Vista panorámica
Medina del Campo. Su origen y desarrollo
Villa histórica, monumental, escultórica y paisajística
Villa de las Ferias

Historia de la Muy Noble, Muy Leal y Coronada Villa de
Medina del Campo
conforme a varios documentos y notas a ella pertinentes por

D. ILDEFONSO RODRÍGUEZ Y FERNÁNDEZ
Doctor en las Facultades de Sagrada Teología, Filosofía y Letras y Medicina, Catedrático de esta Facultad en la Universidad Central (antes en la de la Habana), Caballero de la Orden de Carlos III, etc.


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CAPÍTULO XIII

Que irá tratando de algunas santas y virtuosas matronas que ha habido en esta villa

Acabado de hablar de los varones virtuosos y de letras, hijos propios de esta ilustre villa, entra tras de ellos el femenino sexo. De tan virtuosas y santas matronas que esta villa ha tenido naturales, y que se han criado en ella, dignas de que se nombren en esta historia, para que se sepa en todas partes lo que esta república fructifica de ambos géneros, porque de ello resultan muchas alabanzas y loores a aquel gran Dios de donde todo bien emana; y todas las más que se nombrarán las conocieron muchas personas que hoy viven en esta villa, y están gozando de Dios ya; algunas viven hoy; vengan a las unas del Señor muchos grados de gloria y a las otras aumento de gracia para perseveror en su amor.

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Y sea la primera Dª. Catalina Pedrosa, que fue hija de Gutiérrez de Pedrosa, caballero del hábito de Santiago, y de Dª. María de Mercado, que decir su prosapia será excusado, pues es tan conocida; fue casada esta señora con D. Luís de Peralta, hijo del Marqués de Falces, en el Reino de Navarra, y Capitán general de la ciudad de Bujía. Después que el Emperador dio este cargo a este caballero, estuvo asistiendo en el quinto año, que en todos ellos no vino a ver a esta señora sino por una sola vez, y estuvo en su compañía solo ocho meses, y luego se volvió a su frontera, a donde se acabó su vida, como más largo se dirá adelante. Estuvo esta señora toda esta ausencia con tanta clausura y encerramiento, que si no era a sus confesiones jamás salía de casa, y las más veces en su capilla la decían Misa, ni quería visitar ni que la visitasen, teniendo así sus ojos siempre en la ausencia de su marido, criando a sus hijos con mucha virtud y ejemplo; fue de las prudentes y sabias que hubo en muchas leguas; tenía gran presencia, y con el hábito de Santiago que el Emperador le hizo merced, autoriza verla mucho. Después que enviudó traía una como capuz de anascote, y en el pecho su hábito; digo que yo la vi una vez sola y que me dio contento su autoridad, y merced fue de esta a que pocas señoras de España se hizo, y al presente no se sabe de ninguna que tenga hábito. Hacía muy grandes limosnas a personas vergonzantes, y se dice que secretamente, de noche, las iba a visitar acompañada de un escudero y una dueña, y les llevaba regalos. Tubo gran paciencia así en la larga ausencia de su marido como cuando supo su muerte, y otros casos adversos que pasaron por ella; tuvo gran conformidad con la voluntad de Dios y acabó su vida como vivió, con mucho sentimiento de los pobres.

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Será lo que sigue a esta señora otra ilustre matrona, Dª. Juana de Rivera, mujer del Comendador Álvaro de Lugo, Señor de Villalva y Foncastín; hermano del Marqués de Velada Gómez de Ávila; abuelo del que al presente lo es; hijos ambos de Sancho Sánchez de Ávila y de Dª. Catalina de Ávila y Guzmán, Señores de San Román y Valeda; abuela paterna de D. Álvaro de Lugo, que hoy posee este mayorazgo, Señor de Villalva y Foncastín; fue una señora, en valor y cristiandad, de las señaladas que hubo en su tiempo, y aunque era natural de Ávila, por haberse casado aquí y vivido en Medina hasta que murió, se pone por natural para ponerla en el catálogo de tan ilustres señoras. Puédese juzgar su gran valor, pues el Comendador, su marido, le fió el tesoro que el Emperador depositó en él del rescate del Rey de Francia, para que en las ausencias que hacía de esta villa diese ella despacho a las libranzas que venían sobre el Comendador.

Fue tan cristiana y tan considerada en sus cosas, que el tiempo que estuvo el Comendador en Córdoba por Corregidor, dio tan buen ejemplo con su mucha caridad, virtudes y buen modo de vida, que edificó a muchas señoras de las principales de aquella ciudad y de Medina. Antes que fuera a Córdoba y después que vino, hizo siempre muchas limosnas, públicas y secretas y acabó su vida como vivió, gran señal de salvación.

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Dª. Juana de Quintanilla será la tercera señora que con su vida y virtudes honre a esta república, para las que hoy viven. Sea ejemplo esta señora, hija de Alonso de Quintanilla, que llamaron el Fuerte en tiempos del Emperador, y tía del caballero mayorazgo que hoy posee la casa de Quintanilla. Casó con Diego de Rivera, un caballero de lo bueno de esta villa, el cual era hijo del Comendador de Peña Husende, llamado de su nombre y Capitán de gentes de armas. La madre y mujer de este Comendador se llamó Dª. María de Medina, Caballerizo mayor de la católica Reina Dª. Isabel y su gran privado.  Fue marido de esta señora el Comendador Pedro de Rivera, fundadores de la iglesia de San Martín, parroquia de esta villa, en la cual tiene un suntuoso entierro. Proceden estos caballeros Riveras de las Casas del Duque de Alcalá la Real y de la del Marqués de Malpica, que esto sólo basta para echar el sello de su nobleza. Esta señora de que estamos tratando fue madre de D. Pedro de Rivera, caballero del hábito de Santiago, que hoy vive y posee su mayorazgo, y al presente está por Gobernador del deleitoso Aranjuez, que S. M. le hizo merced acabando de salir del Gobierno de Ocaña. Todo el tiempo que fue casada esta señora vivió, como si no lo fuera, en cosas del mundo, y de lo que otras tales señoras acostumbraban en materia de trajes y vanidades; fue muy recogida en ambos estados de casada y viuda, en tanta manera que muchas personas de esta villa no la conocieron; enviudó moza, gobernó su casa familiar con grandísima prudencia hasta que casó a su hijo, que va nombrado mayorazgo de su casa; en breve tiempo le dejó el gobierno, el cual, con la señora que le dieron, llamada Dª. María de Quiroga, sobrina del Cardenal Quiroga, con su gran prudencia se supieron regir y gobernar como se ha visto. Dejada su casa a sus hijos se retiró a un arrabal junto a San Lázaro, a una casa humilde con dos criados y escogió este barrio por ver por allí  a los descalzos Josefitas, que estaban más a mano, de quien era muy devota. Mudó el Hábito que semejantes señoras suelen tener, y púsose un saco de sayal, teñido de negro, con un cordón de orillos ceñido y un manto viejo de anascote y su sombrero de mujer viejo y mal entallado, que semejante menosprecio del mundo en semejante señora arguye gran santidad. Yo certifico que la vi oyendo un sermón de Bulas en la iglesia mayor, y que como la vi con aquel traje y sola, y no la conocía, me movió a oírle, considerando y preguntando quien era, pues me edificó, y di a Dios muchas gracias, porque tales criaturas echó en el mundo.

Cada día iba a oír Misa a los descalzos, que era un buen trecho en el campo, y recibía al Señor cada día, por consejo de su confesor; era tan grande su humildad, que muchas veces comía con mujeres mendicantes juntas en un plato en su casa en el suelo; tenía su oratorio, y en él un Cristo grande muy devoto, a donde tenía muy continua oración, ayunos y disciplinas; las dueñas que le hacían compañía decían tantas cosas de sus raptos y elevaciones, que a todos se les daba crédito, por ver su pureza de vida; con el glorioso San Antonio de Padua tenía grandes coloquios y muy continuos; una persona que lo vio, con sus ojos nos dijo, que un día de toros se soltó uno muy bravo y se fue hacia la dehesa, que es a donde se apacentaba, y a la sazón iba esta santa a su continua estación a los Padres Descalzos, y el toro echó por el camino por donde ella iba, y esta persona le dio voces para que se procurase apartar en algún cabo y como ella iba bien acompañada, no hizo movimiento alguno, y pasó el toro por junto a ella sin hacerla ningún daño. ¡Bendito sea el Señor, que con los suyos obra tales maravillas! Los Padres Descalzos tienen noticias de su vida y milagros, que el Señor obró por sus ruegos, y pues ellos los callan, también lo haré yo, aunque sean algunos que Dios los descubrirá algún día. Vivió esta Señora en esta parte, y en esta santa vida diez años, y al cabo de ellos, la llamó el Señor, hallándose en su muerte casi todo el convento de los Descalzos. D. Pedro de la Rivera, su hijo y su mujer, iban y venían a visitarla, y no teniendo mal muy peligroso, sin pensar expiró y luego los fueron a llamar, y los Padres Descalzos no quisieron aguardar a que viniese su hijo, porque no se les impidiese sus propósitos; pusiéronle una guirlanda de flores en su cabeza y sobre unas escaleras, que no había otra cosa más a mano, le llevaron a su convento y cuando llegó D. Pedro de Rivera, ya los Padres iban aguijando en el cuerpo por la dehesa abajo; al fin la enteraron y allí estuvo el tiempo que convino, hasta que se pudiesen llevar sus santos huesos o trasladarlos, como su hijo lo hizo con mucho cuidado y amor, a la iglesia y parroquia de San Martín, en la capilla mayor, por ser suya, y no le quiso meter en la bóveda, sino al lado del Evangelio, junto al altar mayor; le fabricó su entierro, donde hubo muy suntuosas honras y un gran sermón, predicando sus granes virtudes. El Señor se sirva de que la imitemos.

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La muy ejemplar señora Dª. Elena de Quiroga, mujer de un caballero llamado Gaspar de Villarroel, el cual habiendo venido de las Indias del Perú muy próspero, por su gran ejemplo, fama y virtud y gran hermosura, la pidió por mujer, sin dote; dióle grandes atavíos y ricas joyas, y se dice que jamás las ponía por su gusto, y si no fuera por dársela a su marido que sabía lo quería, muy raras veces se ataviara, pero fue tan humilde y obediente, que por agradarle se componía más veces de las que quisiera. Enviudó y criaba a sus hijos con la virtud y buenas costumbres que en ella se vio, después que mudó de estado, su hijo Diego de Villarroel, fue su mayorazgo, caballero del hábito de Santiago, que casó en esta villa con Dª. María de Eván, hija de un caballero de los Evanes de esta villa, linaje antiquísimo y muy noble; tuvo también por hijo a D. Gaspar de Quiroga, Arcediano de la santa iglesia de Toldo. Inquisidor en la general Inquisición. Puestos sus hijos en orden, se entró monja Descalza Carmelita en el convento que en esta villa fundó la santa Madre Teresa de Jesús, donde estuvo algunos años, y por su gran ejemplo y santidad, la llevaron a la ciudad de Toledo a fundar y ser Priora de otro monasterio de su orden, donde acabado su trienio y algunos años más, se volvió a esta villa y a su convento con mucho sentimiento de las religiosas y del Cardenal Quiroga, su tío; estuvo en este monasterio algunos años; llamóle en Señor con grande tristeza de todo el convento, de la cual y de su vida les quedó les quedó un gran dechado, de donde iban sacando las Madres que la conocieron, por ser tan grande su humildad y su paciencia y continua oración y disciplina, que hacía gran edificación en las demás, ¡Sea el Señor loado por todo! Amén.

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DOÑA ISABEL DE RIVERA

Fue mujer de Pedro Morejón, caballero del hábito de Santiago, hermano de Diego de Rivera, marido que fue de la señorita Dª. Juana de Quintanilla; esta señora tenía el rostro algo severo, pero tan llena de virtudes que con ellas domaba su condición, siendo con todos muy humilde y apacible; todo el tiempo que fue casada estuvo con mucha honestidad, despreciando los vanos trajes; crió a muchos hijos, que tuvo con una gran enseñanza y doctrina, y bien se ha echado de ver en todos ellos, porque entre otros varones crió dos hijas que fueron monjas en la Real de esta villa Dominicas, y por sus grandes virtudes las llevaron a la ciudad de Segovia a gobernar un monasterio de su Orden, que la fama que tienen dirá cual fue la madre que así las dirigió después de viuda, teniendo todos sus hijos acomodados conforme a sus personas, que atrás queda dicho algo. Les dejó su casa y se fue a otra, cerca de la Compañía de Jesús, por ser muy devota de esta santa Religión; fue ayunadora y limosnera, frecuentaba los sacramentos muy a menudo; acabó su vida en aquella soledad, dando de ella muy raro ejemplo a todos los que la trataban.

