BERNAL
DÍAZ DEL CASTILLO: Historiador
y escritor, nació en esta localidad de Medina del Campo
aproximadamente en 1495 y murió en Guatemala en 1584. Viajó
a América acompañado de Pedrarías Dávila
y tomo parte en las expediciones de Francisco Hernández
de Córdoba y Juan de Grijalva. Participó con Hernán
Cortés en la conquista de Nueva España y de Yucatán,
Guatemala y Honduras. En 1552 comenzó a escribir una de
las crónicas históricas más completas sobre
la conquista de Méjico. Historia
Verdadera de la conquista de la Nueva España.
Vivió en la Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala
y allí se casó con Teresa de Becerra, hija del conquistador
de Guatemala, Bartolomé. Fue Regidor de Santiago durante
más de 30 años, recibió varios títulos,
entre ellos el nombramiento de Hijodalgo y el Certificado de Armas
dado por Felipe II.
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Portada
de la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva
España de Bernal Díaz del Castillo
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El
manuscrito original de esta obra se encuenta actualmentye depositado
en el Archivo de Centroamérica, en la ciudad de Guatemala.
Murió
en Santiago de los Caballeros de Guatemala (antigua Guatemala)
en 1584.
Bernal
Díaz del Castillo ha llegado a ocupar en nuestros días
el puesto que Gómara llenó en el siglo XVI. Es el
autor a quien acuden en primer lugar cuando no exclusivamente
los especialistas y también los profanos que se interesan
por la Conquista de la Nueva España.
La
Verdadera historia es reeditada con gran frecuencia. Ha sido traducida,
total o parcialmente, al francés, al inglés, al
alemán, al danés, al húngaro. Su autor es
objeto de un verdadero culto, el libro se ha convertido en piedra
de toque para contrastar a todos los autores que tratan de la
Conquista.
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Casa
de Bernal Díaz del Castillo en la Plaza del
Pan de Medina del Campo (En
la fachada solamente figura una placa)
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Bien
es verdad que el interés por Bernal, al hacer que se multipliquen
los estudios en torno a su persona y a su libro, tiende a modificar
una actitud que hoy está en el ambiente, pero que viene
ya de muy atrás, que encontró su manifestación
más definida y exaltada hacia comienzos de este siglo,
en las páginas con que Genaro García prologó
la edición de la Verdadera historia hecha con arreglo al
manuscrito que se conserva en Santiago de Guatemala. Compárese
esta introducción con la de otro historiador mexicano,
Joaquín Ramírez Cabañas, a la edición
de 1939, y podrá apreciarse hasta qué punto se ha
ganado terreno en una estimación más ponderada,
más exacta, del carácter de Bernal y de su obra.
Nosotros
también hemos pasado por el culto frenético de Bernal;
también nos hemos indignado con quienes señalaban
no siempre con justicia los defectos de su libro.
Hoy lo vemos con mirada más tranquila, aleccionados por
durísima experiencia que algún día ocupará
en la historia lugar tal vez más alto que la de los conquistadores
de la Nueva España. Por lo mismo que no aceptamos a Bernal
incondicionalmente, creemos comprenderlo mejor y admirarlo más.
La
biografía de Bernal parece que es ya conocida de todos.
En los últimos años han venido publicándose
nuevos datos documentales que completan o rectifican la figura
del personaje tal como lo veíamos a través de su
crónica; pero esta labor peca como siempre suele
ocurrir de un exceso de dispersión y de que no se
ensamblen debidamente los resultados. Tenemos, pues, que desbrozar
el camino fijando algunas fechas que nos son indispensables para
conocer la época en que Bernal escribió su libro
y la génesis misma de su composición.
No
se conoce con exactitud la fecha del nacimiento de Bernal. Genaro
García, en la introducción a su edición de
la Verdadera historia, dice que nació en 1492, afirmación
que todavía se repite en la edición de Ramírez
Cabañas. Genaro García parte de un error: el de
creer que Bernal Díaz tenía 24 años "en
el tiempo en que se resolvió a venir a la Nueva España".
