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Vicente Ferrer" |
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SAN
VICENTE FERRER
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San
Vicente Ferrer es el patrón de la Comunidad Valenciana
(España). Pero la devoción al mismo se halla
extendida por la mayor parte de los lugares que recorrió
a lo largo de su peregrinación. Su elevación a los
altares a mediados del siglo XV infundió gran vitalidad
a la rememoración de sus hechos y fama. La encuesta realizada
por Roma en distintos lugares de Europa para desarrollar el proceso
de canonización hizo florecer innumerables referencias,
convertidas después en tradiciones, que junto a los documentos
históricos sobre las contingencias de su biografía,
conservados en los archivos locales, sembraron los reinos medievales
de una profunda devoción.
Numerosas
capillas, ermitas y altares recuerdan por todos los rincones de
Occidente anécdotas apócrifas o históricas
con fiestas populares, debido en gran parte al reguero de milagros
y de objetos vinculados a su persona, avalados con reliquias,
que dejó tras de sí en su periplo de apostolado
y predicación.
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RASGOS
BIOGRÁFICOS
Cuando
Vicente Ferrer vio la luz en Valencia en enero de 1350, acababa
de sufrir junto con el resto de Europa- una espantosa epidemia
que conocemos como la "Peste Negra". La situación
en la ciudad es fácil de imaginar gracias al relato de
los cronistas de la época quienes señalan que más
de 300 personas morían cada día. En la denominada
aquel entonces Corona de Aragón de convivían cristianos,
judíos y musulmanes, con la riqueza de sus credos, y las
luchas por los protagonismos sociales, marginadores de los sectores
populares depauperados.
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PRIMEROS
AÑOS
Pedro
Ranzano, el primer biógrafo de San Vicente, intentará
mostrar que su protagonista y héroe fue un auténtico
fraile dominico y por ello el modelo prototípico del fundador
de éstos el español santo Domingo de Guzmán
(h. 1173 1221) estará ya presente tanto en el relato de
su nacimiento como de su niñez.
Lo
cierto es que pertenecía a una familia acomodada pues su
padre era notario, lo que además de
brindarle unos prestigiosos padrinos de Bautismo escogidos entre
la nobleza y ciudadanos de renombre- posibilitó que a partir
de 1357 gozase del beneficio de Santa Ana en la Parroquia de Santo
Tomás. Ello también hizo que iniciase estudios de
latinidad en alguna de las Escuelas existentes entonces en la
ciudad. Si bien, según la tradición popular se entretenía
también con los juegos de niños y jóvenes
pero sin olvidar sus actos de piedad. Un día llamó
a las puertas del vecino Real Convento de Predicadores, los dominicos.
A principios de febrero de 1367 tomó su hábito,
renunciando para ello al señalado beneficio eclesiástico
de Santa Ana.
Sus
cualidades intelectuales sobresalían, y a partir de 1368
hasta 1375 observamos cómo sus Superiores lo mandan en
calidad de estudiante a Barcelona, o como profesor de Lógica
en Lérida en dicha ciudad estaba el Estudio General de
la Corona y de Ciencias de la Naturaleza en Barcelona, prolongando
sus estudios de especialización en Toulouse (actual Francia).
De
este período de estudios sobresalen su amor a la Biblia
y sus conocimientos de hebreo, la impronta de la doctrina de su
hermano de Orden santo Tomás de Aquino (h. 1224 1274) y
la fuerza de su formación filosófica reflejada en
sus dos Tratados filosóficos escritos a los 22 años
y en los que desde los postulados de la filosofía aristotélico
tomista responde a algunas afirmaciones del imperante nominalismo
bajomedieval.
Hoy
conocemos en parte a sus profesores, pero mucho menos qué
huella dejaron en él. Hay que señalar el encuentro
providencial con el también dominico Tomás Carnicer
en Lérida que le aficionó más a las cosas
espirituales. Vicente Ferrer era ya una fuerte personalidad que
irradiaba simpatía y atracción, aunque su posterior
vida de estudiante en Barcelona esté revestida de tintes
milagrosos como cuando profetizó la inminente llegada de
unas naves cargadas de trigo en unos momentos de extrema necesidad
para la ciudad.
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EN
EL CISMA DE OCCIDENTE
Vicente
Ferrer vivió este Cisma con intensidad, le supuso los mayores sacrificios de su vida y
aun la misma enfermedad. Pero vayamos a los hechos. En enero de
1377 se cumplía uno de los mayores anhelos de muchos sectores
de aquella Cristiandad:
el retorno de los Papas a Roma. A simple vista parecía
que la estancia en Avignon, iniciada en 1309, se cerraba. Pero
no iba a ser del todo así. En marzo de 1378 al morir Gregorio
XI y en el cónclave del siguiente 8 de abril se eligió
al italiano Arzobispo de Bari, que tomó el nombre de Urbano
VI. Tumultos, presiones..., llevaron a hablar de falta de libertad
en la elección. La huida de los cardenales franceses, unida
a la ausencia de uno de los electores, y el adherirse a la causa
el cardenal español Pedro de Luna, llevó consigo
que el 9 de agosto un grupo de electores proclamase nula la elección
realizada y que el 20 de septiembre del mismo año se eligiera
a Clemente VII. La Cristiandad quedaba divida en dos sectores,
más o menos amplios, según sus reyes, canonistas
y universidades: el de la obediencia aviñonense y el de
la romana.