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DOÑA FRANCISCA RUIZ DEL CORRAL

Fue esta señora mujer de Sebastián Pascual y madre de Juan Pascual, caballero del hábito de Santiago, de quien arriba dejamos dicho lo mucho que los Reyes le quisieron, dándole tantos y tan hermosos cargos como va referido; fue biznieta de Francisco de Corral, cabeza de los Corrales de la villa, cuyo hermano menor fue Alonso Ruiz del Corral, primer alguacil mayor del Santo Oficio, de quien va hecha mención atrás; este linaje de Corral es muy noble; son descendientes de los caballeros Corrales de la ciudad de Valladolid, que tienen capilla en el monasterio de San Pablo, cuyo mayorazgo ha que se fundó más de doscientos cincuenta años, y es nombrada la capilla de los Comendadores. Está sepultado en ella D. Diego del Corral, caballero del hábito de Santiago, comendador que fue de Castrotorafe. De eta casa fue descendiente de Villandrado, hijo de Pedro Villandrado y Dª. Aldonza Ruiz de Corral, que fue primer Conde de Ribadeo, y después se juntó su casa y estado con el de los Condes de Salinas, los cuales por el dicho D. Rodrigo de Villandrado traen las armas de los Corrales que son las medias lunas en campo blanco, con tres escaques de oro y negro, y otro castillo por orla en campo azul, los cuales ganó un caballero de este linaje, en tiempo de Conde Fernán González a un moro en un desafío, y las otras bandas azueles en capo de oro son por los Ruices,  y en diferentes Crónicas se hace memoria de caballeros de este linaje. Sucedió la dicha Dª. Francisca en la casa de los caballeros Corrales de esta villa, que son en las que tuvo el Conde de Lozano, y la segunda casa, que en el padrón de Alama fue señalada por casa de hijosdalgos en propiedad, la cual está sita en la calle que llaman del Azogue, que para antigua se echa de ver fue de gente noble y principal, y aunque sus hijos procuraron mudar a la dicha Dª. Francisca a otro barrio más concurrido no se pudo así lograr de ella, sino que había de morir en la casa y solar de sus padres y abuelos, en los cual se cumplió su deseo, porque en ella estuvo muchos años enferma sin levantarse, y la administraban los Sacramentos en su oratorio muy curioso que ella tenía, y vino a morir, como siempre dijo, en las casas de sus pasados; fue tan humilde como prudente y sabia, y era tan grande la caridad y amor de Dios que tuvo esta señora, que mientras pudo andar frecuentaba mucho las casas de gentes pobres y necesitadas, a las cuales acudía con regalos y dineros y hacía que los visitasen médicos a los enfermos, y les daba medicinas a su costa; socorríales asimismo con vestidos y la aconteció muchas veces quitarse las sayas que llevaba vestidas y dejárselas a mujeres pobres que visitaba, y la persona que veía falta de camisas, sábanas y mantas, en llegando a su casa, con gran caridad y amor se las enviaba, y ella, con una dueña que llevaba consigo, les hacía las camas y barría el aposento, y con palabras y obras las consolaba con muy ardiente caridad; fue muy observante y de mucha oración; confesaba y comulgaba muy a menudo todo el tiempo que pudo andar. Fue nuestro Señor servido darle una enfermedad que en siete años no se pudo levantar; desde la cama hacía las mismas obras de caridad que cuando andaba en pie; decíanle Misa en su Oratorio y confesábase muy a menudo. Fue Dios servido apretarle en su enfermedad de la cual vino a morir con gran sentimiento de todo el pueblo por su gran piedad, pues se hallaron algunas personas a quienes con su muerte hizo falta. Díjose por cosa cierta que cuando la depositaron en el convento de San Francisco, los circunstantes olieron una fragancia como de cuerpo santo. Esto y más hace Dios con los que le sirven con el amor y celo que esta señora lo hacía. Hízosela un entierro muy hermoso, conforme a la calidad de su persona; vistiéronse a muchos pobres y se dieron muchas limosnas. Demos a Dios las gracias por todo. Después de su muerte permitió la Majestad de Dios se supiesen muchas cosas de gran piedad, además de las dichas, y entre ellas un milagro que consintió el Señor que ella hiciera. Quise referirlo aquí, por lo cual me informé de personas vecinas y de ciertos suyos, y supe que en un año estéril socorrió con mucho trigo a multitud de personas, haciéndole amasar para dar limosna de esta manera a los pobres, en tales proporciones, que le dijeron no había ya trigo en la panera, de lo cual se afligió mucho y mandó que la barriesen hasta que no quedase grano. Fueron a hacer lo que les mandaba y vieron con asombro que la panera estaba llena de trigo. Fueron a hacérselo saber  y manifestó que no dijesen nada a nadie y que continuasen las limosnas. Esto y más hace Dios por los suyos.

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DOÑA CATALINA ALONSO

Casó esta señora con Francisco de la Torre, regidor de esta villa y persona muy principal. Todo el tiempo que fue casada amó mucho a su marido y le fue muy obediente, siendo además tan cuidadosa en criar sus hijos y gobernar su casa, que nunca se oyó entre ellos ningún disgusto y después que llamó Dios a su marido, dejó el gobierno de su mayorazgo y casa a Gabriel de la Torre, el cual casó en esta villa con Dª. Ana de Corral una de las hermanas y principales damas de Medina y de lo noble y antiguo de ella, viéndose esta señora aliviada del cuidado que su hijo y nuera le quitaron; dióse mucho a la oración y a frecuentar el Colegio de los Padres de la Compañía de Jesús, de tal manera, que lo más del día estaba en él, y cada día oía tres o cuatro Misas; fue personad de mucho ayuno m y de cilicios y disciplina, y hacía esto esta señora con gran recato y secreto, que es lo que acostumbraban a hacer las personas espirituales que ella lo era, porque sólo una doncella que la crió desde diez años y la tubo las de cincuenta lo sabía, y no otra ninguna persona, y de sólo ella fiaba estas cosas y otras muchas de virtud. Fue un tiempo algo escrupulosa, que esto procede por la mayor parte de las personas de buenas almas, pero un confesor que tuvo de la Compañía, llamado el P. Caro, muy perfecto varón, se las quitó. Fue siempre gran trabajadora, que todo lo que cosía y labraba ella y sus doncellas lo vendía para repartir entre pobres, los cuales enviaba a buscar por las calles, y los regalaba en su casa, y los vestía y limpiaba, y decía la virtuosa señora que aquello la engordaba. Vino a caer en la cama de una larga enfermedad, y lo más del tiempo tenía consigo Padres de la Compañía de Jesús, que les había ella rogado con mucha insistencia que la visitasen muy a menudo, y estando ya en lo último de su vida llamó a sus hijos para echarles su bendición, y les dijo: -La bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo quede con vosotros, y la mía y todo lo que hiciéreis sea en Dios, y por Dios y para Dios.- Acabó su vida en breve espacio; yo me acuerdo que cuando entraron unos caballeros por el ataúd, al tiempo que lo ponían sobre los hombros, se dijo que por una ventana de una reja que estaba en el aposento,  entraron muchos pájaros y que revolotearon sobre el ataúd y no vieron por donde habían volado al salir; argumento grande de su buena vida y muerte.

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DOÑA AGUSTINA CANOVIO

Es una virtuosa señora, que al presente vive, hija de Evangelista Canovio, milanés, varón muy virtuoso; casó con Ludovico, Vizconde de Canovio,, milanés; vivieron casados algunos años con grandísimo ejemplo, que marido y mujer daban a esta villa; no tuvieron hijos; Llamó el Señor a su marido y dejó toda su hacienda a su virtuosa mujer, que en breves días después de la muerte de su marido, con la hacienda que la dejó, que era en gran cantidad, fundó en esta villa el convento de monjas Recoletas Agustinas, donde al presente está; por sus buenas dotes y humildad y virtudes, es prelada; fue en los siglos de las hermosuras que hubo en esta villa, y con su hermosura tanta honestidad, que a cualquiera que la miraba edificaba y hacía honesto, y así se espera que el Señor que ha de acabar siendo una gran santa.

Quiero poner aquí un milagro, que Nuestra Señora del Regazo, que está en la capilla de las Angustias, sita en la iglesia mayor, obró con su marido, y fue que siendo muy aficionado a esta Cofradía, y muy devoto de esta imagen, por esta razón usó esta señora un milagro con él, y fue de esta manera: que estando en un corral de las casas en que vivió, en la Mercería de esta villa, retirándose para atrás mirando una mona que iba por unos tejados, tropezó en un pozo muy hondo y cayóse de espaldas, y dio de cabeza en el agua, y en su corazón s encomendó a esta santa imagen; la cual, le ayudó de tal manera que no supo cómo después de haber caído, y bien mojado, se vió puestos los pies en las poyatas del pozo, que él mismo se admiraba que no podía entender cómo había sido, sino por milagro de esta santa imagen; y así se subió poco a poco, aunque luego acudió gente, y así como salió, se fue a dar gracias a la santa imagen a su capilla, e hizo pintar una tabla, la cual está hoy en su capilla. Sólo quise poner estas señoras por no cansar, que su hubiera de contar las vidas de otras matronas ilustres que ha habido y hay, fuera compendio muy largo y cosa indecible.

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CAPÍTULO XIV

Que trata de una semejanza al propósito de los trabajos de Medina

En este lugar quise poner este capítulo, distinto del viaje que llevo, y para divertir un poco al lector, y digo que las semejanzas y comparaciones, están muy recibidas en todos estos actos de oradores y dan al entendimiento mucho gusto y también echan mano de ellas los predicadores, porque cuando una comparación encaja bien, da mucho gusto y fecunda la memoria, y las que se ofrecieran a nuestro propósito, tengo de ponerlas en este tratado, y de ponente pondré uno, que aunque al principio parezca que disuena algo, al fin de ella se verá su encaje. Cuenta Estrabón en el séptimo libro de su Geografía, que viniendo Temistocles, un gran capitán ateniense, como desterrado de su Patria, que este pago dan las Patrias a los que trabajan por ellas, navegando con su mujer e hijos, acudió a Jerjes, Rey de Persia, o como escriben algunos a su hijo Artajerjes, según opinión de Tucidicles y de Emilio Probo y otros, que ambas opiniones refiere Sabelico, cualquiera que sea de los Reyes, admitió a Temisticles con tanta humanidad y gracia, que para su mantenimiento le hizo merced de tres ciudades, que la una se llama Menecea en el Asua, que dice Herodoto  ser en la ribera del río Meandro, y la otra Lampsaco, abundosa de vino, en el Helesponto, y la otra se llamó Miunte, en la provincia de Jonia, y aún hay quien diga haberle dado otras dos para vestido y alhajas de su casa, que fueron las ciudades de Percota y Palespia, con la cual vino Temisticles en Asia a tanta prosperidad, que cenando una noche con su mujer e hijos, les dijo esta sentencia: -Perdidos fuéramos, hijos, si no nos perdiéramos- Dando a entender que por haber andado perdidos y ausentes de su Patria y con muchos trabajos, les vino el remedio que de próximo tenían, que se trae este ejemplo para la perdición de esta villa; que plugiera a Dios en todo le fuera paréntesis, y que ya que tantos hijos de esta tan ilustre y nombrada villa, están gozando de que Dios mirase a sus trabajos, inspirando en el corazón de nuestro católico Rey, que constándole de tanta perdición, le socorriese con alguna cosa para su aumento, pues no pudiera ser sino muy grande, de mano de tan gran Príncipe, de forma que pudiese decir Medina lo que dijo Temísticles: -Perdida fuera, hijos míos, si no me perdiera.- El modo de ponderar cual está esta villa, no se puede encarecer con palabras y si n díganlo los forasteros que vienen a ella y la conocieron de antes, de su pujanza, de riqueza y franquezas, y las virtudes, que a su parangón ninguna del Reino se la podía poner, y tratar de esto es cosa indecible lo que se puede ponderar.

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CAPÍTULO XV

Que se irán poniendo los hombres memorables en armas, hijos de esta Patria

Por más antiguo y por hombre que se debe hacer de él gran memoria, quise poner en cabeza de los varones y Capitanes de valor a un caballero, llamado Marcos Gutiérrez de Benavente, hijo de padres de esta noble villa, que sólo lo que de él se dirá basta para ilustrar un Reino, cuando más una república, y lo que de él cuenta el maestro de las Historias escolásticas en su libro, con el título de “Constancia”, hoja 98, cap. II, es en esta manera:

Reinando el Rey D. Fernando III de León, teniendo este Rey un hijo del primer matrimonio, llamado D. Alonso, casó segunda vez con Dª. Urraca, hermana de D. Diego de Haro, Señor de Vizcaya, la cual se llevaba mal con el Príncipe su andado. Murió el padre y vino a reinar en sus Reinos y quiso se vengar con la madrastra, por lo mal que con ella se avino, tomándola las villas y castillos que su padre le había dado cuando con ella casó. D. Diego de Haro, su hermano, le tuvo por este sitio y cerco en un castillo que llaman de Aguiar, en el cual estaba con su Alcalde este buen caballero, llamado Marcos Gutiérrez, castellano, y de los Benaventes hidalgos honrados de esta villa. Fue tan prolijo el cerco que duró siete años, y siempre este alcalde defendiéndole, al cabo de los cuales, por falta de bastimentos, se habían muerto de hambre los saldados que dentro estaban, que no quedó más que este valiente Alcalde el cual, habiendo comido después de morir los soldados los animales que dentro del castillo había, hasta los perros, gatos y ratones y la hierba que se hallaba, vióse tan flaco y debilitado, que con las llaves del castillo se cayó como muerto junto a la puerta de él. Los cercadores echaron de ver que no había bullicio en el castillo ni se asomaba a las almenas persona, y determinaron de subirse, de forma que echaron de ver que ninguna persona se lo impedía. Saltaron dentro y no oyeron ni vieron a nadie, fueron hacia la puerta y hallaron al alcalde tendido en el suelo; entendieron que estaba muerto, más sucedió que andando con él echaron de ver no lo estaba, y movidos de compasión le llevaron en brazos a una cama, y allí le cuidaron hasta que abrió los ojos y volvió en su acuerdo, y visto lo que pasaba dejaron gente de guarda y llevaron al Alcaide a León para que el Rey D. Alonso le conociera y estimase su persona; el Rey lo hizo así y tuvo en mucho su fidelidad. El Alcaide pidió licencia para ir a dar cuenta de su persona a D. Diego de Haro, que estaba allende al mar con los moros, por estar desterrado de Castilla. Llegó con otros caballeros antes D. Diego de Haro, los cuales apadrinaban al Marcos Gutiérrez de Benavente, y le contaron cómo había guardado el castillo de Aguiar hasta verse ya muerto, y que en todo había andado como buen y leal caballero, a lo cual respondió D. Diego:

-Yo creo todo lo que me decís, pero yo quisiera mi castillo.

Esta respuesta no le pareció al Alcaide que con ella restauraba su honra. Volviéronse  par León y vistióse de un burriel negro y fuese donde yacían los perros del Rey y tendióse en el suelo a comer con ellos. Sabido por el Rey le envió a llamar y le preguntó la ocasión de su traje; el Alcaide dijo al Rey la respuesta que D. Diego le había dado, y que S. M. por algún camino no le hacía merced de restaurar su honra, que se había de ir fuera del Reino, donde ninguno le conociese. Visto por el Rey la nobleza e hidalguía del Alcaide, le dio una cédula para que le entregaran las llaves del castillo y que las fuera a entregar a D. Diego de Haro, y dijo:

Téngame por mal Rey si D. Diego tuviera dos meses el castillo.

Con esto fue muy contento el Alcaide y llevó las llaves á D. Diego, y le dijo que con entregarle las llaves de su sentencia, quedaba a salvo de su verdad. D. Diego le dijo:

--Volved las llaves al Rey, que yo os tengo por muy honrado Alcaide y caballero.

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LOS MERCADOS

En esta villa hay apellidos de Mercados, tres casas y apellidos que parecen diferentes, porque están separadas, y se tiene por cierto proceder todas de una y todas muy calificadas, por ser unos y otros muy caballeros y muy nobles y antiguos hijosdalgos, y han hecho con sus hijos casamientos muy nobles que todo arguye mucha antigüedad y nobleza, y hay alguna tradición  que descienden del capitán Mercado, cabeza de este linaje, de los siete de esta villa que hoy día permanecen.