Este
error se debe a una interpretación defectuosa del texto
de Bernal. El pasaje en que se apoya Genaro García dice
así:
Y
Dios ha sido servido de guardarme de muchos peligros de muerte,
así en este trabajoso descubrimiento como en las muy sangrientas
guerras mexicanas y doy a Dios muchas gracias y loores por
ello para que diga y declare lo acaecido en las mismas guerras;
y, demás de esto, ponderen y piénsenlo bien los
curiosos lectores, que siendo yo en aquel tiempo de obra de veinte
y cuatro años, y en la isla de Cuba el gobernador de ella,
que se decía Diego Velázquez, deudo mío,
me prometió que me daría indios de los primeros
que vacasen, y no quise aguardar a que me los diesen.
Pasaje
confuso, cosa frecuentísima en Bernal. Genaro García
lo interpretó en el sentido de que Bernal afirmaba tener
24 años cuando rechazó la encomienda ofrecida por
Diego Velázquez y decidió pasar a la Nueva España.
Pero al hacerlo olvida la manera peculiar que Bernal, en su inexperiencia,
tiene de escribir; que sus ideas van siempre a la deriva, pasa
de unas a otras, las entrecruza, y jamás establece la debida
separación. Bernal nos está hablando de "las
muy sangrientas guerras mexicanas" y de su propósito
de relatar lo acaecido en ellas. Menciona como mérito suyo
el haber combatido siendo joven obra de 24 años
y, para resaltarlo más, añade que al pasar a México
había desdeñado los ofrecimientos ventajosos hechos
por Diego Velázquez.
Es
decir, que Bernal piensa en sus veinticuatro años asociando
la idea con las guerras mexicanas y no con la oferta del gobernador
de Cuba que viene a continuación en el texto, aunque había
precedido en la realidad. Podemos situar los 24 años de
Bernal entre 1519 y 1521, fechas extremas de la campaña
de Hernán Cortés, tal vez en 1520, que es cuando
las "guerras mexicanas fueron más sangrientas"
para los españoles el desastre de la Noche Triste.
Esta
indicación, dudosa a primera vista, pero que no lo será
tanto para quien esté familiarizado con el estilo de Bernal,
indica como fechas entre las que podemos situar su nacimiento
las de 1495 y 1497. Vamos a ver que el dato concuerda con otras
afirmaciones hechas por nuestro autor en distintos momentos de
su vida. En la declaración que presta en la probanza de
servicios del adelantado don Pedro de Alvarado ? de junio de 1563
dice tener 67 años (fecha del nacimiento hacia 1495).
Podemos,
pues, afirmar con bastante precisión las fechas de 1495
o 1496 para el nacimiento de Bernal, y descartar en absoluto la
fecha de 1492 propuesta por Genaro García.
Nos
queda por desvanecer otro motivo de confusión. Bernal afirma
en la primera página de su crónica de la Conquista:
"soy viejo de más de ochenta y cuatro años".
Quienes se han ocupado de su biografía tratan de conciliar
esta afirmación con la noticia que da en otro lugar, la
de que saca su texto en limpio en 1568:
De
quinientos cincuenta soldados que pasamos con Cortés desde
la isla de Cuba no somos vivos en toda la Nueva España
de todos ellos, hasta este año de mil quinientos setenta
y ocho, que estoy trasladando esta mi relación, sino cinco.
La
cosa no resulta fácil, pues de tener Bernal más
de 84 años en 1568, habría nacido en 1484 nada menos.
Quienes se esfuerzan por compaginar las dos afirmaciones de Bernal
incurren en error muy común: el de considerar los libros
como productos en bloque, acabados, tal como se nos presentan
ante la vista. El olvidar que tras el producto acabado se esconde
un proceso lento de elaboración, con retoques, contradicciones,
añadiduras, supresiones. Cuando el autor es poco hábil
literalmente, este proceso queda al descubierto con mayor claridad,
sin que consiga unificar debidamente sus materiales. Bernal es
un caso típico de lo que venimos diciendo. Su obra es un
conglomerado como lo eran las obras literarias producto
de una colectividad y en él podemos rastrear estratos
diferentes. Solamente si partimos del hecho de que Bernal es el
autor de un solo libro, trabajo de toda su vida, podremos evitar
errores como el que motiva estos comentarios.