¿Qué
partido iba a tomar la Corona de Aragón con Pedro IV el
Ceremonioso a la cabeza? Se habla de la "indiferencia"
del rey, pero su hijo el Príncipe Juan se adhirió
desde el principio a Clemente VII. Vicente Ferrer se había
entrevistado en Barcelona con Pedro
de Luna y éste le delegó para que interviniera
en Valencia, donde se encontraba ya Perfecto Malatesta, Legado
de Urbano VI. Vicente Ferrer ya en su ciudad natal fue elegido
Prior de su Convento. Sus actividades a favor de la obediencia
aviñonense fueron tales, que las autoridades ciudadanas
escribieron a Pedro IV denunciándolas. No conocemos la
respuesta del monarca. Sí, en cambio, la carta que el Príncipe
Juan escribió a Olfo de Proxita rogando que interviniese
para que no se molestase a Vicente Ferrer en su empresa clementista.
La carta está fechada en enero de 1380.
Son
los primeros sinsabores en el Cisma. Sinsabores que lo llevarán
a renunciar al único cargo que tuvo a lo largo del resto
de su vida en su Orden de Frailes Predicadores. Romper la actitud
que muchos mantenían de indiferencia, o de adhesión
al sector urbanista era tarea ardua. Y Vicente Ferrer acometió
la empresa dejándonos un Tratado, sobre el Cisma Moderno,
que hay que fechar en 1380, con el que con razones teológicas
y del Derecho Canónico vigente pretende convencer de que
el Papa legítimo era el de la línea aviñonense.
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SAN
VICENTE FERRER
En
la vida de San Vicente existen ciertas lagunas que no nos permiten
conocerla con exactitud, por
ejemplo sus intervenciones en la posterior legación de
Pedro de Luna en las diversas Coronas de la Península Ibérica.
También le encontramos en Valencia: interviniendo como
árbitro en una sentencia entre los religiosos y el resto
del clero, transcrita por su mismo padre; predicando una de las
Cuaresmas en la ciudad y otra en Segorbe; o dedicado también
a la enseñanza, pues fue nombrado profesor de Teología
en la Seu valenciana (1385 1390).
Elegido
Papa Pedro de Luna, que tomó el nombre de Benedicto XIII,
en 1394, le llamó a su lado y le nombró su confesor
y teólogo. Pero al Maestro Vicente no le gustaba el clima
que se respiraba en la Curia pontificia de Avignon. Se le ofrecen
dignidades cardenalicias y obispados que rechaza; sufre interiormente
la división de la Iglesia; finalmente, se ausenta del palacio
papal y se hospeda en el Convento de Dominicos de la ciudad. Al
sufrimiento interior se añade la enfermedad y la muerte
que parecía avecinarse. En esta grave enfermedad, concretamente
el 3 de octubre de 1398, es de capital importancia, una visión
sobrenatural, pues cambiará el rumbo de su vida: se dedicará
desde entonces a la predicación itinerante. Con frecuencia
aludirá a ese día y a ese cambio.
A
partir de este momento se consagra de lleno a la predicación
como legado a Latere Christi, como Apóstol de Cristo, recorriendo
siempre a pie, hasta que lo permitió su salud buena parte
de la Europa occidental.
Vicente
como predicador insistirá en la renovación y conversión
interior, en la reforma de las instituciones y en la unidad de
la Iglesia, manteniéndose partidario de los Papas aviñonenses.
Glosando las bíblicas plagas de Egipto (Éxodo 7,14
12,34), dirá: "La novena son las tinieblas: durante
tres días estuvieron los hombres y las mujeres que no se
veían el uno al otro; y significaba el tiempo del cisma.
¡Oh, qué tinieblas tan fuertes! Los tres días
significan los tres Papas que ahora son: el Papa Juan, el Papa
Gregorio y el Papa Benedicto; y cada uno tiene grandes doctores
y personas santas que tienen a cada uno como realmente Papa y
no conocen cual es el verdadero". A partir de su intervención
en el Compromiso de Caspe en 1412, los frecuentes encuentros con
el Rey Fernando, el Papa Benedicto XIII y, posteriormente, con
el Emperador Segismundo, hablan de esta preocupación por
la unión de la Iglesia. El 6 de enero de 1416, Vicente
Ferrer en Perpignan leerá el documento de la sustracción
de la obediencia al Papa de Avignon de la Corona de Aragón.
El año siguiente se elegirá a Martín V y
será reconocido como único Papa por toda la Cristiandad.
Vicente
nunca quiso revelar el secreto de su cambio personal ante el Cisma,
la clave de su evolución que generó su distanciamiento
de Benedicto XIII. Su gesto fue reconocido por muchos. Supo cumplir
heroicamente con su deber de conciencia y su serenidad y actitud
tranquilizaron a muchos.
El
escrito vicentino que más ediciones e influencia ha tenido
a lo largo de los siglos es su Tratado de la vida espiritual,
posiblemente redactado hacia 1407 como respuesta a las preguntas
formuladas por un novicio que quería caminar y progresar
en la espiritualidad encarnando el ideal de la predicación
vivido según el estilo y en la escuela de santo Domingo
de Guzmán. En él, Vicente no sólo muestra
el conocimiento de los autores espirituales más prestigiosos
en aquel momento, sino que además deja entrever su vivencia
de dominico observante. Está vertebrado por ideas tales
como una referencia permanente a Santo Domingo, la imitación
de los mayores en la Orden para conformar con ellos su Vida, la
valoración de la pobreza y de la austeridad, destacando
la obediencia y el amor al estudio conjugado con la oración.