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Casa y descendencia de los caballeros Zuazos de Medina del Campo

Vinieron los alanos a España en el tiempo de los godos, de la parte de Septentrión, los cuales tuvieron valor de poblar la provincia que ahora se dice Álava, a imitación de otras de sus tierras, que se llamaba Alama, y se entiende que la dieron el propio nombre al modo que los nuestros,  españoles, que fueron a las Indias, que a los pueblos y provincias que nuevamente fundaban y conquistaban les daban el nombre de algunas ciudades de España, y a la ciudad de Cartagena, y la Nueva Segovia y otras muchas. Los tiempos corrompen los vocablos haciendo de su m v y así se ha quedado con el nombre de Álava; es esta tierra fértil, de muchos pastos y ganados, muy poblada de lugares, abundosa de mieses y otros frutos; hay en ella grandes castillos y en medio de esta provincia está la ciudad de Vitoria, que es la última de aquende los montes Pirineos. En ella hay muchos solares muy antiguos, de que hoy son grandes casas en España, como es la casa de Mendoza y solar de Guevara y el d los Ayalas, y solar de los Heredias y el de los Zuazos de que son tres lugares que el uno está cabe la villa de Salvatierra al pie del puerto de San Adrián. El otro Zuazo es en el valle que dicen de Cuartago, casi en medio del dicho valle. El tercer Zuazo está a una legua de la ciudad de Vitoria; a la parte más occidental de ésta; es de donde vienen y descienden los Zuazos de esta villa, los de la ciudad de Segovia y los mayorazgos de la Puente de Zuazo, que está cerca de la ciudad de Cádiz, según la Memoria que hoy hay de dicho solar de la Torre de Zuazo y las armas del Dr. Zuazo, que tiene su sepultura en la ciudad de Segovia, en su capilla, en la parroquia de San Esteban, que dotó. Puédese llamar este linaje de los Zuazos, solar conocido así por ser suyo dicho solar, como por haber hecho en él sus antepasados cosas, dignas de memoria; de que resulta el linaje notorio y la devoción de este nombre de Zuazo procede de vocablo vascongado de aquella tierra, porque Zuar en esta lengua tanto quiero decir en la nuestra como adelantarse o darse  prisa a subir en aquella torre, cuando la ganaron, y de aquí los cuadra este nombre de Zuazo, por cuya razón se puede decir solar  reconocido del caballero que primero hubo este nombre, y justamente se puede decir notorio por las armas de los Zuazos, que son cuatro lobos, como están en la torre, de dos en dos cuarteles y las barras coloradas en campo dorado. Dícese del lobo, según los naturales, que es animal fiel, astuto y recelado, y presto en las afrentas, dando a entender el gran valor y esfuerzo del caballero, que hizo grandes hazañas, por las cuales mereció traer por armas los tales animales; digo, pues, que en el dicho solar de los Zuazos fue un caballero, principal Señor de dicho solar, que hubo, por nombre D. Pedro Juárez de Zuazo, que fue gran privado del Rey D. Pedro; este caballero, además del dicho solar, fue Señor de las villas de Aranda Roa y Peñafiel, Curiel e Iscar, con otras, como se verá por los libros de los becerros de León y Castilla, que son libros muy antiguos, donde están todos los lugares de Castilla, y cuyos fueros tributos y rentas pagaban. Este D. Pedro Juárez de Zuazo casó en esta provincia con Dª. Elvira de la Cerda, hermana mayor de Dª. Catalina de la Cerda, que casó con D. Juan Manuel Sepor, de las villas de Alburquerque y Montealegre y otros lugares; estas señoras descienden de muy claro y alto linaje, especialmente del Rey Ramiro de León, que fue el que quitó el tributo de las cien doncellas.

Esta Dª. Catalina tuvo una hija, que se llamaba la Rica Hembra, la cual hubo, por merced del Rey Enrique I, todas las villas y lugares del dicho D. Pedro Suárez de Zuazo; esto fue porque el Rey D. Enrique mató a su hermano en Montiel, todos los elevadores del Rey D. Pedro se ausentaron de temor al rey D. Enrique, y así este caballero se metió en Portugal y esta señora alcanzó la gracia del Rey para que volviera a Castilla, y le hizo muchas mercedes, especialmente del castillo de la Puente de Zuazo; hubo este caballero en su  mujer Dª. Elvira de la Cerda al Dr. Juan Sanz Zuazo, el cual fue Oidor del Rey D. Juan el II y estuvo mucho tiempo por Virrey de Galicia, y después hubo otros muchos heredamientos en Segovia, Medina, Olmedo y Arévalo, y en Sevilla y sus tierras, y este doctor tuvo tres hijos, que fueron; Pedro de Zuazo, el mayor, a quien quedó el mayorazgo del castillo de la dicha Puente, y los heredamientos de Sevilla y Jerez a Lope de Zuazo, Alonso de Zuazo y Dª. Beatriz de Zuazo, mujer que fue de Gómez Hernández de Lama.

De estos tres hijos e hija, dejó los dichos heredamientos de Medina, Segovia, Olmedo y Arévalo, los cuales hijos hubo en su legítima mujer, Dª. Teresa de las Cuevas, natural de Sahagún de las Campos, de noble linaje; Lope de Zuazo casó dos veces: una en esta villa de Medina del Campo, con Dª. Constanza Álvarez del Castillo, hija de Diego González, Secretario del Rey D. Juan de Aragón y de Dª. Isabel García de Castilla, persona de claro linaje; de este matrimonio primero, quedaron Juan de Zuazo y Dª Isabel de Zuazo, que casó con Juan de la Cárcel en Arévalo; segunda vez casó en Segovia, con Dª. Juana Vázquez de Contreras, hija de Hernán González Contreras y de Dª. Leonor Vázquez de Cepeda.

Juan de Zuazo, El Viejo,para distinción del otro de este nombre, fue bisnieto de D. Pedro Juárez de Zuazo, del cual casó con Dª. Leonor Ossorio, parienta muy cercana del Marqués de Astorga, de la cual quedó por su hijo mayor a Juan de Zuazo, el Mozo; este caballero casó con Dª. Ana de Barrientos, hija del comendador Pedro de Barrientos, caballero del hábito de Santiago, y de Dª. Constanza Ruiz, su mujer. El dicho D. Juan de Zuazo, el Mozo, tuvo de la dicha Dª. Ana de Barrientos a Lope de Zuazo, hijo mayor y  mayorazgo de los heredamientos de Medina del Campo, el cual buscando el mayorazgo eterno del cielo, en vida de sus padres, fue fraile Franciscano, de quien va contada su vida y martirio. Sucedió en el mayorazgo de este santo, su hermano Pedro de Zuazo, que casó con Dª. María de Olivera, hija de Juan Rodrigo de Eván y de Dª. Beatriz de Valdivieso, hija que fue de Pedro de Mercado, el cual tuvo en su poder y en depósito a la Beltraneja, en tiempo de los Reyes Católicos, y el dicho Pedro Zuazo, que fue casado con Dª. Elena Lisón de Vergara, hija del Dr. Juan Álvarez Lisón de Tejada y de Dª. Catalina de Vergara, su mujer, el cual Dr. Tejada, fue Alcalde de hijosdalgos en Valladolid, y de ahí fue por Oidor al Perú, cuando Blasco Nuño Vela fue por Virrey, y dicho Juan de Zuazo tuvo por hijos a D. Juan de Zuazo, su mayorazgo, el cual casó con Dª. Ana María de Oliveira, hija de Andrés de Oliveira y Dª. Catalina de Luna y Mendoza, de la cual enviudó sin heredero y después se casó otras tres veces con señoras muy calificadas, y murió sin dejar ningún hijo, por lo cual pasó este mayorazgo a D. Miguel de Zuazo; este caballero casó una vez con Dª. Jerónima de Mezquita, hija de Juan Bautista de la Baña, caballero portugués del hábito de Cristo y maestro del Príncipe nuestro Señor Felipe IV, y de Dª. Leonor de Mezquita, personas muy calificadas; de este matrimonio no tuvo hijos; casó segunda vez con Dª. Juana de Villarroel y Zuazo, prima segunda suya e hija de D. Gaspar de Villarroel y de Dª. Graciana Vázquez de Zuazo, vecinos de la villa de Tordesillas. El dicho D. Miguel sirvió en Flandes a S. M. muchos años, por cuyos servicios S. M. le premió con el oficio de caballerizo, del Príncipe de Saboya, su sobrino Enmanuel Filiberto de Austria, gran Prior de San Juan y generalísimo de la mar, el cual también le hizo merced de una compañía de Infantería, en la cual sirvió muchos años en las galeras de España, y si no le fuera forzoso el venir a su mayorazgo, le hiciera otras muchas mercedes; junto con el mayorazgo  de los Zuazos, heredó el de los Villarroeles, por parte de dicha Dª. Juana su mujer, que montaba la renta de ambos mayorazgos muy cerca de 6.000 ducados.

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Linajes descendencia de los caballeros Montalvos de Medina del Campo

El linaje de los Montalvos de esta villa es el de los muy calificados de ella; dije atrás tratando del linaje de los pollinos, cómo este linaje y el de los Mercados, socorrieron a los cuatro caballeros, cabeza de los primeros linajes, que libraron a Medina del poder de los moros, en tiempo del Infante D. Pelayo. Hay antigua tradición que en el ejército que traía el capitán Pelino, venían por cabezas de él a dos Infantes de Francia, moyos de poca edad, por lo cual les llamaban los “Pullinos”, y cuando los cuatro caballeros dichos se quisieron valer de su ejército para la diferencia que tenía contra la ciudad de Ávila, sobre los lugares de las medianías, como va dicho, habiendo ayudado al Rey de Castilla contra los moros, ayudaron asimismo a los cuatro caballeros, y estando para darse la batalla, trataron de conciertos, y se efectuó que un año fuesen los lugares del Obispo de Ávila, y otro de la Abadía de Medina, y aunque se pelearon, se les cumplió la palabra y se les hizo cabezas de otros dos linajes a ellos y a los Mercados, y se quedó con el nombre de “Pollinos” por las razones dichas, y porque el capitán principal que traían, se llamaba el capitán Pelino, como va referido y corrompido el nombre, le llamaron “Pollino”, que es esto ordinario. Estos Infantes vinieron a favor4cr a los Reyes de Castilla contra los moros, como lo hicieron otros muchos Príncipes extranjeros que acudieron al mismo efecto, como fueron el Conde D. Ramón de Borgoña, que casó con la Reina Dª. Urraca, hija del Rey D. Alonso VI, padres que fueron  del Rey D. Alonso VII, que se llamó Emperador de España, y como el Conde D., Enrique de Lorena, que también vino a favorecer a los Reyes de Castilla, que casó asimismo con otra hija del Rey Alonso VI, que fue el que dio principio a los Reyes de Portugal, en cuyo tiempo se ganó segunda vez medina del Campo de los moros, como se toca atrás.

Confírmase la tradición de estos Infantes entre las personas que con curiosidad han procurado inquirir el origen de los linajes de esta villa, que descienden de ellos estos caballeros Montalvos que hay en ella, y también con las antiguas armas que ellos traían,  que eran tres flores  de lis en campo azul. Emparentaron después con los Montalvos de Arévalo, Señores de un lugar junto a la villa de Arévalo, y después de este casamiento traen el apellido de Montalvo con el antiguo patronímico que ellos usaban,  que eran unos Gutiérrez y otros de Ruices, y pusieron en los escudos las armas de los Montalvos, que es un águila en campo azul, junto con tres bandas azules en campo amarillo, que fueron las armas de todo el linaje de los Pollinos  y las que el presente tienen.

Consta por escrituras antiguas, que un antecesor de estos caballeros Montalvos vendió algunos lugares que tenían en esta tierra para ir a servir a Rey D. Alfonso VIII, que otros nombran IX, en la famosa batalla de las Navas de Tolosa. Todo esto cualifica bien el calificado principio de este linaje; ha habido en él siempre caballeros de mucho valor, y particularmente lo fue D. Diego Ruiz de Montalvo, Señor del lugar de Serrada, que en tiempo de los Reyes Católicos les sirvió con grande estimación, que los Reyes hicieron siempre  de él en todas las ocasiones que se ofrecía, como lo dicen las Crónicas de estos Católicos Reyes. También en nuestros tiempos fue de mucha estima un caballero, García de Montalvo, padre de D. Juan de Montalvo fue por Capitán, nombrado por Medina, para la guerra de Portugal que Felipe II movió por la muerte del Rey Sebastián y siendo mancebo, sirvió a S. M. en muchas guerras, y D. Juan de Montalvo, su hijo, aunque no es de mucha edad, a servicio a S. M. algunos años en el ejercicio militar. Fue de estos caballeros D. Diego Ruiz de Montalvo, Abad que fue de esta villa y su tierra, que no es poco argumento de su nobleza, pues el Clero de esta villa y el Cabildo mayor le nombro, que siempre echa mano de personas graves para esta dignidad.

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CAPÍTULO XVI

Que trata del blasón de los Bobadilla

Entre papeles que dejó un caballero de esta casa, llamado Diego Fernández de Bobadilla, que fue del Ayuntamiento de esta villa, que halló uno que trata  del blasón de la casa de los Bobadillas, y de donde procedió procurarse ponerle por mejor estilo que tenía, sin añadir ni quitar de la sustancia cosa alguna; diré que ello pasó en el tiempo del Rey D. Alonso XI. Yo he procurado ver en su Historia y Crónica, y no lo he podido, hallar para ser calificado más, pero pondré lo que dice el papel que por ser persona tan curiosa, como lo fue este caballero, y tan principal se le puede dar crédito, y a la tradición que de ello hay en esta villa que conforme con el papel y por estar escrito de letra que uno con otro se ayuda, y dice:

-Este apellido de Bobadilla es muy antiguo en España y le tienen muchos ilustres del Reino; tiene su solar en la villa de Bobadilla, que es dos leguas de Medina del Campo, y los verdaderos Bobadillas traen por armas y blasón una torre quemada en campo  blanco, en el cuartel de arriba un águila parda en campo colorado. La razón de esto fue porque en tiempo del Rey D. Alfonso XI, que reinó por el año de 1810, queriendo tomar la villa de Alcalá de Guadaira, estando este Rey sobre ella con su ejército, estaban allí todos los Capitanes de todas las ciudades y villas del Reino, cada uno en su puesto y a punto de tomar la villa. Llegó a esta sazón Rodrigo de Bobadilla, que iba por Capitán de Medina del Campo, y a este punto fue a besar las manos del Rey y a pedirle alojamiento en el Reino. Sucedióle lo mismo que a los capitanes de Ávila y de esta villa sobre Ronda. Como queda dicho, el Rey, enojado de su tardanza, le dijo que se alojase en aquellas torres de los enemigos, el cual, visto que el Rey estaba sentido por su tardanza, se fue a sus soldados y los hizo una plática, en la cual los significó el sentimiento del Rey y la respuesta que le dio, y súpoles tan bien persuadir para que se cumpliese lo mandado por el Rey,  que todos le respondieron que se pusiese en ejecución, y así, con gran determinación, este Capitán con sus soldados atraviesa con todo el ejército hasta llegar a la torre donde el Rey les había alojado, que estaba arrimada al muro, y a la cual prendieron fuego, y peleando con valor entraron en la villa y pusieron su bandera en el homenaje de la torre, y aunque los moros se defendían bien, este Capitán y sus soldados les entretuvieron hasta que llegó el Rey con su ejército y entró en la villa y la ganó, por lo cual el Rey le hizo merced de darle por armas una torre quemada, y que pudiese poner el águila Real de sus armas, y por esto algunos caballeros de este apellido, como son el Conde de Chinchón, el de Puñonrosto, el  Conde de Medellín, el de la Gomera, el Marqués de Cañete, el Duque de Escalona, el Príncipe de Osculí, el Conde de Osorno, el de Ribadavia, el Señor de Fuentidueña, que son de este linaje, aunque por vía de hembra, tienen este apellido de Bobadilla, aunque tienen otros traen algunos de ellos este águila coronada. Este Capitán llevó a esta guerra por su alférez a un caballero de los Mercados, noble de esta villa e íntimo amigo suyo, y que peleó valerosamente quiso gratificarle para que gozase de la merced que el Rey les hizo de estas armas, y se lo suplicó al Rey lo tuviese por bien y el Rey se lo otorgó, y así las tienen hoy día dichos caballeros Mercados, cabeza de este linaje, que atrás va tocado.