Bernal
trabajó largo tiempo en su historia vamos en seguida
a precisar esta información y es indudable que dejó,
como a todos nos ocurre, el prólogo para lo último.
No fue capaz de escribirlo a su satisfacción, según
él mismo nos dice, y no pasó de una breve nota en
donde hace la indicación de que tiene más de 84
años. Esta nota pudo escribirla muy bien hacia 1579 o 1580,
en una de las revisiones que hacía de su obra. Téngase
en cuenta que la indicación de edad no aparece en el prólogo
de la edición de Remón, que es, sin duda, de mano
de Bernal. En este prólogo, tal vez el de una copia que
envió a España antes de 1579, habla de su propósito
de seguir trabajando en el libro: "Tengo que acabar de escribir
ciertas cosas que faltan, que aún no se han acabado".
Así,
pues, hay que desechar la idea de que Bernal tuviera más
de 84 años en 1568. Las dos noticias están dadas
en momentos diferentes, y a nadie que conozca la mentalidad de
Bernal Díaz podrá extrañarle que no se preocupe
en poner de acuerdo afirmaciones hechas en momentos distintos
de su vida.
Lo
cierto es que la dichosa afirmación del prólogo
del borrador de Guatemala es la que más ha pesado sobre
el ánimo de quienes han estudiado la obra de Bernal. Se
han esforzado por retrasar la fecha de la composición lo
más posible, para acercarla al año de 1568 y para
justificar que el autor escribía a edad muy avanzada. Como
Bernal afirmaba también, al hablar de sus 84 años,
que ha perdido "la vista y el oír", la asociación
con Homero resulta tentadora. El anciano conquistador "con
el noble deseo de rectificar errores de mal informados cronistas,
empuñó la pluma, como antes la espada", indica
González Obregón. "Se consagró a escribir
su Historia verdadera cuando frisaba en los setenta y tantos años
de edad", indica Genaro García. "Sabemos que
Bernal Díaz del Castillo empezó a escribir su Verdadera
historia por el año de 1568", afirma rotundamente
Carlos Pereyra, sin decirnos de dónde sale esta noticia.
Los
datos que hoy poseemos nos permiten rectificar todas estas afirmaciones.
Bernal trabajaba en su historia cuando aún no tenía
60 años de edad. Alonso de Zorita, que fue oidor de la
Audiencia de los Confines y anduvo por tierras de Guatemala desde
la primavera de 1553 a fines de abril de 1557, dice en su Historia
de Nueva España:
Bernaldo
Díaz del Castillo, vecino de Guatemala, donde tiene un
buen repartimiento, y fue conquistador de aquella tierra, y en
Nueva España y en Guacacinalco, me dixo estando yo por
oidor de la Real Audiencia de los Confines que reside en la ciudad
de Santiago de Guatemala, que escribía la historia de aquella
tierra, y me mostró parte de lo que tenía escrito;no
sé si la acabó, ni si ha salido a luz.
Bernal
no había terminado su historia cuando Alonso de Zorita
era oidor de la Audiencia de los Confines. Encontramos nueva referencia
al libro, hecha esta vez por el propio Bernal en 1563 aún
no tenía 70 años, en la probanza de servicios
del adelantado Alvarado a que ya nos hemos referido: "Pasadas
muchas cosas que este testigo tiene escritas en un memorial de
las guerras, como persona que a todo ello estuvo presente..."
Aquí
Bernal nos habla de su obra como existente ya, aunque no estuviera
totalmente concluida. En realidad, no la concluyó nunca.
Hay vacilación en Bernal cuando trata de cerrar su libro,
como hemos apuntado que la había al iniciarlo, en el prólogo.
Tal vez pensó que en un principio que el remate más
adecuado era la "Memoria de las batallas y encuentros "
en que se había hallado, que sigue al capítulo CCXII.
