Vista Medina
Titulo
Villa histórica, monumental, escultórica y paisajística
Villa de las Ferias

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PRÓLOGO:

Propósito. Cuando don Ildefonso Rodríguez dio a la estampa su Historia de Medina del Campo conforma a varios documentos y notas, terminó su trabajo con estas palabras dirigidas a Medina: "Tenía unos papeles de tu historia, ya guardados por mi familia, ya por otros de tus preclaros hijos; temía se perdiesen y, aunque mal ordenados, ahí te los entrego y devuelvo antes de emprender el camino por donde se han marchados tantos queridos seres como para mi tuvo y guarda Medina". Tales palabras revelaban el propósito manifiesto y laudable de evitar la desaparición de estos documentos coleccionados, y el sobreentendido de suministrar elementos a quien, como dijo en otro lugar, "perfeccione lo que yo he comenzado, y con método, erudición y paciencia, escriba la Historia de Medina". Los 42 transcurridos parecen periodos suficiente para que este propósito fuera una realidad; pero nadie lo ha intentado y, por tanto, no ha pasado de la categoría de un buen deseo.

Cuando en 1931 compuse una breve reseña de Medina para que mis discípulos conocieran algo de su patria chica y sintieran estímulos de servirla con ardimiento, renové una añeja intención en tal sentido, aunque todo, a la verdad. me desalentaba: el convencimiento de que tal empresa requería a lo que no tenía ni podía fácilmente adquirir; la absoluta penuria de bibliotecas en que aquí vivimos, para poder consultar; el completo desorden en que yacen amontonados los cartapacios en nuestros archivos, para cuyo examen se necesita más tiempo y mejor preparación; la imposibilidad de desplazarme a otras localidades; el estrecho margen de tiempo que me dejaban los quehaceres sustanciales... Sin embargo, al terminar la guerra civil, en cuyo origen y desarrollo ha influido perniciosamente, según creo, el desconocimiento u olvido de la historia, me resolví a hacer lo que pudiera; bien persuadido de que sería obra muy deficiente, más tranquilizado porque, bien o mal, servía a Medina, y en último término, quien hace lo que puede no está obligado a más.

He tratado, pues, de ordenar los documentos coleccionados por D. Ildefonso, que, para evitar nuevas explicaciones, dejaré aquí consignados: Noticias de la antigua Sarabria... compuesta por Juan López Ossorio; Memorial Histórico de Medina del Campo, por D. Juan Antonio de Montalvo; la monografía que consagró a Medina en su Viaje a España D. Antonio Ponz; lo que a la misma villa dedicó D. José María Quadrado en su obra Recuerdos y bellezas de España; notas para la Historia de Medina del Campo, por D. Francisco y D. Manuel Rodríguez Castro y otros medinenses...

Las citas o copias que haga de los mismos, irán acompañadas de la página correspondiente en la obra del repetido autor.

He manejado además Varones ilustres de Medina del Campo, por D. Julián de Ayllón, manuscrito que de las manos de D. Casimiro Rodríguez Toribio llegó a las mías después de pasar por las de D. Mariano Rodríguez Macías, entusiasta medinense y panegirista de las glorias de su pueblo, que trocó estos afanes por los de restaurar la Orden Jerónima, en cuyo monasterio de El Parral le sorprendió la muerte el día 25 de enero de 1935. de tal obra creo que no exista ninguna otra copia.

Además de esto y de los libros que habré de citar -escasos por la razón apuntada- mi principal empeño ha sido investigar en los archivos locales, así el municipal como en los parroquiales. He repasado todo lo que en ellos existe -desgraciadamente lo desaparecido es mucho más- procurando extractar, no sé si con acierto, lo más interesante para el conocimiento de la vida de Medina en todos sus aspectos. La referencia a los documentos consultados es casi imposible por tratarse de archivos sin orden ni clasificación alguna, por lo que su hallazgo ha sido sumamente enojoso. La dificultad es menor cuando nos referimos -caso frecuente- a datos resultantes de acuerdos, ya del Ayuntamiento ya de los cabildos. Entonces, la fecha orientará al que quiera verificar y cotejar nuestras aserciones, inspiradas exclusivamente por la verdad, magisamica... Podrán reprocharme con justicia otras deficiencias; la de faltar a la verdad deliberadamente, no.

Creo que los documentos, mientras sean inteligibles, son la más fiel expresión de los hechos, sentimientos e ideas de los antepasados. Por eso prodigo, no sé si en demasía, la transcripción de los mismos, ahorrando y escatimando fórmulas y juicios propios, que dudo fueran más acertados, y habiendo cuidado de ser fiel en la copia, no responde a su absoluta exactitud en lo accidental.