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De la casa de los Lugos

Ilustró esta villa un caballero llamado Álvaro de Lugo, del hábito de Santiago, Señor de Villalba y Foncastín, abuelo paterno de D. Álvaro de Lugo, que hoy posee su mayorazgo, persona de quien el Emperador hizo mucha confianza y a quien quiso micho, como se verá en lo que de él refiero.

Estando la Corte en Valladolid y en ella el Emperador Carlos V, sonóse que S. M. quería unir la Abadía de esta villa con la de Valladolid y hacer de ambas Obispado, como lo vino a hacer Felipe II, su hijo. Sabido por Medina lo que se decía, acordó enviar un  caballero a su Ayuntamiento a hablar sobre ello por conocer concurrencia en él las cualidades que convenían para negocio tan grave. Fue a tratarlo con S. M. y dijo a los de su Cámara que dijesen como estaba allí Álvaro de Lugo, Regidor de Medina del Campo, que le quería besar su Real mano. El Emperador, sabido que estaba allí Álvaro de Lugo, previno a lo que venía y salió el Secretario Covos y le dijo de oficio lo que el Emperador mandó que le dijese, así que ya se sabía lo que venía y que no había remedio, porque el negocio estaba ya determinado. No se empachó al oír esta razón y volvió a insistir en que tenía necesidad de hablar al Emperador. Volvió Covos con el recudo y le mandaron entrar, y acabando de hacer acatamiento debido, le dijo el Emperador: - Ya sé, Álvaro de Lugo, a lo que venís; decid a Medina que este negocio no puede dejar de tener efecto, que yo lo haré mercedes en otras cosas.- Respondióle: No vengo a pedir a S. M. que haga merced a Medina, sino que le haga justicia.- fue tan sentenciosa esta zarón, que ató las manos al Emperador y no pudo dejar de concedérselo, y así le remitió el caso al Tribunal de justicia, y visto la mucha que Medina tenía y una inmemorial costumbre de elegir Abad con las demás calidades, pronunciaron auto a favor de esta villa, declarando no haber lugar de dicha unión, y así se deshizo lo que tan hecho estaba. Y si cuando se vino a poner en ejecución lo que la presente está hecho, se pusiera el pecho que requería semejante caso, pudiera ser que hoy día estuviera la abadía de Medina con todas las calidades y preeminencias.

Tuvo el Emperador con este caballero tan grande opinión de su valor y persona, que cuando trajeron el rescate del Rey de Francia, teniendo España sus hijos en rehenes, que fue un millón y doscientos mil escudos de oro del sol y la flor de lis milagrosa, y no se determinaban sus contadores en cuyo poder estuviese tan gran suma para la seguridad, porque no hallaban fianzas. Súpolo el Emperador, y envió a llamar a sus Contadores mayores, y les dijo: -No os canséis en buscar quien tenga a su cargo ese dinero, llevadlo a Medina del Campo y entregádselo a Álvaro de Lugo, que eso y mucho más se puede confiar de él; y así se puso luego por obra, y se lo entregaron, y estuvo en la fortaleza de la mota hasta que, por libranzas, se expendió todo.

Nótese la deferencia de los tiempos y el ruido que hizo en aquél un millón, que no parece que se estimaba entonces más que ahora cinco millones, como la experiencia nos lo enseña. Sucedióle que después de algunos días que le entregaron esta suma tuvo que hacer en Valladolid, y fue a besar las manos al Emperador y así como le vio, le dijo a Álvaro de Lugo: -¿Y mi dinero? – No le dé pena a S. M., que a quien yo le dejé, que es mi mujer Dª. Juana, fiéle mi honra, que es más que ni aún dinero, y así yo sé que no haré yo falta al darle la cuenta de este dinero. Los Contadores se la toaron, y por las libranzas que tenía, pareció haber entregado toda la moneda, de lo cual le dieron carta de pago, y como se lo entregaron por peso, y él lo iba dando de contado, sobráronle 10.000 ducados. Al verse con el Emperador, le dijo que ya le habían tomado la cuenta sus Contadores del depósito que S. M. le había mandado entregar, y que de todo tenía cartas de pago, pero que él hallaba que le sobraban 10.000 ducados y que esta sobra resultaba de haberlos recibido por peso, y dándoles de contado. Que allí los traía, que S. M. se sirviera de ellos. –Bien supe yo a quien nombraba guarda de tan gran suma.- Y le dio muchas gracias, y lo tuvo en mucho, y le dijo que se quedase con ellos por el cuidado y trabajo que había. Álvaro e Lugo, le dijo: Cualquier trabajo en servicio de tan gran Monarca es descanso, y así yo no los he menester. Vuestra Majestad para sus grandes gastos los ha menester mucho más que esto, y así no los tengo de tomar en ninguna manera. El Emperador le abrazó y estimó en mucho tan honrado término; fue una cosa muy notada en la corte que otro se pudiera quedar con ello sin jamar se supiera, y de todo esto hay cédulas Reales y carta de pago de todos los escudos que tenían por la otra parte la flor de lis, que yo les he visto y leído, las cuales tiene D. Álvaro de Lugo, el caballero que hoy las posea.

En la segunda parte de la Crónica del maestro Fr. Prudencio de Saldoval, que este invictísimo Cesar, que muestra la confianza que el Emperador hacía de Álvaro de Lugo, y en particular en la primera parte e esta Crónica, a las hojas 213, en una carta que el Condestable escribe al Emperador, estando fuera del reino en la ocasión de las Comunidades, dice estas palabras: “Álvaro de Lugo ha venido aquí para servir a Vuestra Majestad, y quiere irse a Rioseco por estar allí al campo de Su Majestad. Yo le hice detener a él y a Rodrigo de la Hoz, pues aquí servirán a V. M. tanto como allá.  Y esto era en Valladolid.

Este gran Príncipe, que siempre fue gratificador de servicios, proveyó el Corregidor de la ciudad de Córdoba,  en este caballero, que a todos es notorio cuan honrado oficio es. Estuvo allí tres años, y fue tan gran juez y gobernador, que hoy día se acuerdan de él en esta magna ciudad.     Y es muy ordinario a los caballeros que tienen semejantes gobiernos, por usar bien de la justicia, tener émulos, y por la mayor parte gentes ricas, pues fue así que cierto émulo, visto que no se preveía nueva justicia, hicieron ciertas informaciones secretas contra el Corregidor, y encarnizándose tanto en su mal intento, que dos de ellos por sí y por otros, fueron con ellas a Alemania, donde estaba el Emperador, los cuales, con un memorial en que pedían justicia, se las dieron a S. M.  El Emperador les vió, y como era tan prudente, conoció la demasiada malicia de esta gente, y dentro de ocho días que llegaron les envió un pliego con su Secretario y les dijo que ya iban despachados,  que no se abriese el pliego sino en el Ayuntamiento de su ciudad; con esto se volvieron muy contentos, y llegando a Córdoba publicaron que traían muy buenos despachos, de lo cual se holgaron; los demás contrarios se juntaron n el Consistorio para abrir el pliego del Emperador, y abierto, vieron como S. M. prorrogaba por otros tres años a Álvaro de Lugo el gobierno de esta ciudad; imagínese el lector que feo quedarían los émulos.

Parecióse bien a este caballero D. Antonio de Lugo, su hijo, padre de D. Álvaro de Lugo, señor de Villalba; fue del hábito de Santiago, Corregidor de Madrid, y del que el Rey Felipe II hizo tanta confianza en las cosas de su servicio, como el Emperador hizo siempre de su padre.

No se debe dejar en silencio esta descendencia de los Lugos, por ser de tan ilustre casa. Aunque ha muchos años que tienen su asiento y casa n la villa de Medina del Campo, en donde han emparentado con los nobles antiguos y originarios linajes de dicha villa, su origen y cepa es en el Reino de Galicia. Tiene esta casa su solar en la ciudad de Lugo, Señor de la villa de Villalba y de Foncastín; como cabeza de este linaje su origen es del Conde D. Rodrigo de Roma; es Señor de Monteroso; de quien por línea legítima de varón desciende dicho Álvaro de Lugo. Quién fue este Conde D. Ridrigo se verá en el libro que hizo de las Genealogías de España el Conde D. Pedro, hijo del Rey D. Dionisio de Portugal, y en Martín López de Lezana, y particularmente en Argote de Molina, en el libro que escribió de la Nobleza de Andalucía, en el capítulo de los Fajardos (147). En este linaje ha habido muchos caballeros que han servido a sus Reyes con señalados servicios. No es mi intento hacer memoria de esto, porque fuera menester hacer particular historia, pero no puedo dejar de decir lo que se señaló a Alonso de Lugo un caballero de este linaje en la conquista de las Canarias, pues a su costa ganó para sus Reyes las islas de la Palma y Tenerife con notables hazañas, que se verá en la Historia que de este guerra escribió el P. Fr. Antonio de Espinosa, de la orden de Santo Domingo, a que me remito. Diéronle en premio los Reyes Católicos el título de Adelantado mayor de Canarias, y sus hijos y nietos fueron continuando los servicios de Alonso de Lugo, de manera que cumplieron bien con la obligación que les dejó. Sucedió en esta casa Dª. Luisa de Lugo, que casó con el Duque de Terranova y tuvieron por hija a Dª. Porcia Marín de Lugo, heredera de ambos Estados, que casó con el de Azculí, y goza su hijo ambos Estados.

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Alfonso de Quintanilla, Contador de los Reyes Católicos, casado con Doña Ana de Taxis

En tiempo de los Reyes Católicos D. Fernando y Dª. Isabel, Alfonso de Quintanilla, Caballero de esta villa, sirvió a estos Reyes en muchas ocasiones en tiempo de guerra de Granada con gran voluntad y amor, y en estos atributos fueron de los Reyes recibidos sus servicios como de un caballero tan sabio y tan prudente, como que en todos sus servicios fue uno de sus contadores mayores, el negocio tan grande de cuando se fundó la Santa Hermandad, se sometió a él junto con otros caballeros de mucho valor y experiencia, como lo dice la Historia de estos Católicos Reyes, y como lo dice asimismo Antonio de Lebrija en una que escribió en latín de los sucesos del tiempo de estos Reyes, intitulada las Décadas de Antonio Lebrija, y en la Década primera, en el sexto libro, dice muchas excelencias de este caballero, alabando con mucho extremo un razonamiento muy sabio que hizo a los demás caballeros de la Junta para la fundación de la Santa Hermandad.
En este mismo tiempo, por su orden y traza, se dio comisión a Cristóbal Colón, para que fuese al descubrimiento de la América. Habiendo ido Colón a pedir a otros Reyes favor para este intento, todos se lo denegaron, y por postrer remedio vino a pedírselo a los Reyes Católicos, y por ello, sometido a sus contadores, asimismo se lo denegaron, respecto a estar el Reino trabajando por las guerras, así por falta de gente como de dinero, que son los que hacen las guerras, y no era razón ponerse a emprender cosas dudosas por estar faltos de dinero, por los grandes gastos de la guerra de Granada; revolvió sobre el negocio Alonso de Quintanilla; y Pablo de los Reyes, y les supo persuadir con tan buenas razones, de manera que le dieron licencia para que fuera al descubrimiento del Nuevo Mundo, realmente, a este caballero se puede atribuir las gracias de este hecho, por haber animado a Cristóbal Colón por intentar un suceso tan arduo, que pace fue inspiración del cielo, y lo fue, pues se ha visto ha surtido  tan gran efecto, y cierto, que si estas cosas cambiaran, como es razón, y los Reyes tuviesen libro de los servicios que se les hacen, para gratificarlos, como hacía el Rey Asuero, a este caballero le habría de haber gratificado con un exceso muy grande tal servicio hecho por su persona a los Reyes, y ser más bien galardonado de lo que se ha visto, porque no sólo fue consejo y diligencia, sin obras, pues ayudó con su dinero y más sumas que buscó entre Obispos y mercaderes, poderosos de esta villa, visto que los Reyes no tenían posible respecto de los grandes gastos de la guerra de Granada que acababan de hacer. Tiene su mayorazgo y reside en esta villa, llamado de su nombre, muy honradas calidades de su mayorazgo, porque era escribano mayor del Principado de Asturias, de Oviedo; son suyas las tercias de los lugares de la jurisdicción de la villa de Olmedo, que son veinte y tantas; con buena renta fundó este caballero una capilla en la iglesia de San Juan de Sardón, parroquia de esta villa, de la encomienda de San Juan, donde tuvo su entierro  de mucha calidad, en la cual se cantaron las Horas canónicas, como en las iglesias Catedrales, con ocho capellanes, que tienen muy buena renta, entre préstamos que les anejó de mucha calidad, y los mayorazgos son patronos y los nombran en vacando alguna, a la cual hay hartos opositores, por ser pingües.

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Casa y descendencia de los Caballeros Peralta de esta villa

Aunque este ilustre casa es tan notoria en todo el Reino, y de quien muchos autores han escrito su genealogía, quise en este tratado dilatarla, tomándola desde sus principios, son tales que darán gusto al lector y mucho lustre a esta historia. El Rey D. Alonso II de este nombre sucedió a sus padres en el Reino de Navarra, año de 1349; siendo de edad de diecisiete años, estaba fuera del Reino con la Reina su madre, y a esta sazón os tres estados del Reino le llamaron y entró en su Reino por el mes de Mayo de 1350, y el domingo 27 de junio fue coronado en la iglesia Catedral de Pamplona; procedió con crueldad contra algunos del Reino; fue muy católico y obediente a la Iglesia; hay muy larga historia de este Príncipe, como del tiempo que vivió; remontóme a éste y a sus hechos, que los más fueron en el Reino de Francia, donde casó con Mad. Juana hija del Rey de Francia D. Juan II, último de este nombre; celebróse el matrimonio en el año cuarto de su reinado, año de 1353, hubo la Reina su mujer larga generación; el primero fue D. Carlos, que le sucedió en el Reino; el segundo, D. Felipe, que nació en Pamplona y falleció de cierta edad; el otro fue D. Pedro, que fue Conde de Montaygn, en Normandía que le nombraron en Francia Mosén Pierres de Navarra; tuvo a la Infanta Dª. María que nació en Puente de la Reina, que fue Condesa de Denia; casó con D. Alonso de Aragón; a la infanta Dª. Blanca, que falleció a los trece años en la villa de Olite, y a la Infanta Dª. Juana, que primero fue Duquesa Bretaña y después Reina de Inglaterra.