Con esta memoria termina el texto de Remón y al pie de
la misma aparece la firma de Bernal Díaz en el manuscrito
de Guatemala; pero luego añadió dos capítulos
más, sobre cuya oportunidad no estaba muy seguro, pues
al capítulo CCXIV le precede la siguiente nota: "No
se escriba esto de abaxo". Y la indecisión va más
lejos, pues al terminar el mismo capítulo anuncia:"Bien
es que diga en otro capítulo de los arzobispos y obispos
que ha habido". El capítulo en cuestión no
existe, y no parece que el manuscrito de Guatemala esté
mutilado. Lo más verosímil es que Bernal no llegara
a escribirlo.
Con
lo apuntado basta para darnos idea de lo lento que es el proceso
de elaboración de la Verdadera historia, Una primera mención
anterior a 1557; otras de 1563 y 1568; la última que podemos
situar hacia 1579 o 1580. El libro se entreteje todo a lo largo
de la vida de su autor desde el siglo XVI.
Ha
existido otro factor importante en la tendencia a retrasar la
fecha de composición de la historia de Bernal Díaz:
la asociación inmediata que se establece entre su obra
y la Conquista de México, de López de Gómara.
Bernal
Díaz, que vivía tranquilo en su encomienda de Chamula,
no pudo ver sin enojo que aquel escritor [Gómara] trataba
de engrandecer a Hernán Cortés a costa de todos
sus compañeros, atribuyéndole exclusivamente la
gloria de la Conquista; de manera que la indignación le
hizo autor, Desde entonces comenzó, sin duda, a renovar
la memoria y recuerdos de aquellos hechos...
Esta opinión, expresada hace tiempo por Vedia, sigue flotando
hoy en el ambiente. Bien es verdad que ha sido preciso retocarla
porque el propio Bernal nos dice que ya trabajaba en su historia
cuando llegó a sus manos la de Gómara.
"Llevaba
escrito poco de la Historia verdadera cuando llegaron a sus manos
las crónicas compuestas por Paulo Jovio, López de
Gómara y Gonzalo de Illescas", dice Genaro García.
Carlos Pereyra precisa más: "Llevaba adelantados cerca
de veinte capítulos, y narraba los hechos del viaje que
hizo con Juan de Grijalva, cuando cayeron en sus manos tres libros..."
Estas
afirmaciones también necesitan revisión. No podemos
saber exactamente en qué fecha, en qué momento de
la composición de la Verdadera historia llegaron los libros
citados de Bernal. Pero que éste los mencione en el capítulo
XVIII de su libro no indica que precisamente entonces llegaran
a su conocimiento, ni él dice tal cosa. Indica tan sólo:
"Estando escribiendo en esta mi crónica, acaso vi
lo que escriben Gómara e Illescas y Jovio en las conquistas
de México y la Nueva España". El lugar de la
mención es el más adecuado, pues sigue el relato
de la expedición de Juan de Grijalva y precede al de la
de Cortés, donde las rectificaciones a dichos cronistas
iban a ser más frecuentes; pero el capítulo XVIII
puede muy bien haber sido intercalado por Bernal, pues en el manuscrito
se alteró la numeración, de modo poco hábil,
dando al capítulo anterior el número XVI, que no
le correspondía, sin duda para agregarlo al relato de la
expedición de Grijalva y para hacer un hueco a la advertencia
sobre los tres cronistas.
Hay
más aún. Quienes piensan que el capítulo
XVIII señala el momento en que Bernal tuvo noticia de los
otros cronistas, parecen olvidar que ya en el capítulo
I advierte: "Hablando aquí en respuesta de lo que
han dicho y escrito personas que no lo alcanzaron a saber, ni
lo vieron, ni tenían noticia de lo que sobre esta materia
hay". Por si no estuviera bastante clara la alusión
a los cronistas que Bernal se propone refutar, la encontramos
más explícita en el capítulo XIII, cuando
nos habla del oro rescatado por Grijalva en el río de Banderas:
"Y esto debe ser lo que dicen los cronistas Gómara,
Illescas y Jovio que dieron en Tabasco". En el capítulo
siguiente vuelve a rectificar a Gómara.