Todo ello al servicio de una única misión: la de
ser útil al prójimo.
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EN
EL COMPROMISO DE CASPE
Este
es un hecho de capital importancia para la sociedad hispana del
momento. Podemos seguir de cerca los acontecimientos
gracias a un diario de los hechos relatados minuciosamente en
un códice del archivo de la catedral de Segorbe que perteneció
a Bonifacio Ferrer, su hermano, también compromisario como
él por la ciudad de Valencia.
El
31 de mayo de 1410 había muerto sin sucesión Martín
el Humano, hasta entonces Rey de la Corona de Aragón. Después
de multitud de encuentros por parte de las legaciones catalanas,
valencianas y aragonesas (representantes de los tres Reinos de
la Corona) se negó a principios de 1412 a la elección
de los nueve compromisarios para la designación del nuevo
Rey. El peso moral y la trayectoria de nuestro fraile no ofrecía
duda.
Las
aspiraciones del duque de Calabria y de don Fabrique quedaron
descartadas por la lejanía de parentesco de uno y por ser
bastardo el otro, por ello los compromisarios elegidos se centraron
principalmente en Fernando de Antequera y Jaime de Urgell.
Vicente
Ferrer que había llegado a la aragonesa Caspe a principios
de abril de aquel 1412 y que era el octavo de los compromisarios
según el orden jerárquico, fue invitado el 24 de
junio a pronunciar en primer lugar su voto. Y lo hizo en favor
de Fernando de Antequera. Su hermano Bonifacio, así como
otros cinco, siguieron este mismo parecer. Dos se inclinaron por
el conde de Urgell, aunque secundarían la votación
de la mayoría. Uno se abstuvo y otro no había tenido
tiempo de formar su parecer.
En
la mañana del 29 de junio se celebró un solemne
pontifical presidido por el Obispo de Huesca. Nuevamente Vicente
fue elegido para comunicar la noticia. En su sermón explicó
la justicia que había inspirado la decisión e insistió
en la importancia de la fe en las gestiones temporales y en el
gobierno de los pueblos. Al leerlo ahora, se recuerdan las palabras
que en 1396 el mismo santo dirigió en un momento parecido,
cuando el Rey Martín había sucedido a su hermano
Juan al frente de la Corona. En aquella ocasión apeló
a la conciencia del Rey para reparar la injusticia cometida por
el Rey Pedro con los canónigos de Tarragona. El siempre
insistió sin temor y ante quien fuera en los deberes y
obligaciones de todo buen gobernante.
Vicente
Ferrer no cedió ante presiones. Pero es evidente que la
sentencia de Caspe no podía agradar a todos. Y menos al
conde de Urgell. Sus biografías contarán, aunque
quizá no sea del todo verídico, el encuentro de
Vicente Ferrer y Jaime de Urgell y cómo éste le
tildó de "hipócrita maldito" y cómo
Vicente le puso de manifiesto los secretos de su poco ejemplar
vida, o el intento fallido de asesinarle por parte de sus partidarios
en los caminos de Lérida.
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SU
ACTITUD ANTE LAS MINORÍAS RELIGIOSAS
Es
evidente que sus veintiún últimos años dedicados
a la itinerancia apostólica, y los anteriores de plena
actividad,
le continuaron ofreciendo continuos contactos con el mundo judío
y musulmán. Vicente Ferrer quería la salvación
de los hombres y que su mensaje llegase a toda clase de gentes.
Algunos hechos van a ser motivo, aunque él fuera ajeno
a los acontecimientos, a que se ponga en entredicho su figura
al presentársele o bien como causante de algo que nunca
realizó, o bien como promotor de un ambiente hostil a las
minorías religiosas. Así, por ejemplo, unos lo han
querido ver como impulsor de la revuelta de Valencia de 1391 que
generó la matanza de los judíos y la conversión
precipitada de muchos; mientras que otros autores, por el contrario,
le presentan como el gran pacificador de la misma. Lo cierto es
que se encontraba ausente de la ciudad y que siempre rechazó
enérgicamente todo atropello o lucha sangrienta con las
minorías no cristianas.
Pero
ello no debe hacer olvidar la actuación de Vicente a través
de las conversiones realizadas gracias a su predicación.
Sin entrar en su número, pues fluctúa bastante según
las fuentes, sí hay que destacar que por los menos fueron
convertidos importantes rabinos.
Tampoco
puede negarse que, siguiendo el parecer del santo, algunas poblaciones
tomaron acuerdos muy habituales en aquel tiempo, como por ejemplo
ofrecer a los judíos en las ciudades un lugar separado
de los cristianos y otras medidas segregacionistas. Ni debe silenciarse
el acuerdo tomado en Valencia ante los acontecimientos de 1391
de separar a los judíos conversos del resto de judíos.
Se buscaba salvaguardar la fe de aquéllos. Su conciudadano,
el franciscano Francesc Eiximenis, también era partidario
de ello.
La
actitud de San Vicente al respecto es muy similar a la de otros
muchos de sus contemporáneos partidarios, por ejemplo de
la predicación persuasiva a los judíos y sarracenos,
con asistencia obligatoria por su parte. En esta predicación
se hará patente su manejo del hebreo y sobre todo el conocimiento
de la Escritura junto con la Tradición. Su técnica
oratoria, llevado siempre por el lenguaje directo y la expresión
más familiar y popular, conllevó expresiones duras.
Expresiones no tanto de rechazo de los judíos como para
la prevención de los cristianos, quienes a su vez también
causaron atropellos que él condenó y que exigieron
medidas enérgicas por parte de las autoridades.