El Infante D. Pedro, que como va dicho, le nominaba Mosén Pierres de Navarra, casó con Dª. Ana, hija de los Reyes de Inglaterra, del cual matrimonio, tuvieron por su hijo a Mosén Pierres de Peralta, el Viejo, que fue Señor de Marcilla Amposta y Merino mayor del Reino de Navarra, y Condestable y Mayordomo mayor y otros muchos oficios, y fue tan gran caballero como lo dicen las Historias de Navarra, y en particular cuentan en los Anales, Garibai en su Historia, y Fr. Prudencio de Sandoval en el Sumario e Historia de los Reyes y Obispos del Reino de Navarra. Este Mosén Pierres, casó con Dª. Ana de Fox, hija legítima de los Condes de Fox, para cuyo casamiento ayudaron los Reyes de Navarra, dotándole largamente; tuvieron de este matrimonio a Mosén Pierres, el Joven que fue el que llamaron el Valeroso, a quien los Reyes hicieron Conde de Santisteban, de Lema e Ultrapuertos, fue asimismo Condestable y Capitán general del Reino, y  el que descercó al Rey D. Carlos y le dio libertad, por cuyo motivo convocó Cortes en Aragón para hacerle mercedes, y no quiso aceptar alguna, y los Reyes le hicieron merced de que este hecho se pusiese en privilegio rodado, juntamente haciéndole merced de la espada del Cid para que él la tuviera en su casa y mayorazgo, como hoy día lo conservan y tienen los Marqueses de Falces; fue este Mosén Pierres el que en Tafalla dio de lanzadas a D. Nicolás de Abarri, Obispo de Pamplona, porque en las Cortes que hizo la Reina Dª. Leonor fue de parecer que no se ayudase al Rey D. Enrique de Castilla, no obstante esto vino el Mosén Pierres de Peralta, Condestable, y se halló en la batalla de Olmedo,  a quien el Rey D. Enrique, con parecer de los Grandes dio el bastón de General y gobierno del ejército, el cual venció al Infante D. Alonso, finalmente, en Navarra, Castilla y Aragón; era poderoso para cuanto quería, y aún en Roma, yendo por la absolución de la muerte del Obispo, y teniendo guerras el Papa, le ayudó en ellas, de suerte que le dio grandes dádivas y preseas y le hizo gracia de que en todo su Estado fuese señor y proveyese  lo eclesiástico que hoy gozan y dan los Marqueses de Fales, que en esta villa proveen más de treinta beneficios simples y servidores y el Priorato, que el beneficio simple vale 20.000 reales, y en todo su Estado provee  muchos beneficios simples, Abadías y Prioratos de mucho precio y valor. Y contar por extenso sus hazañas, sería negocio largo. Está enterrado en su monasterio de Santa María la Blanca, de su villa de Marcilla, donde está el Condestable su padre; fue casado dicho Mosén Pierres de peralta, Condestable, con Dª. Ana de brabante, hija legítima de los Duques de Borgoña; en esta sazón, que fue por los años de 1409, enviudó Dª. Blanca de Navarra, su prima hermana, mujer de D. Martín, Rey de Sicilia y primogénito de Aragón, y aunque quedó con dominio y poderes para gobernar aquel Reino, no quiso ponerlo en ejecución hasta venir de Navarra; fue por ello el Condestable Mosén Pierres de Peralta, su primo hermano, por cuya jornada y gastos le hicieron merced, en recompensa de 10.000 maravedíes, florines del cuño de Aragón; Hízole merced el Rey D. Carlos, su tío, de darle el lugar de Villa de Falces, como consta, por la merced del dicho Rey D. Carlos; dada en 23 de Septiembre del año de 1423, que está asentada en el libro de registros y mercedes que sobreescribió Lope de Lahoz al folio 379, y la causa de no ser Condado de Falces y Condado de Santiesteban, de los más poderosos de España, era y fue porque sus antepasados tenían bandos con los beumonteses , y todas las mercedes y cuanto ganaban en las guerras, lo consumían con lo de su parcialidad, como cabeza que son del bando agramontés, por tenerlos gratos y contentos y porque en aquel Reino de Navarra no se habían instituido mayorazgos, y este Caballero fue el primero que pidió facultad al Rey D. Carlos, su tío, por hacer mayorazgos y fue el primero que hubo en el reino como de él consta, a que me refiero, su fecha a 1º de Mayo del año de 1408. Tuvo este caballero de Dª, Ana de Brabante, su legítima mujer, solas dos hijas que la una fue Dª. Juana de Peralta, la cual heredó su mayorazgo y su casa, y la segunda Dª. Ana, que casó con D. Jaime, Infante de Aragón. Diéronlas sus padres algunos lugares y haciendas de calidad, y de este matrimonio no hubo generación, y en Navarra no vuelve la hacienda a las casas, sino cada uno la da a quien quiere y Dª. Ana se la mandó al Infante su marido, por cuya causa quedó empeñada la casa de Peralta. Volviendo a la sucesión de esta casa, la dicha Dª. Juana heredó el mayorazgo de su padre; en este tiempo estaba alterada Castilla, viniendo Enrique su Rey, y el Maestre de Calatrava D. Pedro Girón, y su hermano D. Juan Pacheco, Maestre de Santiago y D. Alonso Carrillo de Acuña de los dos Maestres, le pidieron por mujer a su padre Mosén Pierres de Peralta, para casarla con Fruyllo Carrilo de Acuña, su primo hermano, y aunque se la pedían Infantes de Francia, Inglaterra y Portugal, el Condestable, viendo que los tres eran (si así se puede decir) los que gobernaban a Castilla, y que el Rey D. Enrique, quisiese o no, venía en todo lo que ellos querían, y absolutamente hacia su voluntad, que, por abreviar, me remito a las Historias; vino y condescendió en este casamiento, y así se casó dicho Truillo con dicha Dª. Juana de peralta, y de este matrimonio tuvieron por su hijo a D. Alonso Carrillo de Peralta, Conde de San Esteban de Lerín, y de ahí a algunos años vino a casar D. Juan de Labrit con Dª. Catalina, Reina propietaria de Navarra, por cuyo casamiento se volvieron a encender las parcialidades de los Peraltas, que como he dicho, son cabeza del bando agramontés, con sus contrarios enemigos domésticos los beaumonteses, porque este bando, cuya cabeza era D. Luís de Beaumonte, Conde de Lerín y Condestable de Navarra, que se le dieron por no haber hijo varón en la casa de Peralta; jamás quiso se casase Dª. Catalina, su Reina, en Francia, ni en otros Reinos, sino en Castilla, por ser, como era, el dicho D. Luís de Beaumonte, sobrino del Rey católico, hijo de su hermana, mas como el bando agramontés era a la sazón más poderoso, tuvo efecto dicho casamiento.

El dicho D. Luís, o que por no ser tan obediente o por el aborrecimiento que le tenían sus Reyes, se desnaturalizó del Reino y vino a servir al Rey D. Fernando el Católico, el cual le dio el Ducado de Huéscar. Por esta ausencia los Reyes de Navarra dieron el cargo de Condestable a D. Alonso de Peralta, que, como está dicho, era Conde de Santiesteban y algunos lugares de los de D. Luís de Beaumonte, aunque después, perdiéndose Navarra, le volvieron el título de Condestable a los demás lugares de su Estado.

Volviendo, pues, al Conde D. Alonso de Peralta, se casó con Dª. Ana de Velasco, hija legítima de D. Luís de Velasco, Señor de Belorado (o Belgrado) nieta del Conde de Haro, lo cual venía a ser legítima heredera del Condado de Haro y Estado del Condestable de Castilla, si no tuviera cláusula  que por ningún caso hereda hembra, por lo cual  no está hoy esta casa  en la de los Peraltas, y Marqueses de Falces, y por esta claúsula, heredó un su primo hermano los dos Estados. En esta sazón los Reyes Católicos estaban en Valladolid, y de allí el Rey partió  para Aragón a verse con el Rey, su padre, que sobre negocios tocantes a los Reinos le enviaba a llamar, y después vino a Vitoria por el mes de Junio, y de aquí se entró en el Señorío de Vizcaya, llevando en su compañía, entre los demás caballeros de cuenta, a D. Antonio Carrillo, tío del Marqués de Falces, que era Obispo de Pamplona, y a Pedro López de Padilla, Adelantado mayor de Castilla, y a D- Manrique Enríquez, tío del mismo Rey, hermano del Almirante de Castilla, y a D. Pedro de Estúñiga, primogénito del Duque de Miranda, Rodrigo de Ulloa, Contador mayor, y de su Consejo D. Diego de Acuña, hijo del Obispo de Burgos, y a D. Fernando de Ayala, hijo del mariscal D. García de Ayala, con otros señores y personas eclesiásticas, con deseo de allanar y pacificar la tierra con su presencia, especialmente algunos parientes mayores que le inquietaban desde los malos tiempos del Rey D. Enrique. Tornóse el Rey a Vitoria y allí le llegaron algunos caballeros navarros del bando beaumontés, ofreciéndole al Rey la ciudad de Pamplona y otros pueblos, de parte de D. Luís de de Beaumonte, Conde de Lerín y Duque de Illescas, que se avenían mal con D. Alonso de peralta, Condestable de Navarra, y con el bando agramontés, que era de su parcialidad; y aunque el Rey Católico le pareció bien este ofrecimiento, le sobreseyó algunos días, hasta que estando en la ciudad de Burgos y queriendo encaminar sus gentes contra el Rey de Francia y ayudar al Rey Enrique de Inglaterra, su yerno, a cobrar el Ducado de Guiana, pisió a los Reyes de Navarra D. Juan y Dª. Catalina, camino para su jornada para enviar por su Reino su ejército sobre Bayona, pidiéndoles, en rehenes de seguridad; que no recibiría su ejército castellano daño alguno y el castillo de Esteta en Navarra, y los de Maya, villa de San Juan, del Pe del Puerto, en la merindad de la baja Navarra, de la otra parte de los montes Pirineos, en territorio de Francia poniéndolos en tercería en poder de caballeros del mimo Reino de Navarra;  ofreciéndoles en recompensa de esta amistad y buena palabra de restituirles las villas de la Guarda y Arcos que solían ser del Reino de Navarra. Para la deliberación de este caso, llamó a los señores grandes de su corte, D. Alonso de Peralta, Condestable, y a D. Pedro de Navarra, Mariscal del Reino, y otros caballeros, y aunque en este Ayuntamiento y junta el dicho D. Alonso de Peralta, Condestable, era de parecer que lo hiciese, el Mariscal y los demás lo tuvieron por sospechoso por ser hijo de castellano, que lo era el D. Froilo Carrillo, su padre, y por haberse casado él también en Castilla con la dicha Dª. Ana de Velasco y estar tan emparentado con todos los Grandes de Castilla, y así se resolvieron los Reyes de Navarra D. Juan y Dª. Catalina de unirse y confederarse con los Reyes de Francia, renovando sus Ligas como más extensamente lo escriben las Historias de Navarra, y en todo me remito a ella. De lo que pasaba dio aviso al Rey D. Fernando a Su Majestad el Papa Julio, el cual, viendo que los Reyes de Navarra se habían ligado con el Príncipe cismático, pronunciado por hereje; declaró el Rey D. Juan a su Reina como propietarios del Reino y a sus hijos y posteridad como privados del Reino de Navarra, con acuerdo del Sacro Colegio de los Cardenales, manifestando al Rey y Reino, no sólo por cismáticos, sino por herejes y enemigos públicos de la Santa Sede apostólica, añadiendo y transfiriendo al Rey de Castilla el Reino de Navarra, porque habiendo sido amonestados y requeridos, según las canónicas moniciones de la santa Iglesia, no había querido hacer ni venir  a la obediencia suya, como lo refiere Antonio de Nebrija, en el tratado que hizo de esta guerra.

El Rey D. Fernando, habiendo enviado a la Reina Mad. Germana, su mujer, a celebrar Cortes a Aragón, para donde partió de Burgos en 5 de Mayo, no se detuvo en la ejecución de este derecho y de los otros, antiguamente pretendidos por los Reyes de Castilla y de Aragón, sus predecesores, contra los Reyes pasados de Navarra al intentar la conquista de este Reino, para donde, con 6.000 infantes y 1.500 de a caballo, subió a D. Fernando de Toledo, Duque de Alba, el cual partiendo de la ciudad de Vitoria y juntándose con D. Luís de Beaumonte, sobrino carnal del Católico, los cuales entraron en el Reino de Navarra, donde luego se rindieron muchos pueblos de la parte beaumontesa, y el Duque poniendo su apresto a dos leguas de Pamplona a vista de la ciudad, Salió de ella el Rey D. Juan, día de la Magdalena a 22 de julio, diciendo a sus vasallos hiciesen lo que pudiesen, y con esto atravesó los montes Pirineos, prometiendo volver en breve con mucha gente de Francia; después salió la Reina Dª. Catalina; los siguieron el mariscal D. Pedro de Navarra y otros muchos caballeros y gentes de la parcialidad agramontesa, muy leales y servidores de sus Reyes, de suerte que este año de 1512, víspera del apóstol Santiago, se hizo el Rey Católico Rey de Navarra, para lo que le sirvió D. Alonso de peralta, Condestable. Las Historias están llenas de estas hazañas y proezas, y así como era fuerza volver al Conde de Lerín, D. Luís de Beaumonte y Navarra su Estado y oficio de Condestable, por lo mucho que había servido a si tío, el Rey Católico, y que por él se puede decir le había dado el Reino con su industria y valor; queriéndole gratificar, le sustituyó en el oficio de Condestable y su Estado, que hasta hoy dura en su casa, y viendo que D. Alonso, Conde de Santiesteban, era poderoso en el Reino, le dio su Estado de nuevo y le hizo merced del Marquesado de Falces y otras muchas, y entre ellas el oficio de Mayordomo mayor, con sus gajes, que hoy tienen y conservan en su casa, y mayorazgo, y una compañía de Caballería, y con ella una encomienda; desde aquí en adelante se intitulará Marqués de Falces, el cual sirvió a su Rey con las obligaciones de quien era, particularmente en la batalla de Noaín, cuando con poderoso ejército vino el Rey de Francia sobre Navarra, cogiendo al Emperador sin prevención, y sin duda se apoderara del Reino, a no tener tanto valor el Marqués de Falces, previniendo mucha gente así en su Estado como en todo el Reino y otras partes, y o le bastará esto si no fuera un ardid que usó, que dio en presentes muchas cosas de precio al General y a otros personajes que con él venían, y les regaló y les banqueteó en su Estado, enviándoles grandes recuas y carros de regalo, y en particular vino de su villa, que son los mejores del Reino; esto a fin de que le llegase la gente de Castilla, donde despachaba por momentos, hasta que llegó la razón para darles batalla, y les hizo volver las espadas, con muerte y pérdida de muchos. De este matrimonio del Marqués y de Dª. Ana de Velasco, tuvieron por su hijo legítimo y sucesor a D. Antonio de Peralta, Marqués de Falces, y por segundo hijo a D. Pedro de Peralta, abuelo de Dª. María de Peralta, Condesa de la Villa de Villamediana y bisabuelo de D. Juan de Tarsin y Peralta, Conde que hoy es de esta villa, y Correo mayor de S. M. en sus Reinos, que es un caballero de valor y fama de los que hay en el Reino, dotado de cuantas gracias hay: discreto, valiente, magnánimo, humanista, poeta por excelencia, gratan hombre de a caballo; finalmente, si el Rey nuestro Señor se le ofreciese una Embajada de consideración o proveer su Virrey donde fuera menester hacer elección de hombre de valor, dejando a los demás con el suyo y con sus méritos, ninguno podría ocupar este puesto con más razón que dicho Conde de Villamediana, según la común opinión de España. Así por las dotes referidas como por sus ascendientes, tan principales e ilustres caballeros, cuyas historias están llenas, y así por micho que diga quedaré corto, y acogiéndome al silencio, voy prosiguiendo mi historia de tan ilustre casa.