Criterio. D. Antonio Godínez de Paz, médico titular de esta villa, publicó en 1766 un interesante libro que tituló Ocios Médicos, y en una profusa dedicatoria del mismo A la Muy Noble, Muy Leal, Ilustre y Coronada Villa de Medina del Campo, en estilo antisonante y rebuscadísimo, consagró treinta páginas a cantar un encendido panegírico a las proezas de los medinenses y a las glorias de Medina. De esta dedicatoria copio lo siguiente: "Los hijos de Medina condecoraron a su Patria en la ejecución de los más valientes y animosos hechos que han conocido las edades, pues en todas ellas se señalaron los medinenses en el valor y esfuerzo, de forma que no contaron días los pasados siglos en que este medinense suelo no tuviese y disfrutarse algún verde y racional pimpollo, que justamente acreditase aquel intrépido, marcial, valeroso orgullo, gloriosamente heredado de sus mayores... Qué de veces concurrieron con las más ligeras insinuaciones de los Reyes, al sitio, a la campaña, al campo, sin pararse en caudales, hombres ni distancias... Fuera sin duda como querer ocultar el mundo con una sola mano, epilogar tanto y tan superiores servicios y merecimientos... De donde resulta más gloria, mayor lustre, más fama, mayor esplendor y más apreciable condecoración a Medina, mirada con los ojos del desengaño, en aquello mismo que a otra vista aparece lastimoso; las ruinas, las disrupciones que se advierten en ella son testigos y públicos monumentos de la mayor honra, de la mayor excepción, de la mayor antigüedad y de los muchos trabajos que ha sufrido su constancia".

Por otra parte, D. Víctor Balaguer, conocido escritor catalán y exministro de la Restauración, a raíz de una visita que hizo a Medina, en septiembre de 1895, escribió Historias y Leyendas. Medina del Campo, de cuyo libro entresaco estas líneas: "La Mota (supone que Isabel la Católica murió en ella) es una ruina imponente, como tantas tiene España, que es también, a su vez, una ruina. Fue La Mota en sus grandes tiempos alcázar augusto; alcanzó la etapa de aquella en que el día no tuvo noche para la bandera española. Todavía el sol con sus últimos rayos de cada tarde hería la bandera española. arbolada en la torre albarrana de La Mota, cuando ya con sus primeras luces matutinas doraba la que allí, al otro lado de los mares, y en un mundo nuevo, habían izado nuestros intrépidos nautas. Esto fue entonces. Después... La Mota ha sido todo lo que se puede ser de más menguado y miserable; cueva de bandidos, refugio de ladrones, lar y campamento de gitanos errantes, abrigo de pordioseros, teatro y campo de giras pantagruélicas, punto de citas burderales... Todo abandonado, en el más lastimoso estado de miseria, en el más infame y criminal olvido, infame y criminal olvido, infame por lo ingrato y criminal por lo injusto... Jamás pensaron en el Estado, ni el Patrimonio Real, ni el municipio en situar allí un guardián conservador de aquellos restos que por imperdonable incuria vinieron a degradación suprema, siquiera para impedir el robo y el escándalo, siguiera para impedir que los extranjeros que por amor a las glorias españolas acuden a visitarlas, no tengan que huir espantados al encontrarse con los huéspedes que de allí hicieron su posaba. Medina no tiene perdón de Dios...

Dos críticos bien contrapuestos guiaban a estos mencionados escritores el Sr. Godínez veía todo de color de rosa; hasta las ruinas le parecían motivo de justificado orgullo. ¿No nos servirá, por el contrario, la mayor satisfacción y de legítima ufanía, el haber conservado, mediante cualquier sacrificio, como reliquias veneradas, siquiera los dos monumentos a que va unida la memoria de la Reina que tirios y troyanos, escritores de todos los matices, ponen el el zenit de las glorias y grandezas de España? De La Mota, solo su gigantesca osamenta ha podido resistir los embates de nuestra codicia y de nuestra incuria. Del palacio en que vivió y que recogió los anhelos de su grande alma, no ha quedo nada; hasta el hecho cierto de la muerte de Dª. Isabel en el mismo quedó olvidado por los medinenses y dejaron que otros a discutieran, desorientados, sobre la imborrable efeméride- ¿Dónde está el mayor lustre y el mayor esplendor de que habla Godínez? No incurriremos en la exageración de Balaguer afirmando que Medina no tiene perdón de Dios, pero convengamos que ha menester que su misericordia, como todos los mortales, y que es más discreto contener la ufanía en límites prudentes.

Estimo pues, que nuestro criterio ha de ser regulado por la verdad de los hechos. ¿Que éstos son gloriosos? Enhorabuena... ¿Que no lo son tanto o que merecen nuestra reprobación? Pues a reconocerlo así a condenarlos sirviéndonos de lección y escarmiento. ¿Qué adelantamos con tomar como gigantes a los molinos de viento? Cuando hacemos examen de conciencia debemos meditar tanto en los motivos de arrepentimiento, como en los estímulos de la propia satisfacción. Entiendo que la historia es una especie de examen de conciencia de la vida colectiva.

