de Medina y por baldíos del pueblo de Pozal de Gallinas, viniendo a entrar en el término de la última villa por la dehesa denominada de Arriba, hasta la laguna de Santa Clara, que desagua por la dicha Adajuela; el canal está manifiesto y puede seguirse en toda su extensión, sobre todo en su origen y término occidental, y solo parece más o menos barrado en algunos sitios, en que la mano del labrador ha continuado con su pesado y asiduo trabajo la obra de allanamiento y enrase para aumentar los rendimientos de sus constantes faenas.

Dada la altura de sus cauces, la que existe en la toma del agua, y la respectiva situación que el castillo de la Mota ocupa, hay que alejar la idea de que el caudal del agua del Adaja pudiera surtir y llenar las fosas del castillo.

Así pues la antigua obra de canalización del mencionado río es una nueva hoja de laurel que, a nuestro juicio, puede añadirse a la Corona  de Isabel primera, y ella hace surgir, dominando el pasado, gloriosos recuerdos que ligan a la antigua villa de Medina con la bondadosa Reina de Castilla.”

III

La Reina Isabel y las ferias de Medina

Nada pasaba desapercibida, ni de lo esencial, ni de los detalles, a los cuidadosos desvelos de la Reina Isabel. La sabia y celosísima Reina -como dice el Sr. Clemencín en la pág. 260 de su Elogio, y hemos ya visto que algunas de sus Pragmáticas y ordenaciones- “había creado y establecido la seguridad pública, rectificando la moneda, igualado los pesos y medidas, consolidando la buena fe, fomentando la agricultura, protegido las artes, facilitando las comunicaciones, promovido el comercio, extendido de navegación y mejorado la Marina del Reino”. Ellas dio providencias para que no se vendiesen buques a naciones, concejo no persona extranjera. Ella dispuso que en los puertos del Reino no pudieran cargarse mercaderías ni mantenimientos en buques extranjeros, habiéndoles nacionales; hizo tasas en los excesivos precios del trigo y en cuestiones de higiene de las poblaciones, llegó a los mínimos detalles. Allí están sus providencias con respecto al ornato de su villa de Medina del Campo, altura de sus casas, aseo de sus calles, de sus arbolados, conservaciones de sus puentes, empedrado de sus calles. (Clemencín, 160), y de ahí que Montalvo, copiando este espíritu de la Soberana, dijeses en sus Ordenanzas Reales:

“Ennoblécense las ciudades e villas en tener casas grandes, o bien fechas, en que fagan sus Ayuntamientos e Consejos, e en que se ayunten las justiciase Regidores, o oficiales, a entender en las cosas complideras a las repúblicas que han de gobernar.”

Ya en 1494, estando en la Corte en Medina, al erigirse el Consulado de Burgos, se habla en la cédula de erección de los Cónsules y factores que los mercaderes castellanos tenían en el Condado de Flandes, en Londres, Nantes, la Rochela y Florencia, a los cuales se manda que envíen anualmente la cuenta de gastos comunes a la feria de Medina, donde debían examinarla dos mercaderes de Burgos, y otros dos, nombrados por los mercaderes de las demás ciudades del Reino. (Pragmática de Ramírez), y de ahí, por Fr. Tomás Mercado y Oviedo elogiasen y ponderasen estas ferias o centros de concentración de Medina.

Los cuidados de la bondadosa Isabel, por su villa,  no se limitaba a los tiempos de su estancia en ella, así vemos que, hallándose en Valladolid en 3 de Mayo de 1496, dio una orden para que los moros de Medina del Campo pudiesen tener tiendas fuera de la morería, dada a favor del comercio a petición de varios moros que se habían entrado a vivir en Medina contra lo dispuesto en las Cortes de Toledo, sobre separación de moros y cristianos. (Archivo de Simancas.)

El 20 de enero de 1498, estando en Alcalá dio una provisión para que se repusieran las arboledas de Medina del Campo, fundándose en la necesidad que había de madera, por los muchos edificios que se construían con motivo de la concurrencia a las ferias, y del combustible para el consumo. Se autoriza también el plantío de viñas en los campos de Medina. (Archivo de Simancas.)

El 9 de agosto del mismo año, ya se hallaba en Valladolid, pero teniendo en cuenta las necesidades de Medina y tránsito de las ferias, expidió una orden para componer el puente de Medina del Campo. (Archivo de Simancas.)

Descendiendo ya a detalles y particularidades de las mismas ferias, llegó su interés hasta evitar los fraudes, y mala fe que pudiera haber por parte de los mercaderes, y es curioso el siguiente documento, tomado de la Colección Pagmáticas y leyes del licenciado Diego Pérez, de 1459, el cual fue publicado por el Sr. Zarzuelo en El medinense de 1º de Septiembre de 1889.