Finalmente
está su vinculación con la Disputa de Tortosa de
1413, promovida por Pedro de Luna en un afán por atraer
a los judíos. No intervino directamente en su desarrollo,
cuya representación por el campo cristiano la llevó
principalmente el converso Jerónimo de santa Fe, discípulo
suyo. Sí intervino en la predicación popular que
se hacía paralelamente así como en la posterior
redacción de la obra titulada Tratado contra los judíos.
"Fue editado y compuesto por mandato de Benedicto Papa por
cuatro famosos maestros en Teología, uno de los cuales
fue fray Vicente Ferrer dice en su comienzo Obra que está
en la línea de controversia diálogo, según
la mentalidad cristiana hebraísta y arabista del siglo
XIII. La fe no se impone. Debe darse persuasión, pero a
través del estudio directo de las fuentes empleadas y por
tanto del conocimiento de la doctrina de aquellos con quienes
se dialoga. Así es como puede hablarse de persuasión
eficaz. Sólo así puede darse un clima de acogida
favorable al mensaje que se predica.
Además
Vicente desarrolló un trato peculiar con los convertidos,
encomendando su formación y educación cristiana
a personas seleccionadas, o preocupándose, como en el caso
del converso musulmán Atmez Hannexa, que tomó el
nombre de Vicente cuando se bautizó, de que él y
su familia tuvieran una pensión para su socorro y sustento
y pudiera prepararse adecuadamente para poder predicar la fe cristiana
entre musulmanes y cristianos.
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San
Vicente Ferrer, predicador
Las
multitudes que venían a escuchar sus sermones no lo hacían
simplemente por oír al predicador de moda, de
entre múltiples que había en aquella época,
sino que eran atraídas por la autenticidad de una vida
entregada de lleno al Señor.
En
su ya mencionado Tratado de la vida espiritual ha dejado reflejada
su autenticidad de apóstol y apóstol dominico. Autenticidad
que fue madurando y fraguando a través de una rigurosa
ascesis y una experiencia personal de Dios. Algunos testigos de
sus Procesos de Canonización han señalado estos
aspectos de su integridad de vida. Ello hizo que su palabra cobrase
fuerza y fuera foco de atracción permanente, convirtiéndole
en el deseado de las ciudades, que a través de sus enviados
gestionaban su presencia. Predicó "la verdad evangélica"
y de su predicación se seguía una reforma bienhechora
de la "cosa pública", de la ciudad o pueblo.
Predicase
donde predicase acudían multitud de personas a escuchar
su mensaje, dispuestas a comenzar una vida nueva. Le seguían
clérigos, religiosos y laicos, que formaban una Compañía,
o familia espiritual; algo parecido ocurría con otros predicadores
populares de la época. Sobre su modo de predicar escribía
el Rector de la Universidad de París, Nicolás de
Clemanges, desde la ciudad de Génova en 1405: "Nadie
mejor que él sabe la Biblia de memoria, ni la entiende
mejor, ni la cita más a propósito. Su palabra es
tan viva y tan penetrante, que inflama, como una tea encendida,
los corazones más fríos [ ... ]. Para hacerse comprender
mejor se sirve de metáforas numerosas y admirables, que
ponen las cosas a la vista [ ... ] i Oh si todos los que ejercen
el oficio de predicador, a imitación de este santo hombre,
siguieran la institución apostólica dada por Cristo
a sus Apóstoles y a los sucesores! Pero, fuera de éste,
no he encontrado uno sólo". Con frecuencia sus sermones
eran tomados por escrito y después se hacían copias,
de las que se conservan numerosas muestras en archivos y bibliotecas
de Europa.
Por
otra parte, conocía y utilizaba técnicas de predicación
de su época, tales como por ejemplo el destacar el estribillo
que frecuentemente repetían los oyentes como compendiando
la enseñanza que recibían. Además, poseía
una sólida formación intelectual, teológica
y litúrgica, así como profundos conocimientos de
la interpretación bíblica y de las vidas de los
santos. Y, sobre todo, sabía llegar a la vida cotidiana
del hombre. Ese hombre de finales del siglo XIV y principios del
XV que estaba envuelto en la ignorancia, en el juego, en el abuso
de autoridad, en infidelidades y veleidades, en atropellos de
la justicia y en bandos enfrentados.
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San
Vicente, hombre de su tiempo
No
es extraño, por tanto, que en los Manuals de Consells de
la ciudad de Valencia vayan apareciendo los acuerdos
tomados por dicho Consell siguiendo sus indicaciones y las consultas
que le dirigieron, siendo paradigma de lo que ocurrió también
en otros lugares. Así, en 1390, a instancias de Vicente,
se determinó una cantidad de dinero para las prostitutas
que iban a casarse con el fin de que no recayesen en el pecado.
Una
serie de leyes se tomaron en 1410 sobre los juegos y otros aspectos
de la vida social; o en enero de 1413, estando en Alzira, le pidieron
que predicase contra aquellos que almacenaban el grano de trigo
u otros cereales, que escaseaban en la ciudad; o las peticiones
reiteradas para que acudiese a Valencia a poner paz entre los
Centelles y Vilaraguts, dos bandos enfrentados y que llevaban
años ocasionando muertes. También en 1410 fue el
promotor de los acuerdos entre el Obispo y la ciudad para la creación
de un Estudio General, que si bien tuvo corta vida, es uno de
los precedentes de la posterior Universidad. Así como apoyó
la urgente creación de unas instituciones que aliviaran
marginaciones ciudadanas, tal es el caso del Colegio de Niños
Huérfanos. Son meros brochazos de su acción al respecto
que, por otra parte, responden a una mentalidad y actitudes vitales
que no son exclusivas suyas, sino comunes a otros contemporáneos
suyos.