Este tercer hijo D. Luís de Peralta, a quien S. M. hizo merced de una encomienda de Santiago y la compañía de caballos que el Marqués, su padre, tenía, el cual casó en esta villa de Medina del Campo con Dª. Catalina de Pedrosa, Comendadora de Santiago y muy rica y poderosa y requerida para mujer de cuantos hijos de títulos y caballeros poderosos había, por ser su casamiento de tanta nobleza y riqueza. Fue hija de Gutiérrez de Pedrosa, de la orden de Santiago, que fue el que el año 1520, cuando se levantaron las Comunidades en esta villa de Medina, antes que eligiesen por cabeza a Bobadilla, lo había ya hecho en D. Pedro de Torres, que era hombre belicoso, y estando haciendo audiencia en la cárcel, donde se averiguaban los pleitos, el dicho Gutiérrez de Pedrosa con sus deudos, estaba asentado y le asió de los cabezones y le hizo dar garrote en la misma audiencia que hacía, sin que ninguno de los suyos se atreviese a valerle, en el cual tiempo el Condestable de Castilla le escribió una carta, que en ella le decía que se ejecutase con el Ejército imperial, que venía por esta villa, que iba a la libertad de la Reina Dª. Juana, que los Comuneros la tenían como presa en la villa de Tordesillas, y así le halló este caballero en esta refriega, fecha de esta carta era: Valladolid a 1º de Noviembre de 1521; quise poner fecha. Estando casado dicho D. Luís de Peralta con Dª. Catalina de Pedrosa en esta villa de Medina del Campo, S. M. le hizo su Alcaide y Capitán general en el Reino de Bujía, y si bien tenía de comer, pareciéndole que todo era poco, habiendo hijos, aceptó el cargo, en el cual residió quince años continuos, escaramuzando y saliendo a correrías con los moros cada día, y muchas batallas que tuvo en este tiempo; salió de ellas victorioso porque la morisma le temblaba, no obstante que escribía muchas cartas a S. M. el Rey D. Felipe, y en ellas le decía que todas aquellas plazas y guarniciones estaban en gran riesgo, y que ninguno después de él las podría sostener y conservar; que Su Majestad pusiese remedio en ello. Venció cuatro batallas; y en un desafío que tuvo con un alcaide moro, le envió persona a persona, y le cortó la cabeza, y en el año de 1513, haciendo oficio de Capitán general y habiendo salido a tomar verde para los caballos, estaba allí cerca el morabito Altive Alije, y habiendo muerto un pastor que guardaba ganado, y hecho otros daños, le acometió con más de 800 moros de a pie y a caballo por una parte, y otros 300 por otra, y juntos arremetieron con gran ímpetu, cogiéndole desapercibido, y el dicho D. Luís de Peralta con los pocos soldados que se halló le hizo rostro y se dio tan buena maña, que lo hizo retirar y siguiendo el alcance fueron muchos muertos y heridos con el dicho Altive Alíje, más de cien moros, con pérdida de sólo un soldado cristiano; por ser la tierra tan áspera no pudo seguir el alcance y se volvió a su fortaleza y metió en ella 88 cabezas de moros y cuatro vivos, y una bandera de dicho morabito que en la refriega ganó, y S. M. el Emperador Carlos V le hizo merced que pudiese traer debajo de las antiguas armas de su casa, él y sus descendientes, un moro muerto, con la dicha bandera, por ser la primera que se ganó a este moro, valeroso capitán, que había hecho mucho daño entre cristianos; y este moro ha de estar en campo verde, y la bandera ha de ser blanca, con tres líneas azules y el asta quebrada, y en el remate, bajo el escudo, una letra que diga: Ésta se ganó en Bujía; Viernes santos, año de 1548. La fecha de estas merced es a 14 días de Marzo, en la villa de Madrid, año del Señor de 1552 fue gran soldado, y un año antes de casarse, acompañó al Emperador en todas las jornadas que se ofrecieron con las cincuenta lanzas jinetas de las guardas y a vista de S. M. en un encuentro y herida que le hicieron, el Emperador le honró preguntándole si era herida de importancia, y se quitó un peto de malla muy rica, que traía, y se le dio a dicho D. Luís, y le dijo que se le pusiese, porque no le hiciesen otra herida, y esta merced la estimó en tanto D. Luís de Peralta, que incorporó este peto con su casa y mayorazgo, que hoy posee D. Martin de Peralta su nieto, y después de haber servido a los Reyes con tanta lealtad y amor y haber tirado su vida por minutos, saliendo de Bujñia el año de 1552, en una batalla en el mes de Abril le mataron los turcos enemigos y le llevaron su cabeza a Argel, donde hoy está en la mezquita, en una jaula de alambre; sus huesos están en esta villa de Medina del Campo, sepultados en Santo Domingo el Real de esta villa, en la capilla que dicho D. Luís de Peralta y Dª. Catalina de Pedroso, su mujer, fundaron, y se cumplió lo que arriba dije había muchas veces escrito a S. M., de que pusiera remedio en aquel Reino, porque si él faltaba se perdía, lo cual se cumplió, porque yendo por el mes de Septiembre el Rey de Argel sobre Bujía con gran número de gente y cantidad de artillería y pertrechos de guerra, luego que llegó puso el cerco sobre la principal fuerza de ella, batiéndola a toda furia; ésta resistió la Caballería e Infantería, valerosamente, animada por D. Alonso Carrillo, que en aquella sazón  hacía oficio de Capitán General, caballero valiente, aunque de pocos años, y resistiéndose siete días y siete noches, y no pudiendo conservarse porque no pareciese tanta gente, se concertó con el Rey de Argel debajo de muy buenas condiciones; más como son infieles, guardaron mal su palabra; sucedió esta pérdida, como dicho tengo, por el mes de Septiembre, año 1555.

Tuvo D. Luís de Peralta, de esta señora, ambos Comendadores de Santiago, dos hijos, el uno se llamó D. Alonso de Peralta, murió de veinticinco años, sin casar, el segundo fue el que heredó la casa y mayorazgo, llamóse D. Juan de Peralta, el cual sirvió a S. M. en Perpiñán, a su costa, cuatro años continuos, con mucho gasto de caballos y criados, y después casó en la villa de Talavera con Dª. Juana Suárez de Toledo, hija de los Sres. Fernán Suárez de Toledo y Dª. Luisa Gumiel, de linaje tan conocido en aquella villa, como todos saben, y la dicha Dª. Juana de Toledo, de tanto valor y cristiandad, que se puede poner en el número de las matronas atrás referidas, porque fue señora de grandes cualidades: caritativa, cristiana, de quien podían tomar ejemplo y dechado los señores principales de esta villa, que respondía bien el ilustre linaje de sus pasados, y estando desposado vínole una nueva de la rebelión de Granada y levantamiento de los moros, donde luego aprestó y salió con mucha gente y caballos, llevando a su costa a sus cuñados D. Pedro de Meneses Carvajal, Señor de Salinas, y a D. Esteban Suárez de Toledo, y a Juan Ruiz de los Evanes, su sobrino, y algunos hidalgos de la citada villa de Medina, con los cuales gastó su legítima y aún el dote que le dieron con la dicha Dª. Juana, y así entró en dicha guerra desde el principio hasta que se acabó, y en el campo del Duque de Sesa, de donde vino muy empeñado y lo estuvo hasta que murió. De este matrimonio tuvo tres hijas. El mayor y menor, en el mayorazgo, fue D. Luís Peralta, al cual el Ayuntamiento de esta villa nombró por capitán a la última jornada de Inglaterra; cuando iba a tomar a Flenma, puerto del mismo Reino, y la villas de Tordesillas, le pidió llevase consigo la gente con que aquella villa servía a S. M., y así salió con la una y otra compañía, tan lúcido, que no pudo ser más, en lo cual hizo excesivos gastos y grandezas. En todos los alojamientos quiso tomar su jarro de agua, y cuando algún soldado tomaba alguna cosa, hacía que su Alférez, Juan de las Heras, le castigase, que no menos sirvió que su Capitán, y es hoy de los soldados más antiguos e inteligentes que S. M. tiene, porque le ha servido en Italia, Francis y Flandes muchos años, y ha sido cautivo en servicio de S. M. el Rey en Constantinopla, y merece que S. M. le honre, que es un hijodalgo muy principal, y llevó estas campañas con mucha quietud y disciplina, de manera que el Adelantado mayor de Castilla D. Miguel de Padilla, General del ejército, los tuvo por soldados viejos, y así fueron cerca de su persona, y ningún caballero Capitán se distinguió como D. Luís de Peralta, y sirvió toda la jornada hasta que se acabó, y enviándole a la jornada de la Armada y guarda de la plata, su general, por honrarle, le besó las manos por lo que le hacía, y que él tenía de comer y no había salído de su casa por granjear hacienda, sino para cumplir con las obligaciones heredadas y pelear habiendo ocasión, y después no la había, le diese licencia a él y a sus criados y algunos soldados que había sacado de casa de sus padres, y el Sr. D. Martín de Padilla, viéndole que había servido, se la dio y le echó una cadena al cuello; la fecha de esta licencia es en la Coruña a 22 de Diciembre de 1557. Llegó a este lugar molido y quebrantado de la embarcación, y con el agua que se le metió en el cuerpo, cuando la derrota  y tormenta que, estuvieron una noche en la urca que iba embarcado, el agua hasta los hombros, fue causa de su muerte y murió en esta villa de Medina sin casarse, por cuya muerte heredó y sucedió el Mayorazgo D. Martín de Peralta, el cual está casado con Dª. Beatriz de Beaumonte y Navarra, hija de los Sres. D. Francos Carlos de Beaumonte y Navarra y Dª. Elvira de Tapia y Lugo, hermana de los Señores de Fuentesdano, Canales y Reliegos, cuya nobleza es tal, que desciende de dicha Beatriz derechamente de los Reyes de Navarra, y sus pasados fueron Señores y caballeros de los bandos de Beaumonte y Condes de Lerín y Condestable de aquél Reino, y Alférez mayor de él, y su padre fue Menino de la Reina Dª. Ana, y le dieron el oficio de Capitán de la guarda que tenía el padre, el cual sucedió en el Duque de Feria, y el goza hoy 400.000 maravedíes de sus gajes por los días de su vida y más de 15 ducados perpetuos en las tablas de Navarra, y ha querido tratar más de su salvación  que de pretensiones, y así vive en esta villa y hace vida de santo, dando su herencia a los pobres, y empleándose en obras de caridad  y en el servicio de nuestro Señor, y para mejor cumplir con estas obras ha tomado el hábito de la orden de San Francisco. De este matrimonio de los dichos D. Martín de Peralta y Dª. Beatríz de Beaumonte y Navarra, hay copiosa generación, y ya que si el dicho D. Martín de Peralta no alcance a suceder en el Estado y mayorazgo del Marquesado de Falces, por tener la Marquesa poca edad, lo será, siendo Dios servido, su hijo primogénito D. Juan de Peralta, que hoy tiene la edad de diez años, y que se espera será uno de sus antepasados. El otro hijo varón, es D. Fernando de Peralta, el cual dieron de dote cerca de doscientos mil ducados y el famoso patronazgo del Hospital General de esta villa, con una señora que se llama Dª. Mariana Ruiz Envito, y los que hubieren de suceder en este mayorazgo y el patronazgo han de ser forzosamente limpios de toda raza, y como esto es menester mirarlo buen por no incurrir en la desheredación, de ello hizo elección, por ser tan limpio, noble y de ilustre casa, como por lo de arriba se ha dicho.

De las tres hijas, las dos se murieron y la otra vive monja en San Clemente el Real, de Toledo, sirviendo a Dios como buena religiosa, y aunque quisiera poner aquí el linaje de los Beaumente, lo dejo de hacer, porque lo verá quien quisiera, en la casa del Duque de Alba, que hoy es cabeza de este linaje, y el Rey D. Carlos le dio con su hija a D. Luís de Beaumonte y Navarra en dote y casamiento el Condado de Lerín, como consta en los capítulos matrimoniales que están en la casa de Alba, que yo he visto y leído, a los cuales me remito, y además a las Historias navarras.

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El Capitán Luis Gutiérrez de la Vega

Era hijodalgo de esta villa; fue muy valeroso soldado; hallóse en las guerras de Alemania el tiempo que el Emperador estuvo en ellas. Fue muy nombrado, aunque no he podido hallar hecho particular suyo más de la gran opinión que tuvo en esta villa y fuera de ella, de muy valiente y de agudo entendimiento; sólo diré uno que le sucedió en esta villa después que vino de la guerra.

Estando descansando después de muchos años que le siguió, y como entre soldados siempre se ofrecen ocasiones, tuvo cierta pendencia con uno de los valientes soldados que había en el ejército. Dicen que era natural de la ciudad de Ávila; no se condujo con tanto honor como el soldado quisiera, que siempre pareció quedaba cargado, y en este tiempo el Capitán determinó dejar la guerra y venir a su Patria, y estando en ella sosegado más de dos años, el soldado vino a esta villa, que no le dejaba reposar la honrilla de volver con su pundonor. Buscó al Capitán y con palabras corteses le habló, y con la misma le recibió el Capitán y le convidó para que se sirviese de su casa. El soldado se lo agradeció y le dijo:

-Señor Capitán, muy diferente pensamiento traigo del que vuestra merced piensa; bien se acordará de lo que pasó entre nosotros en Alemania; sepa que no he dormido sueño bueno después acá, porque muchos amigos me dijeron que no había quedado satisfecha mi honra de aquella pendencia; no vengo a otra cosa sino a que de nuevo la empecemos se sepa quién es más hombre de los dos.