Si
Bernal menciona desde el comienzo de su libro a los tres cronistas
también lo hace explícitamente en el prólogo
del texto de Remón, lo que esto nos indica no es
que los conociera a poco de comenzar a escribir su historia, sino
que la modificó desde el principio después de haberlos
leído. No se olvide que ya estaba escrito parte de su libro
en 1557, y tal vez terminada una primera redacción en 1563,
época en la que mal podía haber visto a los cronistas
mencionados con excepción de Gómara,
pues la primera edición de Gonzalo de Illescas es de 1564
y la traducción castellana de Paulo Jovio es de 1566.
Habremos,
pues, de resignarnos a admitir que la parte jugada por la indignación
contra los errores de los cronistas en la génesis de la
historia de Bernal no es el germen del libro, como se nos venía
diciendo. Hay indignación y hay polémica en Bernal,
pero los motivos de esta actitud son otros.
Nada
tan sorprendente a primera vista como la paradoja de que Genaro
García, enemigo de los conquistadores, haya hecho una excepción
a favor de Bernal, convirtiéndolo en arquetipo de virtudes
y trazando de su carácter una semblanza enteramente falsa.
Así,
pues, bastante pobre, si bien querido y considerado, se consagró
a escribir su Historia verdadera cuando frisaba en los setenta
y tantos años de edad; sin temer a nadie; persuadido de
que en el mundo no se registraba hecho más hazañoso
que la Conquista, ni existían hombres más heroicos
que los conquistadores; conforme con no haber recibido la remuneración
que justamente merecía; libre de pesimismo, rencores y
remordimientos; perfectamente tranquila su conciencia; con una
memoria privilegiada y una inteligencia excepcional en su pleno
vigor. Interrumpía de tarde en tarde su trabajo para visitar
los pueblos de su encomienda, acompañado a veces de amigos...
Esta
visión idílica, azorinesca, de un Bernal reposado
y tranquilo que visita sus indios y acaricia recuerdos, que rompe
su quietud con gesto de quijote para volver por la gloria que
Gómara pretende arrebatarles a él y a sus compañeros,
cae por tierra ante una lectura atenta del libro de Bernal y de
los documentos que ahora conocemos relativos a su persona. La
edición de Ramírez Cabañas es la que más
circula hoy y no hace falta repetir aquí lo dicho en su
prólogo sobre el carácter de Bernal y sobre su verdadera
situación económica por los años en que compone
la crónica de la Conquista. Lo que sí conviene es
poner en relación estos nuevos datos con la génesis
misma de la Verdadera historia.
Bernal
es hombre bullicioso, insatisfecho, pleitante. No se da nunca
por contento con las recompensas que recibe en premio sus servicios.
Siempre se manifiesta desazonado, resentido. En 1550 se le concede
licencia para que él y dos criados suyos puedan llevar
armas ofensivas y defensivas porque "está enemistado
en esa tierra [Guatemala] con algunas personas". Véase
el tono de su correspondencia en las dos cartas de 1552 y 1558.
Bernal tiene mal genio, es murmurador, está terriblemente
pagado por sí mismo. "Bien creo que se tendrá
noticia de mí en ese Vuestro Real Consejo de Indias".
le dice al rey en 1552. "Ya creo que V. S. no terná
noticia de mí, porque según veo que he escrito tres
veces e jamás he habido ninguna respuesta...", escribe
en 1568 al padre Las Casas, en carta donde le pide con gran desparpajo
que "cuando escribiese a los reverendos padres de Santo Domingo
venga para mí alguna carta o colecta para que sea favorecido".
No,
no es Bernal el hombre "conforme con no haber recibido la
remuneración que justamente merecía" que quiso
hacernos ver su editor mexicano. El hombre "libre de pesimismos,
rencores y remordimientos". Es el hombre inmensamente ambicioso,
profundamente insatisfecho, el representante genuino de aquella
generación turbulenta de conquistadores que cuando dejan
de guerrear con los indios dedican el resto de sus vidas a forcejear
con la Corona para conseguir mercedes que les permitan vivir sin
trabajar.