Esta
encarnación y transmisión de la Palabra de Dios
exigía urgente cambio radical de costumbres en el clero,
religiosos y demás cristianos. Por eso se ha dicho que
el Maestro Vicente era "predicador de penitencia y reforma".
El Pare Vicent fue un fustigador de los vicios e injusticias sociales
existentes, en ocasiones con características de verdadero
profeta apocalíptico, tremendista y catastrofista respecto
al inminente fin del mundo.
Habría
sido el "Ángel del Apocalipsis", siendo su predicación
una permanente mención del Juicio Final. Efectivamente
predicó de este Juicio, aunque es pequeño el porcentaje
de sus sermones recogidos por los copistas y conocidos hoy que
hablan de este Juicio sin más. Sin olvidar que lo hizo
en muchas ocasiones, como él mismo lo manifiesta, a petición
del auditorio. Además, ¿no forma parte de los contenidos
de la fe cristiana ortodoxa, siendo una costumbre en boga ya en
el siglo XIII y que después Arnaldo de Vilanova, la "Peste
Negra", la ausencia del Papado de Roma y el mismo Cisma,
había actualizado?
Hemos
aludido a sus sermones. Dichas piezas escritas en su lengua vernácula,
en latín y en castellano, quedando todavía algunas
inéditas nos muestran otro aspecto de su magisterio. Fue
un predicador fundamentado en las Sagradas Escrituras y la Tradición;
predicación abundante y rica sobre todo en contenidos dogmáticos
fundamentales (sobre Jesucristo, la Virgen María, la unidad
de la Iglesia, etc.) y morales (reforma de costumbres y otros
aspectos sociales). Pero también un hombre de Iglesia abierto
al mundo intelectual. Su mente imaginativa y viva, amó
la lógica y buscó siempre el razonamiento y la síntesis.
Su espíritu fue siempre libre, con la libertad de aquellos
que a ningún poderoso de la tierra se esclavizan y hablan
como hijos de Dios. Buscó e invitó a buscar la santidad
por los caminos del equilibrio humano y cristiano, huyendo de
estridencias que sólo llevan al cansancio y al desaliento.
Con
un lenguaje vivo, popular, rico en ejemplos, dichos y parábolas,
de intensidad persuasiva y plasticidad y habilidad oratoria, obtuvo
un extraordinario éxito entre sus coetáneos. A sus
predicaciones asistían multitudes, además de su
abigarrada Compañía. Contrario a algunos postulados
de los incipientes humanistas, el austero asceta se dirigía
al pueblo llano e insistía en la reforma de las costumbres,
la práctica sacramental, la austeridad, la oración
y la pacificación entre las personas, familias y naciones
como preparación ante la imprevisible muerte de cada uno
o del fin del mundo, en el que el Señor emitirá
un juicio favorable para quienes hayan colaborado en la gestación
de un mundo diferente, donde las espadas se hayan convertido en
arados.
Escuchemos
lo que dice el dominico valenciano Vicente J. Antist, biógrafo
suyo ya en el siglo XVI: "acerca de los sermones del Santo
que andan impresos, es de saber que no los juntó él
con intento de imprimirlos porque entonces aún no existía
la imprenta.
Tampoco
los juntó él para publicarlos, pues vemos que en
algunos de ellos se nombra el Maestro Vicente en tercera persona;
sino que sus discípulos los escribieron predicando él
y después los tradujeron en lengua latina, nada elegantemente,
pero no sin harta devoción. Y con todo, dice muy bien Flaminio
[otro de los primeros biógrafos] que estos sermones son
como una sombra o cifra de los que san Vicente predicó.
Y dice muy bien, porque en ellos se hallan sus palabras muertas
y no el espíritu con que las dijo. Y con todo, las mismas
palabras muertas mueven extrañamente".
Una
tradición recogida en las actas de su Proceso de Canonización,
divulgada por sus primeros grandes biógrafos y magnificada
por las apologías de algunos de sus conciudadanos, ha sostenido
que siempre empleó su lengua materna, aun cuando estuviera
en países de lengua no románica. Este hecho le añadió
la aureola de símbolo del idioma del pueblo valenciano.
Para
una más exacta valoración del hecho, hay que tener
en cuenta su formación clerical en latín y que como
ya se ha indicado estudió en Barcelona, Lérida y
Toulouse, así como que a lo largo de su vida entró
en contacto con personas de otras lenguas. Años y años
de contactos y experiencias lingüísticas que no debieron
pasar en vano. Parecería ser que el Maestro Vicente dominaba
con más o menos facilidad las lenguas románicas
de los países donde predicó (es decir: el valenciano,
el catalán, el castellano, el aragonés, el occitano,
el francés y el italiano) y que se adaptó lingüísticamente
a sus auditorios. No es descartable que, fuera de estos ámbitos,
supliese sus posibles déficits lingüísticos
con recursos de su lengua propia o de otras.
También
es bien probable que, en determinados contextos lingüísticos,
usase esporádicamente la lengua de los miembros que integraban
su Compañía en cuanto eran sus oyentes en ese momento.