El capitán le respondió como discreto, que lo era mucho:

-Suplico a vuestra merced, señor soldado, que no tratemos más de este negocio, que en todo lo que yo pudiera satisfacer a su honra satisfaré, y dejemos ruidos.
Apretóle tanto el soldado que le fue forzoso aceptar el desafío, y así, mano a mano, se fueron a reñir hacia la parroquia de Nuestra Señora de la Antigua, que es extramuros, y llegando cerca de las casas y puerta del licenciado Ibar, que es en el camino, le dijo:

-No pasemos adelante, que no parece por aquí persona. Y así echaron mano y se acometieron como unos leones. El soldado avilés era muy valiente y había reñido gran rato, y el Capitán se vio algo rendido y le pareció que si duraba el negocio había de llevar lo peor, el cual se aprovechó de su buen entendimiento y dijo con voz alta:

-¡Dale!

El soldado entendió que venía por detrás alguno a favor del Capitán y volvió el cuerpo para ver lo que era, y como no vio  nadie, vuélvese hacia el Capitán, el cual le aguardaba con una punta, que el soldado se metió por ella, como estaba tan ciego de coraje el al punto cayó en tierra; Luís Gutiérrez de la Vega fuese a poner en salvo, y luego llegó gente y llevaron al soldado a una posada y le beneficiaron el cuerpo y alma y vino a morir dentro de dos días. Declaró que el Capitán no tenía culpa y que ningún pariente suyo le diera nada; por la muerte de este soldado se puso una imagen de María nuestra Señora en una tabla encajada en la pared de la Huerta, que hoy día está allí al modo como se ponen Cruces en las partes donde se matan algunos por desgracia. Muchos pensarán o juzgarán que fue traición la industria del Capitán, y no tendrán razón, porque su intento fue descomponerle y que perdiese el tiempo para recobrarle él mayormente; que el soldado volvió luego, y cara a cara le hirió; por la palabra: -¡Dale! –puédese celebrar.

Este capitán, siendo ya muy viejo, fue por Alférez de D. Juan de Bobadilla, un caballero que fue por Capitán a la guerra de Granada con la gente que esta villa y su tierra servían a S. M., y había sido gusto de él ir por Alférez a esta jornada por ser íntimo amigo del Capitán D. Juan de Bobadilla, y él gustó de llevarle consigo por ser muy diestro en la milicia.

Fue esta guerra en la que tuvo victoria el Rey Felipe II contra los moros del Reino de Granada.

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Alonso de Quintanilla, "El Fuerte"

Alonso de Quintanilla, Contador de los Reyes Católicos, de quien dejamos tratado, fue sucesor en su mayorazgo de Alonso de Quintanilla, caballero de quien Dios infundió tan gran fortaleza en sus miembros, que ponía pasmo y admiración a todos los que lo oían, como se verá, que le vinieron a llamar por sobrenombre Alonso de Quintanilla, el Fuerte, porque le Dios tales miembros y fuerza, que con sus manos quebraba dos herraduras y un clavo lo metía en un madero con el dedo pulgar; cortaba las hachas de cera de un revés con su espada, y lo que me parece más, es que cortaba seis cañones puestos en el aire, apartados y asidos por un cordel. Era gran luchador, que se venían a probar con él muchas personas y de todas llevaba victoria; fue escogido por el Emperador en el desafío con el Rey de Francia por uno de los dos que el Emperador había de llevar, y pues este César echo mano de él para un caso tan grave, sáquese por aquí que persona era este caballero y en lo que se debe estimar.

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Antonio del Rincón

Por este tiempo privó con el Emperador, Antonio del Rincón, natural de esta patria, hijo de nobles hijosdalgos; sirvió al Emperador en las guerras de Alemania, en las cuales, le agradó bien en sus hechos de armas, y tener buen gobierno en todo lo que ponía mano; cosas de importancia y otras varias; le quiso mucho el Emperador y así no es razón carezca la Historia de un hijo de esta patria que con el César alcanzó tanto, pues pasó de esta, manera: que viniendo a España, y muy agradecido el Emperador, queriendo gratificar a este gran soldado los servicios que le había hecho, le dio el Hábito de Santiago, y le dio un oficio en su casa muy calificado, que según dice la tradición, fue Caballerizo mayor; fue ocasión este oficio de que los Grandes del Reino se sintieran mucho, pues semejante oficio no se daba en España sino a un Grande del Reino, y dijéronle los Estatutos de España a cerda de los oficios de la Casa Real.  El Emperador envió a llamar a Antonio del Rincón, y significó lo que había pasado con os Grandes y el sentimiento que mostraron por haberle dado el oficio de su Real casa, que gustase de desistir, que él se lo gratificaría en otras cosas.

Antonio del Rincón era sabio, y ajustose con el gusto del Emperador; hízolo como se lo mandó y estuvo aguardando algún tiempo por ver la gratificación que S. M.  le hacía, y siempre a los que esperaban el poco tiempo se les hace mucho; parecióle que el Emperador le tenía olvidado, y se engañó, y como persona que tiene sangre en el ojo, sentido de lo que con él había pasado, carteóse con el Rey Francisco de Francia, diciéndole que su Rey no gratificaba los servicios que le hacía, que le gustaría irle a servir. El Rey Francisco le tenía en mucho, y le respondió, que él se holgaría bastante de servirse de un tan gran soldado, y así lo puso por orden y sin pedir licencia al Emperador, no tratar cosa con S. M. que en esto se le puede echar alguna culpa en tomar tan repentina determinación, en desnaturalizarse de España e irse a París, Reino extraño en el cual se presentó en servicio de dicho Rey, de quien fue muy bien recibido, y le admitió con él, y sirvió algunos años y se casó en aquella tierra, al cual envió a la ciudad de Constantinopla a negocios de importancia con el Gran Turco, y fue y vino alguna vez, siendo muy querido del Gran Turco y del Rey de Francia; algunos autores dicen que el Turco le quiso mandar matar, y otros van contra esto, porque siempre que Antonio del Rincón volvía para Francia con la respuesta de su Emperador, el Turco le hacía muchas mercedes y le daba joyas de mucho valor.

La última vez que el Rey Francisco le volvió a enviar a Constantinopla, con recaudos y papeles para Solimán, fue a principios de Mayo de 1542. Llegando a Turín, comunicó  su viaje con Cesar Fragoso, natural genovés, y rogóle que le acompañase con algunos caballos hasta Venecia, a donde se había de embarcar para Constantinopla. Fragoso le quiso hacer este gusto, y al tiempo que había de partir, sucediéronle a Rincón unos corrimientos, por lo cual no se quiso ir por tierra, por ser como era, hombre muy grueso, y así escogió irse por el Tesín al Pó y por él a Venecia.

Fragoso, receloso por los españoles, tuvo por peligro este camino, y le aconsejó se volviese por los Alpes, pero como tenía su mala suerte en aquel viaje, no le pudo acabar con él y así se embarcaron en dos barcas, en la una el dinero y papeles que llevaban, y en la otra él, Fragoso y algunos criados. No fue tan secreto este viaje que no le advirtiesen amigos y enemigos, y en la parte donde entra el Pó en el Tesín, vinieron de emboscada de unas barcas unos enmascarados y embistieron con ellos con gran furia, que sin poderse remediar los mataron a todos los que iban en la barca. Díjose que el Marqués del Vasto había hecho esto por orden del Emperador, y e ellos dieron grandes disculpas; sintió esto mucho el Rey de Francia. No se sabe que contra él se puede saber cosa mal hecha contra el Emperador más que el haberse salido de España.

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CAPÍTULO XV

De los hechos del valiente Cristóbal de San Vicente

Fue Cristóbal de San Vicente, hijo de un hidalgo honrado de esta villa; pasó a Italia en compañía de un caballero de ella, llamado D. Juan de Bobadilla, padre de D. Domingo de Bobadilla, que hoy posee su mayorazgo; siendo vivo su padre, este caballero le envió a servir al Rey a las guerras de Italia y llevó en su compañía a San Vicente; llegaron a la ciudad de Nápoles, donde D. Juan de Bobadilla estuvo algunos años, al cabo de los cuales, se volvió a esta tierra y Cristóbal de San Vicente se quedó en Italia donde se dio a conocer con la ocasión que se ofreció de ir a su Capitán y asegurar cierto paso de enemigos; pusiéronle de centinela para guardar la entrada de un puente, por donde se temía habían  de venir los enemigos; estando en ella a la modorra antes que amaneciese, vinieron los enemigos con mucho silencio a querer entrar por el puente; echólos de ver San Vicente, y cogió el medio del puente y disparó su arcabuz, y mató a uno de ellos y tendió a otro por el suelo mal herido, entendiendo que sería sentido el arcabuz en su campo y que vendrían luego al socorro; defendíase con su espada y metíase con tan grande ánimo entre los enemigos, que la respuesta del arcabuz se oyó en su ejército; no acudieron tan presto que no le fuese menester defender su persona. Hízolo tan bien, que cuando llegaron los del socorro, tenía por el suelo siete enemigos heridos de muerte. A este tiempo era ya el día entrado, y se echaron bien de ver unos a otros.

El socorro que vino con el ánimo de San Vicente, echó del puente a los contrarios, y viendo que los llevaban de vencida tuvieron por bien volver las espadas, huyendo a mucha prisa, y los del socorro les iban siguiendo, haciéndoles muchos daño; al fin los dejaron que se volvieran al puente, y llegando a donde estaban los siete muertos y heridos quedaron espantados los del socorro del famoso hecho de Cristóbal de San Vicente, y decían los que habían quedado con vida; -¿Quién es aquél jayán que peleó con nosotros, que os aseguramos no parecerían sus golpes en su furia sino un rayo del cielo?

Éste fue el primer hecho de fama que hizo San Vicente, por él fue muy temido y estimado, y él cobró orgullo para hacer cosas señaladas; vueltos de esta jornada a la ciudad de Nápoles, como sonase el hecho, le miraban todos y le señalaban con el dedo, y estas cosas dan ánimo a los hombres para que tomen brío y hagan cosas señaladas. Un soldado valentón y arrogante tuvo alguna envidia de que se solemnizara su hecho, y en su ausencia deshacíalo y murmuraban de él; dijéronselo y Cristóbal de San Vicente; topóle un día, y con mucho comedimiento le dijo algunas razones, dándole a entender su mal pecho y que los soldados honrados no debían murmurar de nadie en la ausencia: -Diré todo lo que yo quisiera- le contestó. Y como haciendo burla de él se iba y le dejaba. Encendiose en ira San Vicente y le dijo: -Yo no soy hombre de palabras.- Y echó mano de la espada y el soldado a la suya y revolvió, capa al brazo, y San Vicente le fue apretando tan bravamente, que le dio una cuchillada en la mano de la espada; a este punto llegó gente y apartóles, y cuando el soldado desenvolvió la capa del brazo, se le cayó la mano en el suelo, que se la cortó de la cuchillada, y no lo sintió hasta que la vio en el suelo, que fue pena de su pecado, que a gente arrogante siempre le suceden semejantes casos. San Vicente le recogió con sus amigos y con este hecho fue cobrando mayor fama y mayor ánimo. Dentro de Nápoles tuvo otra pendencia con un soldado francés, como desafío. Estando peleando se le entró el francés y le asió de la barba, que le traía al suelo, y viéndose San Vicente algo apretado, con la mano izquierda se aprovechó de su daga y se la metió al francés por el cuerpo y al punto le soltó, porque cayó muerto; por este caso se propuso andar siempre rapado todo, barba y bigote, y así vino a esta villa cuando vino. Con este tercer hecho era en gran manera temido, y luego el Virrey le dio conducta de Capitán de Infantería; fue este gran soldado, hombre de gran cuerpo y grandes miembros y espalda, que entre otras gentes llevaba la cabeza a todos.

Con la gran fama que fue cobrando, se valían de él muchas personas agraviadas para que les satisficiese; mayormente mujeres, que acudían a él para valerse de su amparo. En una villeta, cerca de Nápoles. Estando allí alojado con su compañía vino a su posada una señora honrada llorando; rogóle que la remedirá de un agravio que un soldado le había hecho en una hija suya, habiéndole dado palabra de casarse con ella, y que no se la quería cumplir. San Vicente la consoló; -Avisadme buena señora, cuando estén juntos, que yo haré por vos todo lo que pudiere.- Pedro así que la madre incitó a la hija para que llamase al soldado para que viniese con ella y la hija lo hizo, vino el soldado, y estando acostados, llegó la madre a buscar a San Vicente, el cual se fue con ella, y tenía la puerta cerrada por dentro, y por no hacer ruido, porque no se fuese por otra parte, le dijo a la buena mujer: -Aparejad una luz y aguárdazme a la puerta de su aposento.- Y buscó una escala, por la cual subió a una ventana, y con dos golpes que le dio la abrió, y al instante saltó dentro y abrió la puerta, y la luz estaba a punto; fuéronse a la cama, donde hallaron al soldado y a la dama y le dijo: -Los hombres honrados han de cumplir las palabras que dan en semejante caso; habéis de desposaros con esta señora, o dejaréis la vida.– El soldado, temiendo su cólera, como le conocía, le dijo: -Sr. San Vicente, yo lo quiero hacer de muy buena gana, porque basta quererlo vuestra merced.- él se lo agradeció, con las palabras corteses que siempre tenía, y no se quitó de allí hasta que llamaron a su párroco, que los desposó en su presencia. Cristóbal de San Vicente le dijo: -Señor soldado, aquí me tenéis a vuestro servicio, y hacerme placer; que no deis disgusto a madre ni a hija, porque lo sentiré mucho.- Él se lo prometió y así lo hizo, porque vinieron muy bien casados.- De este modo hizo muchas cosas, que serán largas de contar y referir.

A un camarada suyo afrentó un gran soldado viejo, que solía andar muy ordinario al lado de San Vicente, y después que le agraviaron, se retiró, que no quiso parecer ante él; San Vicente, no habiendo sabido el caso, echó de menos al camarada, que hacía días que no le había visto. Envió a su posada a uno de sus criados, y envióle a decir, que se había hecho, que como no le iba a ver; el camarada fue a verse con San Vicente y le besó las manos y le contó lo que pasaba, y que por sentirse afrentado no osaba parecer en su paciencia hasta desagraviarse.  Contóle todo el caso y quien era la persona que le había agraviado, el cual le había buscado muchas veces y siempre le hallaba en compañía de cuatro capitanes y otros soldados, que no podía hacer su deber; San Vicente le dijo:

-Yo conozco a estos capitanes, no tengáis pena que yo daré orden con que os satisfagáis vuestra honra; esa gente se junta en tal parte, , y allí comen y cenan, estad con cuidado cuando se junten, y avisadme.