Ramírez
Cabañas señala certeramente en el prólogo
de su edición esta actitud que informa toda la conducta
de Bernal. Icaza, en la magistral introducción a sus Conquistadores
y pobladores de Nueva España, se refiere de continuo a
nuestro autor como a uno de los más destacados portavoces
de la insatisfacción, de las quejas continuas de los conquistadores
que no creen suficientemente recompensados sus servicios. Carlos
Pereyra insiste en la necesidad de precaverse "contra el
peligro de la literatura plañidera formada por los memoriales
de méritos y servicios de los conquistadores". Pero
ninguno de estos autores destaca con suficiente precisión
que este ambiente de insatisfacción, que este resentimiento
y esta avidez de los conquistadores, que este formidable y larguísimo
pleito que mantienen con la Corona por cuestión de intereses,
por repartos de tierras y de indios, forma la base, la raíz
de la Verdadera historia de Bernal.
No
todo está perfectamente claro en la vida de Bernal. Si
sus méritos fueron tan grandes como él nos lo indica,
¿por qué no obtuvo un puesto más destacado
entre los compañeros de Cortés? A no ser por su
propio relato, apenas si tendríamos noticia de su participación
en la Conquista. En su libro se nos presenta con todas las características
del conquistador, bravísimo, ansioso de aventura y riquezas.
No obstante cabría decir que Bernal es soldado de ocasión,
que la milicia no le atrae de por vida. Apenas cae México,
le vemos interesado por obtener su parte de botín, no ya
en oro no joyas, sino en tierras y en indios. Consigue de Sandoval
una encomienda en Coatzacoalcos, y a partir de este momento se
indigna cada vez que Cortés exige su presencia en alguna
expedición militar. Siempre se compadece de los soldados
que "tenían ya sus casas y reposo" y que se ven
lanzados contra su voluntad a nuevas aventuras. Véase como
ejemplo su comentario a la expedición a las Hibueras:
Y
en el tiempo que habíamos de reposar de los grandes trabajos
y procurar de haber algunos bienes y granjerías, nos manda
[Cortés] ir jornada de más de quinientas leguas,
y todas las más tierras por donde íbamos de guerra,
y dejamos perdido cuanto teníamos.
Este
deseo tan intenso de reposo manifestado cuando Bernal aún
no había cumplido los treinta años la expedición
a las Hibueras se inicia en 1524 contrasta bruscamente con
el tono empleado al relatar su participación en las campañas
de Cortés.
Y
los que andaban en estas pláticas contrarias eran de los
que tenían en Cuba haciendas, que yo y otros pobres soldados
ofrecido teníamos siempre nuestras ánimas a Dios
que las crió, y los cuerpos a heridas y trabajos hasta
morir en servicio de Nuestro Señor Dios y de su Majestad.
Es
decir, Bernal nos confiesa ingenuamente que los conquistadores
luchaban bien mientras nada tenían que perder; pero en
cuanto conseguían algunos bienes de fortuna, costaba muchísimo
hacerles participar en nuevas empresas militares. Y así
Bernal termina muy joven su vida de soldado. Va con Cortés
a las Hibueras a regañadientes, porque no le queda otro
remedio; las expediciones en que más tarde toma parte no
son de gran peligro, pues él mismo repite en varias ocasiones
que los indios de Guatemala "no era gente de guerra, si no
de dar voces y gritos y ruido". No le tienta pasar al Perú,
como no le tientan las arriesgadas e infructuosas expediciones
que se realizan bajo el gobierno del virrey Mendoza.
Bernal
deja muy joven de ser conquistador para pasar a ser encomendero.
Y en esta lucha por las recompensas, no por más sorda menos
violenta que la lucha contra los indígenas, consume la
mayor parte de su vida, Hace dos viajes a España con este
motivo. Da su opinión en la junta celebrada en Valladolid
en 1550 acerca del repartimiento perpetuo. Las cartas y documentos
que de él nos han llegado tratan exclusivamente de estos
temas. No hemos de analizarlos en sus aspectos más definidamente
técnicos, jurídicos. Nos basta con subrayar que
la idea fija de toda la vida de Bernal es la de haber entrado
a formar parte de una nueva aristocracia, la de "los verdaderos
conquistadores", que por sus heroicas hazañas se ha
hecho acreedora de todo género de mercedes por parte de
la Corona.
