MILAGROS EN EL BANQUETE DE SANTO TOMÁS APÓSTOL

 


La riqueza narrativa de la hagiografía es una de las aportaciones más singulares al patrimonio Milagro en el banquete de Santo Tomás Apóstol, Maestro de los Balbases. Finales del siglo XV.  Óleo sobre tabla , 146X80 cm. Museo de la Colegiata de San Cosme y San Damián . Cobarrubias (Burgos)de la cultura occidental y una fuente inagotable de inspiración para los artistas, en un ambiente en el que el desarrollo de la iconografía era ejemplar y lección. El incrédulo apóstol Tomás, legendario transmisor del cristianismo en las lejanas tierras de la India, donde sería martirizado, inicia con este episodio la epopeya de la vida, según la narración de Jacobo de la Vorágine. Tomás partió de Palestina con destino a la India para cumplir el encargo del rey Gondóforo, que había enviado a su ministro Abanés a buscar un arquitecto capaz de construir un palacio suntuoso. La profesión de Tomás sería la arquitectura de cuyo gremio, con la de los canteros y albañiles es patón, y con esta disculpa se encamina hacia su destino. En el viaje se detiene en la corte de un monarca que celebraba las bodas de su hija a las que debían asistir súbditos y viajeros. Tomás se niega a comer y por ello recibe un golpe del maestresala. El apóstol le responde que la mano que le ha golpeado volverá a aparecer en la sala del banquete traída por los perros. La crueldad de la respuesta obligó a que los exégetas buscaban una lectura moralizante de la misma, para evitar ese matiz vengativo impropio de un discípulo de Cristo. La pintura refleja por tanto el instante en que hace su aparición el perro que deposita en la mesa la mano del servidor, despedazado por un león al ir a buscar agua para atender a los comensales, de manera que así se cumplía la profecía del apóstol. La leyenda dorada continúa llenando de detalles el episodio, mostrando la ejemplaridad del castigo para acceder al perdón, señalando la bendición de la boda de Tomás., remedo de Caná, y la posterior conversión de los novios, Pelagia y Dionisio, que terminarán por alcanzar la gloria del martirio.

El denominado maestro de los Balbases, definido en su estilo y en su producción por Pilar Silva después de una larga tradición historiográfica, es el pintor a quien se atribuye con justicia la factura de esta tabla, que formaría parte de un perdido conjunto dedicado al apóstol en la antigua colegiata burgalesa de Covarrubias, donde se conservan tan solo dos tablas. Con todos los condicionantes propios de su particular estilo, el artista ha situado la escena en una ambientación realmente palaciega, que sirve para ponernos en situación de un banquete de corte celebrado en los años finales del siglo XV.

El espacio se reviste de ricas telas, especialmente situadas tras el lugar presidencial, que además de arropar la estancia, servía para ornar con lujo los espacios más distinguidos. Al fondo y con una curiosa interpretación de la profundidad, ajena todavía a los avances de la perspectiva, se observa una galería, fuente referencial de una luz que, sin embargo, no es empleada en la construcción compositiva de la tabla, articulada con esa agrupación de personajes tan característica en la producción del Maestro.

La ceremonia del banquete permite reparar con todo lujo de detalles en la disposición de los comensales y en su lujoso atuendo, acorde con las modas contemporáneas al mostrar a los personajes civiles, especialmente visible en el vestido del personaje femenino, en el que se ha querido ver una representación de la propia reina Isabel de Castilla. No obstante se mantiene la anacronía del atuendo bíblico en el caso de Abanés y Tomás, este nimbado, diferenciados también por el carácter gestual del resto de los participantes en el evento. La mesa se ordena con vajilla de plata, saleros y cuchillos, que nos acercan a un instante en el que perfilaba el protocolo de la mesa incluso con textos escritos, de lo que fue buena prueba el Arte Cisoria, del Marqués de Villena. Los servidores se encargan de atender la mesa portando aguamaniles y toallas, poniéndola en comunicación con ese aparador de la plata, auténtico mueble expositor, donde el anfitrión exhibía sus más selectas piezas, que terminó por convertirse en un signo de distinción de las cosas señoriales. El uso y la ostentación llevarían al incremento y la variedad tipológica de los objetos, para generar un próspero comercio de plata y cristal, en el que las ferias de Medina tendrán un extraordinario protagonismo.

Bibliografía:

YARZA LUARCES, 1988, pp. 108-112; IBÁÑEZ PÉREZ, 1988 p. 208; SILVA MAROTO, 1990, t, II, pp. 617 - 618; GARCÍA ESTEBAN, 2003, pp. 55 - 56.