Dice así el documento:

D. Fernando y Dª. Isabel, por la gracia de Dios, Rey y Reina de Castilla, de León, de Aragón, etc. A la nuestra justicia mayor, e a los del nuestro Consejo e Oidores de nuestra Audiencia, Alcaldes, alguaciles de la nuestra Casa y Corte e Chancillería; e a todos los Corregidores, asistentes, Alcaldes, alguaciles, Regidores, caballeros, escuderos, oficiales e hombres buenos de todas las ciudades, villas e lugares de los nuestros Reinos e a cualquier mercaderes: e mercantes por grueso o por menudo que en ella moran o vienen o vinieren e morasen de aquí en adelante e a otras cualesquier personas a quien toca e atañe lo en esta nuestra carta contenido, e a cada uno  e a cualquiera de vos: a quien esta nuestra carta fuere mostrada, salud e gracia. Sépades que a nos es hecha relación de muchas personas compran paños e sedas e brocados e chamelotes e lienzos, fustanes e otras mercaderías de diversas maneras: e a causa de algunas cautelas e fraudes e engaños que tienen e hacen e procuran de hacer algunos de los mercaderes e tratantes para vender mejor sus mercancías: e por haber mayores intereses e asimismo por vender entre lo bueno lo que no es tal: e a los tundidores por los agradar: y tener contentos a los sastres por la amistad que tienen con los dichos mercaderes encubriendo las tachas que los dichos palos e sedas tienen. E porque a nos como Rey e Reina e Señores en ello pertenece proveer e remediar, fue sobre ello publicado en el nuestro Consejo: e fue acordado que se debía proveer en la firma siguiente:

Primeramente porque no es hecha relación que en el vender de los paños de oro e seda e paño de lana e lienzos, holandeses e bretañas, cosas de joyería, otras mercaderías, los dichos nuestros súbditos e otras personas que compran las dichas mercaderías reciben mucho agravio e daño, porque alguno de los mercaderes tiene delante de sus puertas e ventanas tendales e tienen sus tiendas en lugares obscuros para que las mercaderías que venden parezcan mejor e más finas, y danles por ellas más precio de lo que vale. E por remediar e obviar a los susodichos, ordenamos e mandamos que de aquí adelante ningún mercader de nuestros Reinos, ni de fuera dellos que en ellos estuvieren no sea osado de tener ni tenga en os patines de sus casas, ni en las tiendas en lo alto, ni en lo bajo dellas ningún paño ni lienzo, ni tendal ni otra cobertura alguna a las puertas de sus casas y los que tuvieren tiendas en lo alto, o en lo bajo no tengan las vistas amaestradas con lienzos blancos no colorados ni de otros colores, no con otra cosa alguna y en lo alto ni en lo bajo tengan hechas las tales vistas con tablas ni con paños colorados, ni otras muestras algunas para que las dichas mercancías hayan de parecer mejor de los que son e que los que tuvieren sus tiendas en o alto o en lo bajo tenas sus ventanas y luces libres y exentas e de aquel grandor y altura que fuere menester sin ninguna toldadura, ni amaestradura, para que los que vinieren a comprar vean claramente lo que compran y en ello no se puedan recibir ningún engaño, so pena que por la primera vez caiga e incurra en pena de 1.000 maravedíes; e por la segunda vez que incurra en pena de 6.000 maravedíes e por la tercera que no tenga ni pueda tener tienda de mercadería allí, ni en otra parte de nuestros Reinos.

Otrosí: por cuanto nos es hecha relación de los dichos mercaderes miden los brocados y sedas por la orilla, e que la dicha orilla está tejida floja e holgada, tanto que boquea de holgada, de manera que en cinco varas hay casi una cuarta de engaño. Por ende por excusar lo susodicho, ordenamos y mandamos que los dichos mercaderes midan los brocados y sedas un dedo dentro de la orilla so pena que pierdan lo que de otra manera vendieren la primera vez, e por la segunda vez que lo pidan con el cuatrotanto e por la tercera vez que lo pierdan con las setenas.

Otrosí: nos es hecha revelación que los dichos compradores reciben otro engaño en los paños de lana que la miden así en la forma de medir como en se vender sin tundir e sin mojar, porque uno está mucho tirado y entre mucho en agua  y otro no tanto, y al tiempo que lo miden una tira y entre muchos de una parte y otro de otra, de manera que se recibe engaño en la medida. Por ende ordenamos e mandamos que de aquí adelante todos los paños que se hubieren de vender a varas en nuestros Reinos de los que ellos se hacen, los vendan tundudos y mojados a todo mojar e para los medir los tiendan sobre una tabla son los tirar poniendo la vara encima del paño un palmo debajo del lomo e señalen con jabón, e que de otra manera no la puedan vender so la dicha pena: e las frisas se midan como dicho es, en una mano dentro de la orilla.