Creo por tanto, no merecer reproche justificado si consigno algún juicio que parezca poco halagüeño, en homenaje a la verdad, sin agraviar a nadie y con el deseo de rectificar un entuerto patente y conocido. Si celamos sistemáticamente nuestras aberraciones, jamás llegaremos a la corrección.

He de librarme asimismo de seguir la pauta de Ossorio y Ayllón, que tienen por norma vincular a la nobleza y alcurnia del linaje los méritos y las virtudes de los personajes cuyos hechos refieren, callando por sistema cuanto puedo deslustrar el brillo de esa nobleza. Entiendo más bien que solo la virtud es noble verdadera. Perseverando en este criterio guardo silencio, del que no debieron salir, de celebridades que con tales tiene Ayllón, a mi juicio sin fundamento verdadero.

Plan. Dos partes constituirán este modesto trabajo. La primera abarca lo que puliéramos llamar Historia General de Medina, desde sus orígenes hasta 1930. La segunda parte estará compuesta de sucintas monografías de todas y cada una de las instituciones y monumentos que existen o han existido.

Cuando uno de los capítulos de la primera parte comprende el desarrollo de los hechos que caracterizan los sucesivos periodo o fases por que ha pasado Medina. De este desarrollo he destacado, para darles la conveniente unidad, algunas de las manifestaciones más trascendentales de la vida medinense, como son los consagrados y su autonomía civil, eclesiástica y económica, y los dedicados a las ferias, imprenta, etc.; y porque algunos hechos o episodios de secundaria importancia han quedado sin engarzar en el relato general, o por falta verdadera de la congruente conexión, o por o acertar a encontrarla y a relacionarlos oportunamente, he formado con ellos un largo capítulo de efemérides, que no abarcará todas las que debieran figurar, por desconocimiento in voluntario, y comprenderán, tal vez, alguna sin razón suficiente y sin justificado interés.

La segunda parte encierra la historia particular de las instituciones y monumentos existentes y desaparecidos conforme a los datos que ha sido posible adquirir. También se advertirán deficiencias y lagunas que soy el primero en lamentar y que me tendría por dichoso si pudiera subsanar. En esta segunda parte van las biografías de los medinenses célebres, engarzadas en la monografía de la institución a que dieron vida, o del monumento que levantaron y les sirvió de morada o de tumba, llamando medinenses a los que, sin nacer ni morir aquí,dieron a Medina positivo realce con sus obras.

He creído que el plano adjunto a esta segunda parte ayudará a localizar los monumentos desaparecidos y a conocer mejor los sucesos desarrollados a sus alrededor, eso que le faltará no poco para la exactitud matemática, como quiera que para la orientación de las calles, y solo de las principales, no me he servido de otra cosa que de la mera contemplación de la propia sombra a la hora del mediodía; y para la medición de las mismas no he empleado más cinta métrica que la cuenta de los propios pasos. Todo lo demás a ojo de buen cubero. Sin embargo de todos sus defectos, responde satisfactoriamente a la finalidad expresada. Las líneas rojas de trazo grueso indican la posición de las murallas; los números rojos el lugar de los monumentos desaparecidos, y los negros el de los existentes. El orden de estas manografías es el mismo que el guardado en el plano, y para las llamadas encerraré en paréntesis las cifras, solas o con las iniciales según se refiera a los números marginales de la primera parte, o a los rojos o negros de la segunda.

Si fuera tan afortunado que los errores padecidos, contra el mejor deseo, encontraran un corrector competente, me felicitaría doblemente, porque con mayor anhelo es que la Historia de Medina se conozca más y mejor.

Gratitud. Es para el autor un sagrado deber consignar que tales propósitos y planes no habrían pasado a la categoría de realidades o habrían quedado inéditos, dadas las actuales circunstancias actuales, sin la decisiva cooperación de un medinense por muchos títulos ilustres. DON ALEJANDRO FERNÁNDEZ DE ARAOZ, con generosidad digna de toda alabanza, abrió en 1942un concurso para premiar con diez mil pesetas una Historia de Medina del Campo. Este trabajo, ya adelantado, no abrigó nunca la pretensión de aspirar a tal premio, pero la bondad del espléndido patricio decidió lo contrario. A él le pertenece, pues, el mayor mérito y al autor solamente el deber de estampar aquí su eterna gratitud -que Medina compartirá seguramente en su día- y declarar paladinamente que si nuestra villa no tiene la Historia que merece, no es imputable al mecenas, sino a quien no supo escribirla

GERARDO MORALEJA PINILLA
Medina, agosto 1946


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