Respecto
a la atribución del don de lenguas que constatan numerosas
declaraciones de su Proceso pero contradecida en otras e ignorada
por la documentación coetánea del santo puede explicarse
desde la sociolingüística diacrónica, o sea
de sus cambios a través del tiempo.
Por
otro lado, la sugestión colectiva, la inducción
institucional y la ausencia de nacionalismo lingüístico
son algunas de las claves básicas para entenderla. Sin
dejar de lado, el que siempre disertó en países
de habla románica, la similitud de las lenguas romances,
no tan diferenciadas como ahora, y la enorme cantidad de gestos
que empleaba.
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Últimos
años de San Vicente Ferrer
Le
pidieron con insistencia que asistiera al Concilio de Constanza,
pero él siempre señaló que se sentía
urgido de manera irresistible a la evangelización, gracias
a la palabra, de los hombres de su tiempo. Continuó predicando
por tierras francesas, evitando las zonas afectadas por la Guerra
de los Cien Años que se había iniciado en 1339 y
recorriendo las que eran más directamente controladas por
París.
Un
testigo de aquellas predicaciones dirá: "El Santo
era viejo, débil y pálido; pero después de
decir la Misa y cuando predicaba parecía joven, en buen
estado de salud, ágil y lleno de vida".
Después de estar por el Mediodía francés,
se internó en la Auvernia, pasando luego a la Bretaña,
donde transcurrirán los últimos meses de su vida.
Falleció en Vannes el 5 de abril de 1419. Su sepulcro se
halla en la catedral de dicha ciudad.
Diversas
autoridades eclesiásticas y civiles pidieron a la Curia
Romana que se iniciase su Proceso de Canonización. Pero
el Papa Martín V no lo llevó adelante porque estaba
preocupado por otras cuestiones, entre ellas la ocupación
de Nápoles y de Sicilia por Alfonso de Aragón, si
bien no deben desdeñarse los recelos que podían
todavía levantar su identificación con la "obediencia"
de Avignon en el pasado Cisma o su Compañía de seguidores.
En
1431, el Papa Eugenio IV ordenó estudiar el asunto, pero
ahora se interpuso el nuevo cisma de Amadeo de Saboya. Ello no
fue obstáculo para que Pedro de Bretaña, Juan de
España y Alfonso de Aragón dejaran de pedir a los
dominicos que solicitasen la canonización. Nicolás
V aconsejó a los frailes celebrar el Capítulo general
de 1453 en Nantes y así poder planificar mejor las etapas
para ello. Además encargó que tres cardenales investigasen
la vida y los milagros del predicador; entre ellos estaba Alfonso
de Borja, el futuro Calixto III y que será el primer Papa
valenciano de dicha familia. Éstos durante dos años
mantuvieron entrevistas con obispos, abades, frailes y gente común
en Nápoles, Avignon, Toulouse y en la región de
Nantes, interrogando a 28, 18, 48 y 310 testigos respectivamente.
Corresponderá al sucesor de Nicolás, el señalado
Calixto III, recibir las actas de estas investigaciones.
V.
J. Antist que se basa en sus predecesores Flaminio, Illescas,
Bautista Platina señala que Calixto III solía muchas
veces "decir a los cardenales y al Maestro de toda la Orden
fr. Marcial que siempre había tenido por cierto su pontificado
desde que San Vicente se lo prometió".
Puede
pensarse que ello responde a una artimaña de los biógrafos
antiguos, tanto del dominico como del Borja, de poner en la mente
de este último una conciencia tal de la profecía
vicentina no sólo en relación con su pontificado
sino sobre todo con la Canonización del valenciano por
parte de éste. Actualmente se han realizado fundamentales
aportaciones documentales, que nos muestran que ello no es fruto
de los biógrafos, sino convencimiento del propio Calixto
III que lo afirmó en numerosas ocasiones y recogieron autores
muy cercanos a los hechos.
Así
pues, después de un voto en el consejo de cardenales, Calixto
III anunció la canonización de Vicente Ferrer para
el día 29 de Junio de 1455. Mandará conservar los
cuatro volúmenes de actas en el romano Convento dominicano
de Santa María de la Minerva, donde desaparecieron en 1527
en circunstancias desconocidas, si bien después de haber
servido como fuente a los primeros biógrafos del nuevo
santo.
El
correspondiente documento lo despachó Pío II el
1 de octubre de 1458. El historiador dominico valenciano José
Teixidor hacia 1775 afirma que "no pudo Calixto III por sus
muchas ocupaciones expedir la Bula de la Canonización siguiendo
entre otros al dominico Francisco Diago que alude a la guerra
contra los turcos.
San
Vicente Ferrer dio un mensaje para que lo llevaran a todos los
valencianos, que podemos considerar como su testamento. El mensaje
dice así:
"¡Pobre
patria mía! No puedo tener el placer de que mis huesos
descansen en su regazo; pero decid a aquellos ciudadanos que muero
dedicándoles mis recuerdos, prometiéndoles una constante
asistencia. y que mis continuas oraciones allí en el cielo
serán para ellos, a los que nunca olvidaré.
"En
todas sus tribulaciones, en todas sus desgracias, en todos sus
pesares, yo les consolaré, yo intercederé por ellos.
Que conserven y practiquen las enseñanzas que les di, que
guarden siempre incólume la fe que les prediqué,
y que no desmientan nunca la religiosidad de que siempre han dado
pruebas.
"Aunque
no viva en este mundo, yo siempre seré hijo de Valencia.
Que vivan tranquilos, que mi protección no les faltará
jamás. Decid a mis queridos hermanos que muero bendiciéndoles
y dedicándoles mi último suspiro".