Otrosí: nos es hecha relación que en estas sedas, brocados que se venden en nuestros Reinos hay muchos que tienen razas, e barras e otros efectos, e que venden  las sedas de Valencia, e de Toledo por de Génova e de otras partes, mudándoles los nombres por las vender a mayores precios de lo que valen. Por ende ordenamos e mandamos que los mercaderes que vendieren los dichos brocados e sedas, sean obligados de decir a los que lo compraren la verdad de donde son, y las tengan selladas, con los sellos y señales que trajeren verdaderos  e conocidos de los lugares de donde son e no vendan uno por otro, e los tales sellos, e señales no se puedan quitar ni mudar hasta ser vendida toda la pieza de la dicha seda o brocado, so pena de incurrir en pena de falsario e lo que lo compraren, e si no se lo dijeren aunque estén hechas las ropas, antes que las traigan vestidas, las puedan tornar a aquellos de quien las compraron y ellos sean obligados de las recibir. E que la semejante se haga en lo de los paños e que tengan sus sellos y señales, porque se conozcan do son, e que no se puedan vender ni venda uno por otro, so la dicha pena. E porque esto mejor se guarde mandamos a los sastres donde lo llevaren a cortar sean obligados antes que lo corten a lo requerir de vara, e catar, mirar e decir a sus dueños la falta que la tal seda, o brocado o paño trae, para que se remedie si quisiere.

Otrosí: porque nos es hecha relación que los que hacen los paños en estos nuestros Reinos echan las hilaza en unos años que en otros siendo todos de una cualidad, e después los hacen ir al paño de menos libras con el de más libras; de manera que el que va a comprar dellos, de seis varas se le tornan en cuatro varas y media y aún menos, e que vienen los paños tan abiertos y estragados del tirador, que no dura nada a sus dueños. Por ende ordenamos e mandamos que de aquí adelante no haya en nuestros Reinos tirador algún en que se tiren los paños, salvo solamente para los igualar cuando los traen de batán; que después de igualados ninguno los osetirar, so pena que el dueño  del tal paño lo pierda con otro tanto de sus bienes, y el peraile o tirador que lo tirase se le den cien azotes.

Otrosí: porque nos es hecha relación que en nuestros Reinos se traen y en ellos se hacen muchos paños engrasados porque parezcan más blancos e finos, e después de hechos ropas están manchados, y de cualquier polvo que les caen se manchan y quedan estragados. Por ende ordenamos e mandamos que ninguno sea osado de vender en nuestros Reinos paño alguno engrasado, e si lo vendiere, que aquel que lo comprare se lo pueda volver, y él sea obligado de lo tomar en sí aunque esté hecho ropa, antes que lo traiga vestida, aunque diga el dicho mercader que así lo compró apuntando a que cual lo compró tal lo vendió, por cuanto al tiempo que lo compró lo debe de escoger y mirar bien lo que compra, pues no es de creer que en ello pueda recibir engaño.

Otrosí: nos es hecha relación que los tundidores abusan  por tener contentos a los que tunden los paños con razas e sin mojar en tal manera, que la gente recibe dello mucho engaño. Por ende ordenamos e mandamos que ningún tundidor sea osado de tundir paños de nuestros Reinos ni de fuera dellos, de cualquier suerte que sea sin lo mojar primeramente al tiempo que se lo lleven, seo obligado de lo escoger  e acatar e mirar para que si en tal paño viniere canilla, o barra, o raza o mancha, lo diga e descubra luego al dueño de tal paño e no al mercader, porque no haya lugar de zurcir y adobar y encubrir los daños que tuviere, so pena que pague el tal paño de sus bienes. E por evitar los daños que se siguen de morar los sastres e tundidores cerca de los mercaderes, mandamos que ningún tundidor ni sastre no tengas tienda, ni tablero o par de mercader ninguno, so pena que por la primera sed pague 2.000 maravedíes, e por la segunda  vez 5.000 maravedíes e por tercera vez paque de peña 10.000 maravedíes.

Porque vos mandamos que esta nuestra carta e todo lo en ella contenido y cada cosa e parte dello guardéis e cumpláis e hagáis guardar e cumplir en todo y por todo, según que en ella se contiene, e que lo hagáis así pregonar públicamente por las plazas y mercados y otros lugares acostumbrados de las dichas ciudades e villas e lugares, y hecho el dicho pregón, si algunas personas contra ello fueren o pasaren, que vos las dichas justicias ejecutéis en ellos las penas en esta dicha nuestra carta contenidas. E los unos ni los otros no hagades ni hagan ende así por alguna manera, so la pena de la nuestra merced e de 10.000 maravedíes para la nuestras Cámara. E de más mandamos a hombre que vos esta nuestra carta mostrare, que vos emplace, que parezcades ante Nos en la nuestra Corte doquier que Nos seamos, del día que vos emplazare hasta quince días primeros siguientes, so la dicha pena, so la cuan mandamos a cualquier escribano público que para esto fuere llamado, que den al que vos la mostrare testimonio signado con su signo, porque Nos sepamos en cómo se cumple nuestro mandado.

Dada en la villa de Medina del Campo, a diecisiete días del mes de Junio, año del Nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil cuatrocientos e noventa e cuatro años.- YO EL REY.- YO LA REINA.-Yo Juan de la Parra, Secretario del Rey e de la Reina nuestros Señores, la hice escribir por su mandado.- D. Álvaro.- Joannes, licenciatis decanatus Hispalensis.- Andreas, doctor.- Antenius, doctor.- Franciscus, licenciatus.- Petrus, doctor.”

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