El camarada lo hizo así y tuvo un amigo que os esperaba, y como los vio entrar a comer fueron a dar aviso a Cristóbal de San Vicente, el cual, con el camarada, se fue adonde comían y llegaron a tiempo que acababan de comer y de alzar la mesa. Entraron al aposento y San Vicente les habló cortésmente, y al punto se levantaron todos haciéndole gran venia, y les rogó que se sosegasen y no hiciesen bullicio; estando suspenso dijo San Vicente:

-Venid acá, soldado agraviado. ¿Cuál de los que están aquí es la persona que os agravió?

Él señaló quien era.

-Pues matadle y no se menee nadie, que le pesará.

Llegó el camarada con su espada y dióle muchas estocadas, que le dejó allí muerto; los demás capitanes que allí estaban no hablaron palabra ni se movieron.

Saliéronse del aposento sin que ninguno alzase los ojos.

Sonó mucho esto por la ciudad de Nápoles, y todos le querían por amigo, por valerse de él en lo que se les ofreciese.

En la rúa de los catalanes, de Nápoles, se aposentaban muchos tudescos y Cristóbal de San Vicente, aunque traía su espada en la cinta de ordinario, uno de sus criados le traía un montante para casos que se ofrecían, pues pasando un día por la rúa de los Catalanes salieron a una puerta cuatro tudescos, y como lo vieron empezáronse a reír, como haciendo mofa. San Vicente notólo y volvió a ellos diciendo: -¿De qué es la risa, gentiles hombres?

-¿Eres tú el español valiente? -le dijeron con la misma mofa y risa.

-¿Quiérenlo saber? -respondió San Vicente.

Y diciendo esto echó mano a su espada contra todos, y ellos contra él, y en poco espacio tendió dos muertos a los otros dos jarretó las piernas, que no se pudieron levantar.

A tiempo y al ruido se habían juntado más de veinte tudescos a favor de los otros, y cuando vió la tropa de tantos, tomó el montante al criado y como un toro herido, hizo tal destrozo, que me certificaron soldados honrados de aquellos tiempos, que cuando llegaron gentes que los querían meter en paz y la justicia, tenía muertos y heridos más de catorce de ellos.

Se llegaron a él muchos capitanes y soldados amigos y sacáronle de la pendencia, y le transpusieron por unos días. El virrey supo el caso y mandó hacer información sobre él y hecha hallóse en su favor, porque se averiguó haber sido provocado; y así se quedó.

Tenía Cristóbal de San Vicente, otro hermano, que se llamó Juan de San Vicente, y a la fama que de los hechos de su hermano corrían por esta tierra, se fue con él y fue muy valiente estando en su compañía; ya que hacía un año que estaba por allá, hizo como mozo un agravio a una señora; su coronel le mandó prender y le puso en el castillo de Pie de Cabra. Cristóbal de San Vicente había hecho ausencia de la ciudad, y cuando vino supo lo de la prisión y procuró la libertad de su hermano por muchos medios, y pareciéndole que iba muy largo el negocio para su cólera, juntó su compañía y michos amigos y una noche se fueron al castillo y abrieron las puertas y sacó a su hermano.

El Alcaide, solo en ver que San Vicente era el que intentó este hecho, se acobardó de tal modo que no supo defenderle ni hacer diligencia alguna. Sacó su preso y fuese con él y otros parciales a embarcarse. Dieron consigo en Medina; por manera que no emprendía cosa que no saliese bien de ella.

Por estos tiempos la Majestad de Felipe II estaba en los Estados de Flandes, y volaron allá los hechos de San Vicente, porque fueron de los relatados; con trucos y moros hizo cosas muy señaladas en las ocasiones que se halló, de manera que le temblaban. Su Majestad le envió a llamar, pues le quiso conocer y premiar su valor. Fue Cristóbal de San Vicente a la ciudad de Amberes, donde estaba el Rey, y una mañana entró en palacio y avisó a los porteros que dijesen a S. M. estala allí Cristóbal de San Vicente, que le quería besar los pies. El Rey le envió a decir que se aguardase, que luego se vería con él.

Estuvo paseando por el salón un buen rato, y en este tiempo estaba el Rey considerándole y observando su persona por entre unos tapices, y estando S. M.,  así, subiósele la cólera a San Vicente y dijo a los porteros:

¡Cuerpo de Dios, con tanto aguantar! Digan la Rey que ya volveré.

Todo esto lo oyó S. M. y se le asentó que no tenía la prudencia que requería un Capitán de tanta fama. Salió luego Su Majestad y mandó que le llamasen: volvió San Vicente e hizo el reconocimiento que a un tan gran Rey se requería, y estando hincada la  rodilla, el Rey le mandó levantar y le dijo: -Seáis, San Vicente, bien venido; yo os envié a llamar para conoceros por los hechos que de vos por acá se han oído, y haceros merced, que es mucha razón que los soldados, tales como vos, sean gratificados.

San Vicente le dio las gracias lo mejor que pudo, y el Rey le dijo:

-Holgaos algunos días y no os vayáis sin volver a ver.

Despidióse de S. M. y estuvo algunos días en la corte de Amberes, donde fue muy festejado todo el tiempo que allí estuvo de todos los caballeros y Capitanes que allí había. Determinando quererse volver a Nápoles, fue a besar la mano de Su Majestad, el cual estaba informado de personas que le conocían si tenía buen proceder para materia de gobierno, y supo que era persona que no podía refrenar su cólera cuando algunas veces le venía, y que emprendía hechos temerarios El Rey respondió a los que le informaron:

-Pues este soldado mejor es para pelear que para gobernar.

Y así Su Majestad le dio una ventaja de 500 ducados cada año y le mandó dar 1.000 ducados para la costa de su camino y le volvió a Italia, habiendo estado en ella al pie de treinta años desde que salió de esta villa. Su padre, que era muy viejo le importunaba con cartas que en todo caso le viniese antes que Dios le llevase, el cual procuró hacerlo y darle este gusto.

El año de 1568 vino a Madrid, y allí volvió a besar la mano al Rey Felipe y él se holgó mucho de verle y le preguntó cosas de que dio buena cuenta, y lo hizo merced de cumplirla a 1.000 ducados la ventaja cada año, con que asistiese a su presidio, que le señaló, y así le besó los pies y se despidió de él. Andaba muy acompañado con señores del Reino, Capitanes señalados que le habían conocido en Italia, obsequiándole todos con mucho aplauso; estando allí, sobre asuntos de una dama, se atravesó con cuatro valentones, que presumían mucho, y echó mano contra ellos y les hizo huir sin esperar un punto.

Su padre ya sabía que estaba en la corte y cada día se le hacía un año; al fin se despidió de todo lo bueno de la corte y se vino a ésta su patria, tan deseada, que si el padre le deseaba ver, no menos deseaba él ver a su padre.

Sucedió que viniendo  muy bien puesto, con dos criados de a caballo y tres de a pié, vivía su padre en su barrio nuevo cerca de Nuestra Seora de Gracia; yendo el buen viejo a la plaza, en medio de la calle del Almirante, acertó a pasar su hijo con el acompañamiento que traía de sus criados, y alzó el padre la cabeza por ver la gente que venía, y acertó a mirar el hijo y a reconocerle, y apeóse, y puesto de rodillas se le dio a conocer, y tomóle la mano y besósela; consideración en ésta de alta ternura para cualquiera que bien lo quisiere mirar; vuélvese con su adre a casa, donde halló sus hermanas y cuñados, que lo recibieron con mucha alegría. Luego se puso en la villa, y desde el Corregidor, que era D. Diego de Santillán, y todos los caballeros más principales del pueblo, le fueron a visitar; mayormente, D. Juan de Bobadilla, que fue la primera persona por quien San Vicente preguntó; estuvo holgándose en esta villa cosa de un mes, pues todos los caballeros le rogaban y convidaban, y cuando no comía con alguno comía siempre con D. Juan de Bobadilla. Venía vestido de negro y rapada barba y cabeza; con una gorra de Milán. Hacía corro con los caballeros en la plaza, y otros, preguntándole cosas de guerra y sucesos de su tiempo. Fue hombre que porque no le atribuyeses aquellos súpitos y cóleras que tenía, que procedían de beber vino, desde el punto que empezó a cobrar fama por sus grandes hechos, se privó de él, que nunca lo bebió; consideración muy honrada. Habiéndose holgado este tiempo, se despidió de todos con gran sentimiento, y de su padre mayor, porque murió a los pocos días que se hubo partido su hijo. Asistió en el presidio que el Rey le señaló y acabó su vida en él, de enfermedad que Dios le dio, que hombre que se vio en tantas ocasiones se ha de tener por milagroso morir en su cama. Tendría cincuenta años de edad. Buen ejemplo y dechado tiene aquí los hijos de esta patria para procurar hacer cosas nobles y honradas, pues las tales levantaban a los hombres para hacer honrados hechos y que Reyes y Príncipes los honren y estimen, como a este valeroso Capitán lo hicieron, por los cuales sus valerosos hechos mereció que se ponga en la Historia.

Todo lo referido de este gran soldado se ha sabido con mucha certeza y verdad de Capitanes y soldados naturales de esta villa y de fuera de ella, que por aquellos tiempos se hallaron en aquellas partes, y parte de los hechos vieron y parte oyeron, y también lo certifica la noticia que en esta villa había, porque él luego se avisaba de allá sus hechos como le iban sucediendo, y esto es muy ordinario de semejantes casos, escribir luego los que se hallan de la patria en las partes adonde suceden hechos memorables del soldado.

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CAPÍTULO XVI

De los hechos del Coronel Cristóbal de Mondragón.

Las grandezas hechas, su industria y consejos del Coronel Cristóbal de Mondragón, están estampados y muy sabidos en los Estados de Flanes, a donde residió y sirvió a los Reyes muchos años, con el nombre y fama que de todos es tan notorio, dignos de que se sepan y conozcan en todas partes, y que se vean los hijos que esta ilustre república a criado para servir a sus Reyes con tan célebres hechos, como se verán para poner ánimo a los demás hijos de esta patria que le sucedieron.

Par poner a lo largo los hechos de este célebre varón, fuera menester hacer libro aparte y hubiera bien que escribir; quise poner algo con brevedad, apuntando los hechos y socorros que con su esfuerzo y buena industria hizo en las guerras de los Estados de Flandes, remitiéndome a lo que de él escribe D. Urbano de Mendoza, Capitán de la Caballería, que en esta Historia hallará el que leyere todos los hechos del Coronel Mondragón, y de otros famosos Capitanes españoles, y digo así que una cosa de mucha fama que hizo sobre Targaes, que es digna de referencia con más particularidad, porque no pudiendo llegar a dicha villa, le fue forzoso entrar por el mar tres leguas y media descalzos con 8.000 infantes, y el Coronel fue el primero, los cuales todos llevaban sobre sus cabezas la munición y el bastimento hasta salir en tierra, surtió este hecho muy buen efecto, como lo verá quien quisiera en su Crónica, en el capítulo IV del libro VIII, hoja, 166; asimismo asistió al sitio de Mons y al de Latolen,, en los diques, y en lo de Vergen, y en lo del Castillo de Romellín y en lo de Mid del Burg, grandes hechos así con su persona como grandes industrias y estratagemas de guerra, que por no hacer agravio a tan ilustre cronista, no he querido más que apuntarlo y a los curiosos enviarlos a su Crónica, para que allí lo vean y para echar el sello a su loor y grandeza, y quiero poner un título que sobre su sepultura puso un escritor flamenco, llamado el Veterano, natural enemigo de españoles, por lo cual alcanza mayor loa el Coronel que dice de esta manera su labia:

“ELOGIO Y EPITAFIO QUE EN EL SEPULCRO DE CRISTÓBAL DE MONDRAGÓN, CORONEL EN LAS GUERRAS DE FLANDES, PUSO “EL VETERANO” ESCRITOR:

“Cuarto die Januarii obit xpofanus Mondragonus, hispanus arcis Autuerpiae Praefectus Veteranus, militum Dux multis praeliis clarus qui jam inde ex adventum duces albani. In Velgio ómnibus expeditionibus inter fuit. Et ubique perclarum et fidelem regi operam eum laude meruit.”

Que su romante es este:

“A 4 de Enero murió Cristóbal de Mondragón, Coronel nacido en España, Prefecto del Alcázar de Antuerpia, Capitán de soldados jubilado, excelente en muchas guerras, el cual desde la venida del Capitán Álvaro, asistió siempre en todas las guerras que hubo en Flandes y fue muy fiel a su Rey mereciéndose toda alabanza.”

Ya he dicho que no me alargo mucho en contar los famosos hechos del Coronel, porque no los sabría pintar yo tan bien como el autor que los tiene escritos en su Historia, como otras lo apunté, y sólo pondré un suceso feliz que efectuó, y fue que en una escaramuza que tuvo con los enemigos, se metió mucho entre ellos, los cuales pareciéndoles que si quitaban aquel enemigo de delante que tendrían buenos sucesos, no pudiendo matarle lo pretendieron y aprisionaron en un castillo muy fuerte, estando muy gozosos los contrarios de tener tal presa en sus manos; trataban de quitarle la vida y los nuestros con increíble pesar por una pérdida tan grande. Los enemigos estudiando cómo quitarle la vida, por echar de sí un tan gran enemigo, y Dios animando y esforzando al valeroso Coronel par que se soltase, y así fue, que teniendo acordado el otro día por la mañana quitarle la vida, la noche antes buscó traza y modo y se descolgó del castillo, y toda aquella noche, con grandísima prisa caminó, y amaneció en su ejército; cuando el enemigo le fue a visitar antes que amaneciese y vio que se les había escapado, se mordían as manos y echaron tras él en postas, y sin duda si no se diera tan buena maña, le alcanzaran, porque al otro día a lo que amaneció entró en su real casi a la vista de los que iban tras él; fue tan grande el regocijo, que le salieron a recibir como si fuera la segunda persona del Rey; todo esto merecen los que por su esfuerzo y valor hacen semejantes hazañas, murió de más de noventa años y siempre ejercitando el ejercicio militar.

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El Capitán Don Luís de Beaumonte, sobrino de dicho Coronel

D. Luís de Beaumonte, sobrino del dicho Cristóbal de Mondragón, fue muy gran soldado, y en el socorro que nuestro católico Rey Felipe II hizo al Rey de Francia para la guerra de los luteranos, reclutó gente de esta villa y por ser natural de ella sacó 800 infantes; la más lúcida gente que se había visto, y con ella salió de España; y los más soldados eran naturales de esta villa. Hizo en esta guerra cosas muy señaladas, procedió con mucho esfuerzo y ánimo conforme a su persona.

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