Vicente
Ferrer un Dominico "milagrero" y con el "Don de
lenguas":
En
el Proceso de su Canonización se recogen 860 prodigios
o milagros, obrados por el Predicador Dominico en vida y después
de morir, que escrupulosamente comprobaron los Jueces de¡ Proceso.
San
Vicente Ferrer, predicando siempre en lengua Valenciana, le entendían
los castellanos, los de¡ norte de Francia, los vascos, los
italianos del Piamonte y Lombardía... Muchos testigos declararon
en el Proceso que, hablando Vicente Ferrer en Valenciano, ellos
le entendían perfectamente en su lengua nativa. Por lo
mismo, hay que admitir que, a San Vicente Ferrer, se le concedió
el "don de lenguas".
Con
el ánimo de favorecer algunas poblaciones del Reino de
Valencia, se dirigió a muchas de ellas. el día 26
de Agosto de 1410 se dirigió a Líria, ya que sus
vecinos estaban sumamente afligidos por habérseles secado
su caudalosa fuente, que era toda su fuente de riqueza. Compadecido
el Santo, celebró misa en el lugar donde solía manar
el agua y bendiciéndolo, volvió a salir agua en
abundancia, prometiendo el santo que jamás faltaría
allí el agua, como así sigue siendo en la actualidad.
En dicho lugar, conocido como San Vicente de Líria, se
levantó una ermita en honor al Santo y se habilitó posteriormente como zona de recreo.
A
continuación, comento otros milagros:
Milagro
del pañuelo (Miracle del mocadoret):
En
1385 predicando el santo en Valencia, en la Plaza del Mercado,
se detuvo y muy conmovido dijo a los oyentes: "Hermanos,
ahora mismo estoy viendo que unos hermanos nuestros piden un socorro
inmediato, que si no se les da morirán". Le preguntaron
dónde estaban esas personas. El santo contestó:
"Seguid a mi pañuelo, y donde él entre, entrad.
Y lanzó al aire su pañuelo, el cual entró
por la ventana de una buhardilla. En ella, en efecto, se estaba
muriendo de hambre una familia, que fue socorrida. Según
la tradición la casa estaba ubicada en la actual plaza
del "Miracle del Mocadoret nº 5 (junto a la plaza de
la Reina), donde hay una placa que lo recuerda.
Milagro
del tendero (Miracle del salser) En 1359, el comerciante en especies
Miguel Garrigues, que vivía en la misma calle que los Ferrer,
tenía un hijo que sufría unas úlceras malignas
en el cuello y de las que le curó el también niño
Vicente. En la fachada del nº 37 de la actual calle del Mar,
muy cerca del lugar en el que según la tradición
ocurrió este hecho, hay un retablo en cerámica valenciana
que lo recuerda. Este hecho es uno de los orígenes de la
devoción popular valenciana de las representaciones de
diversos milagros (miracles) suyos en los Altares de las calles
el día de su fiesta.
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Influencia
Dejando
de lado contemporáneos que con mucha probabilidad tuvieron
su influencia, como Inés Pedrosa
o de Moncada (1388 1428), la Beata Margarita de Saboya Acaya (1382
1464) o el Beato Pedro Geremía (1399 1452), mencionemos
únicamente su Compañía de penitentes y otros
discípulos.
Con
exactitud esta Compañía era de penitencia, si bien
los penitentes constituían a veces una verdadera cofradía
de flagelantes. Estaba integrada por oyentes de su predicación,
que manifestaban su conversión a través de estas
prácticas, permaneciendo en su seno más o menos
tiempo. Precedían la entrada solemne del predicador en
la población entregándose a sus piadosas prácticas,
lo que atraía la curiosidad y la piedad de las multitudes,
preparando así espiritualmente al auditorio para la predicación.
Pero malos tiempos corrían para los flagelantes, si bien
lo dice él mismo siempre enseñó y continuará
enseñando que todos sometan enteramente sus obras, palabras
y escritos a las determinaciones de la Iglesia como hace él.
Por
otra parte, parecería que después de su muerte se
dio un distanciamiento todavía mayor del que ya había
entre esta Compañía de importante función
en la conservación y transmisión de algunos de sus
sermones y precisamente las instancias francesas de la Orden dominicana,
llegando a "condenarla" al silencio.
Los
biógrafos antiguos hablan también de aquellos que
estuvieron cerca de él durante más o menos tiempo
atraídos por su personalidad y doctrina. Y así señalan
entre los dominicos a: Jofré de Blanes, Pedro de Queralt,
Pedro Cerdán y Pedro Martínez, etc. Pero no debe
dejar de mencionarse al mercedario Juan Gilabert Jofré
y a otros como: Juan de Aloy, Pedro de Moya, Juan García,
el francés Blas de Alvernia y el italiano Antonio de Auria.
Además, otros que integrarán un movimiento de restauración
de la observancia de la vida dominicana, que culminó pocos
años después de su muerte en su misma Provincia
(Raimundo Pulgar; Nicolás Carbonell; Martín Trilles;
León Beneyto; Rafael García).
Antes
de pasar a la presencia posterior del Santo, deben tenerse en
cuenta sus diversas tradiciones hagiográficas pues son
el pertinente caldo de cultivo donde surgieron tales influencias
y pervivencias.
Al
ser canonizado en 1455, no estaba escrita aún su legenda
y tuvo que redactarse con sensible retraso, con todas sus consecuencias.