Demás
de nuestras antiguas noblezas, con heroicos hechos y grandes hazañas
que en las guerras hicimos, peleando de día y de noche,
sirviendo a nuestro rey y señor, descubriendo estas tierras
y hasta ganar esta Nueva España y gran ciudad de México
y otras muchas provincias a nuestra costa, estando tan apartados
de Castilla, ni tener otro socorro ninguno, salvo el de Nuestro
Señor Jesucristo, que es el socorro y ayuda verdadera,
nos ilustramos mucho más que de antes.
Bernal
pone de manifiesto la idea corriente entre los conquistadores
de que las guerras con los indios son continuación de las
hechas en España contra los infieles la Reconquista
y pide que quienes en ellas han participado reciban el mismo premio
que los guerreros medievales.
Y
también he notado que algunos de aquellos caballeros que
entonces subieron a tener títulos de estados y de ilustres
no iban a tales guerras, ni entraban en las batallas, sin que
primero les pagasen sueldos y salarios, y no enbargante que se
los pagaban, les dieron villas, y castillos, y grandes tierras,
perpetuos, y privilegios con franquezas, las cuales tienen sus
descendientes; y además de esto, cuando el rey don Jaime
de Aragón conquistó y ganó de los moros muchas
partes de sus reinos, los repartió a los caballeros y soldados
que se hallaron en ganarlo, y desde aquellos tiempos tienen sus
blasones y son valerosos, y también cuando se ganó
Granada...
Léase
con atención la Verdadera historia y se encontrarán
a granel pasajes como éste. Todos los conquistadores, tarde
o temprano, hubieron de presentar su relación de méritos
y servicios, haciéndolo en ocasiones colectivamente y por
orden superior, como ocurrió bajo el gobierno del virrey
Mendoza. El acierto genial de Bernal Díaz fue que para
darnos la relación de sus propios méritos, el "memorial
de las guerras", como hemos visto que la llama, escribió
la crónica más completa y mejor de la conquista
de la Nueva España. Bernal, que era un ególatra,
tenía también muy acusado el sentimiento de grupo,
que tanto se desarrolla en las guerras, y de aquí que no
concibiera relatar sus hazañas sin encuadrarlas en las
de todos sus compañeros, "porque mi intento desde
que comencé a hacer mi relación no fue sino para
escribir nuestros hechos y hazañas de los que pasamos con
Cortés".
El
germen de la obra de Bernal ha de buscarse, pues, en la lucha
por las encomiendas y en las relaciones de los méritos
y servicios. Nótese el aire de documento notarial que tiene
el comienzo de su crónica:
Bernal
Díaz del Castillo, vecino y regidor de la muy leal ciudad
de Santiago de Guatemala, uno de los primeros descubridores de
la Nueva España, y sus provincias, y cabo de Honduras,
y de cuanto hay en esta tierra... natural de la noble e insigne
villa de Medina del Campo, hijo de Francisco Díaz del Castillo,
regidor que fue de ella, que por otro nombre llamaban el Galán,
que haya santa gloria...
Los
últimos capítulos se dedican a la enumeración
de todos los conquistadores que pasaron con Cortés y de
los méritos de cada uno. Una de las redacciones la
utilizada por Remón concluía con la memoria
de las batallas y encuentros en que Bernal había tomado
parte.
La
Verdadera historia fue creciendo desmesuradamente porque Bernal
no era capaz de seleccionar entre sus recuerdos, y puesto a relatar
la conquista tuvo que decirlo todo. Así hubo de alcanzar
mayores vuelos la que en un principio fuera simple relación
de méritos y servicios. Sabemos que Bernal mostraba lo
que iba escribiendo a personas que creía competentes para
juzgarlo el oidor Alonso de Zorita, los licenciados que
menciona en el capítulo CCXII quienes, sin duda,
le estimularon en su labor. La lectura de Gómara hizo el
resto, y también pudo ayudarle para dar forma definitiva
a su crónica.
