CARTELERA DE ESPECTÁCULOS

ESCENARIO DE VERANO - CASTILLO DE LA MOTA


EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO


De WILLIAM SHAQUESPEARE

“El sueño de una Noche de Verano” es una extraña experiencia donde, como en una revelación, aparecen las miserias humanas que normalmente permanecen ocultas. Los personajes se adentran en un laberinto, el bosque nocturno, en que conviven seres de realidad con otros de fantasía para mostrarse de una forma inesperada y hacer seguir la verdad en un efímero instante. El desencadenante es una flor que tiene por efecto la liberación de las trabas cotidianas permitiendo que “afloren” la pasión total y el amor absoluto.

Y al despertar ¿qué permanece?: el recuerdo de una pesadilla, de una borrachera que la vergüenza y el pudor prefieren olvidar. Mediante una pincelada de cinismo final se consigue desterrar el posible dolor de lo ocurrido con una nota de alegría.

En esta versión de la obra, Eduardo Mendoza, ha procurado ajustarse a lo que piensa de la misma, imaginando que “El sueño de una noche de verano” no es una obra de “personajes”, como pueden ser Hamlet, Otelo o Macbeth, sino una obra de “situaciones”, en la que los protagonistas (con la posible salvedad de Helena, cuyo carácter presenta una cierta complejidad) están al servicio de la acción teatral y son más lo que representan que lo que son. Sobre esta base, no se ha tratado de marcar diferencias idiomáticas entre unos y otros y sí agilizar el lenguaje y supeditarlo a la trama.

De WILLIAM SHAQUESPEARE
Versión de EDUARDO MENDOZA
Dirección: MIGUEL NARROS
Escenografía y Producción: ANDREA D’ODORICO
Iuminación: JUAN GÓMEZ CORNEJO
Con VERÓNICA FORQUÉ, WLADIMIR CRUZ Y DAVID ZARZO, entre otros


CRÍTICA DE TEATRO
La estética del verano
EMILIANO ALLENDE
(Director de la Semana del Cine en Medina del Campo)

El monólogo final de Puck, cerró de nuevo, esta vez en Medina, una de las más celebradas piezas teatrales de la historia. Entre el día y la noche, monarcas y duendes, teje Shakespeare, en diferentes planos narrativos, una original metáfora de seres cambiantes, haciendo invisibles a los actores para percibir sus personajes.

Son los actores hombres, representados por los trabajadores menos cultivados, los que basculan en su lírica interpretación, entre los seres divinos, Hadas y duendes y los animales. Esta dinámica narrativa, fue puesta en escena utilizando los dos laterales escénicos de textura blanca y ligera de manera eficaz, facilitando a los jocosos actores de esta versión de Eduardo Mendoza, la posibilidad de trepar o descender, dotando a la representación de un ritmo creciente que desembocó en el acto final en el que todo el conjunto estuvo a buen nivel.

Ingenua Titania, muy adecuada en el gesto de Verónica Forqué y poliédrico Oberón representado por un Vladimir Cruz que se movió siempre con soltura. Chispeantes sobre los patines, Telaraña, Pimentón, Polilla y Mostaza, y brillante la compañía de actores encargada de representar el teatro dentro del teatro. La música, ligera, etérea, cambiante y sutil también contribuyó positivamente al desarrollo de la acción, lástima no poder nombrar al compositor desaparecido incomprensiblemente de los créditos.

David Zarzo hizo un inquieto Puck, personaje puente entre los distintos niveles de interpretación y los espectadores, recordándonos al final que todo ha sido un sueño, o tal vez una ilusión que puede afectarnos tanto como a los jóvenes en el aquelarre nocturno.