Su primera biografía es más la obra de un humanista
cristiano que un texto medieval, algo nuevo en la literatura hagiográfica.
Fue este primer biógrafo el ya citado Pietro Ranzano en
torno a 1456, dominico del Convento de San Domenico de Palermo,
años después Obispo de Lucera. Su obra está
en la base de la tradición hagiográfica vicentina,
aunque continúa siendo olvidada en nuestros días.
Siguiendo sus huellas, tenemos una tradición italiana con
autores tan valiosos como san Antonino de Florencia, Leandro Alberto,
Juan Antonio Flaminio y otros nombres de la hagiografía
doméstica dominicana.
Pero
la tradición vicentina tiene su pleno desarrollo literario,
y también artístico, en Valencia. La obra de Ranzano
fue utilizada para la Vida escrita en prosa valenciana por Miquel
Pérez, traductor notable; su obra fue impresa en la misma
Valencia en 1510, pero con escasa difusión. A lado de ella
tenemos un texto que no se llegó a publicar hasta el siglo
xx, pero de gran importancia en la tradición dominicana.
Me refiero al opúsculo de Baltasar Sorió op, titulado
De Viris illustribus Provinciae Aragoniae Ordinis Praedícatorum,
escrito entre 1516 1522. En él ofrece un compendio biográfico
del santo, sin fechas y temas cronológicos, pero que añade
algunos milagros locales.
Sin
olvidar la Crónica de Viciana que ofrece en 1563 una breve
síntesis de la vida del santo brindando ya datos fehacientes,
será al comienzo del último cuarto de este mismo
siglo XVI y en el ambiente de los frailes dominicos reformados,
cuando nazca como verdadera exigencia espiritual la preocupación
por el conocimiento sólido del santo, con una preocupación
hagiográfica ya muy diferenciada de la de Ranzano y de
los otros autores. Se recibe la tradición amorosamente,
pero se pretende aquilatar los hechos históricos y se busca
para ello un apoyo en los documentos. Es la corriente iniciada
por los ya mencionados Vicente Justiniano Antist y Francisco Diago.
Pasemos
ahora ya a señalar algunos significativos casos de influencia
vicentina hasta el siglo XVII.
En
el ámbito dominicano debe señalarse el italiano
Manfredo de Vercelli op (+h. 1432) que, influido por el ejemplo
de san Vicente, lo imitó como predicador apocalíptico
a partir de 1417 en la Liguria y el Piamonte, suscitando y guiando
un movimiento penitencial, que fue condenado y reprobado. También
debe indicarse a Jerónimo Savonarola op (1452 1498). Para
él, san Vicente poseía cinco condi ciones necesarias,
que debía tener todo predicador: "un ángel,
desasido de los intereses mundanos pero en medio de la Iglesia,
anunciador del Evangelio y no de mentiras, volcado a todos sin
acepción de personas, apasionado. Todas estas condiciones
se verificaron en Vicente, sobre todo la quinta: efectivamente
su apasionamiento aterrorizaba y provocaba la inmediata conversión
de multitud de personas, comprendidos judíos y moros".
Además,
el valenciano Juan Gavastón op (+ 1623), autor de una biografía
del santo y, sobre todo, primer comentarista y traductor al castellano
si bien no es demasiado literal del Tratado de la vida espiritual.
Así como su pariente por línea materna san Luis
Bertrán op (1526 1581) y lo que se ha denominado su Escuela
de Espiritualidad. Influencia vicentina que alcanzará una
gran difusión gracias a la edición de los cuatro
volúmenes de sus Sermones por sus contenidos y por considerarlo
"modelo" de predicador fruto del encargo a sus hermanos
de Orden en la década de 1690 del Arzobispo de Valencia
Juan Tomás de Rocabertí.
En
los ámbitos no pertenecientes a la Orden Dominicana, podría
citarse cronológicamente en primer lugar a la monja valenciana
sor Isabel de Villena (1430 1490), pero posiblemente las coincidencias
se deben a que ambos utilizan los mismos materiales que adaptan
o copian (p.e. Dionisio el Cartujano, Santiago de Vorágime,
etc.), si bien hay por lo menos una presencia expresa, como es
el caso del sermón de santa María Magdalena.
También
está el abad García Ximénez de Cisneros (c.1456
1510), benedictino del catalán monasterio Montserrat, cuyo
Exercitatorio de la vida espiritual impreso en 1500, evocaría
por luz y por estilo el Tratado de la vida espiritual vicentino,
pero también a otras obras similares (Francisco Eximenis,
etc.) . Por otra parte, en 1510 aparecerá la versión
castellana de esta última obra, mandada hacer por el reformador
cardenal franciscano Francisco Ximénez de Cisneros (1436
1517), aunque "mutilada" por razones doctrinales favorables
a las visiones y arrobamientos. A ella seguirán otras ediciones
ya íntegras en León (1528) y Barcelona (1585).
De
esta misma época es san Ignacio de Loyola (1491 1556) y
su Libro de los Ejercicios Espirituales, empezado a redactar hacia
1522 y en el cual algunos autores han detectado una clara influencia
vicentina, si bien ha sido ardorosamente discutida por otros.
Y en Valencia deben señalarse al franciscano beato Nicolás
Factor (1520 1583) y al Arzobispo san Juan de Ribera (1532 161
l), según constata la tradición hagiográfica
valenciana.
Y
así, podría continuarse rastreando su influencia
a través de sus múltiples biografías y la
lectura de sus sermones y de su Tratado de vida espiritual
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