Así,
pues, fueron los intereses y los pleitos del Bernal Díaz
encomendero los que dieron origen en su forma primera al relato
estupendo de las hazañas del Bernal Díaz conquistador
de sus compañeros. De haber sido Bernal un hombre más
modesto, capaz de adaptarse mejor a las nuevas condiciones de
trabajo que exigía la Colonia, no hubiera defendido tan
testarudamente los derechos de "los verdaderos conquistadores"
y no tendríamos hoy su Verdadera historia.
En
la gigantesca polémica que originó el descubrimiento
y conquista de las Indias, la obra histórica de Bernal
ocupa el polo opuesto a la de Las Casas. Defensa de los derechos
del indio en éste, defensa de los derechos del conquistador
en aquél.
Es
paradoja curiosísima que contraposición tan clara
no haya sido establecida hasta ahora con precisión. Ello
se debe a que el libro de Bernal pasó a ocupar un primer
plano como arma preferida en el ataque contra Gómara y,
sobre todo, contra Hernán Cortés. El no haber penetrado
bien en la génesis de la Verdadera historia ha hecho de
los partidarios incondicionales de Las Casas partidarios incondicionales
de Bernal Díaz. Lo cual, sin duda, a ellos les hubiera
extrañado muchísimo.
La
Historia verdadera de la conquista de la Nueva España es
uno de los libros más notables de la literatura universal.
Testimonio de valor único, por su amplitud y precisión,
sobre los hechos de la Conquista, añade a su valor histórico
la extraordinaria fuerza del relato, el vigor que irradian sus
páginas, que nos acercan, como pocos autores han sabido
hacerlo, a los hechos que narran.
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Monumento
a Bernal Díaz del Castillo en Medina del
Campo
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Es
una soberbia epopeya en prosa, un relato de empresas sobrehumanas,
cuyo mérito máximo estriba en la sencillez misma
con que su autor las cuenta. Pocas experiencias hay en la historia
de la humanidad tan notables como la llegada de los españoles
de Cortés a la capital azteca. Hasta entonces, hasta 1519,
no se realiza el sueño de los descubridores. Ciudades inmensas,
riquezas fabulosas, vastos imperios. Lo que le había sido
negado a Colón y a sus acompañantes, ávidos
buscadores de los tesoros de Oriente, que no ocultan su decepción
ante la vida rudimentaria de los habitantes de las islas, se les
otorga a Cortés y a sus hombres.
"No
sé cómo lo cuente, ver cosas nunca oídas,
ni vistas, ni aún soñadas, como veíamos",
escribe Bernal. Y sí sabe contarlo. Tiene el don único
de saber narrar, de tener una memoria vital tan rica, que evoca
sin esfuerzo recuerdos lejanos y les da animación insuperable
con la pluma. Su obra es la base de casi todo lo que sabemos de
la Conquista. Elogiándole o denigrándole, todos
los autores que vinieron tras él se han servido de aquélla
para elaborar sus propios relatos.
Las
ediciones de la obra se han sucedido sin interrupción.
Ha sido traducida, totalmente o en selecciones, al francés,
inglés, alemán, húngaro, danés...
Y ahora le ofrecemos de nuevo al público de habla española,
aligerada y modernizada, para que el acercamiento sea más
fácil, para que el goce sea más directo.
Hemos
retocado el texto lo indispensable para que Bernal nos hable como
lo haría hoy si estuviera entre nosotros. Porque su libro
tiene en alto grado el rasgo distintivo de las epopeyas primitivas,
que se componían para ser recitadas, no para la lectura.
Son
certeras las palabras del ilustre historiador mexicano Luis González
Obregón, autor de un bello estudio sobre Bernal Díaz.
Abiertas
las páginas de la Historia verdadera nos dice,
no se leen, se escuchan. Antójase que el autor está
cerca de nosotros, que ha venido a relatarnos lo que vio y lo
que hizo; y su mismo estilo burdo semeja al de un veterano, a
quien perdonamos las incorrecciones de lenguaje para sólo
oírle los sucesos llenos de interés en que ha sido
testigo y actor.
El
libro, como todas las grandes obras maestras, es tan rico de contenido
y tan fértil en sugestiones, que sólo señalaremos
aquí a grandes rasgos algunas de las características
de él y de su autor, que esperamos sirvan para una mejor
comprensión del texto.
Si
en algún caso resulta arbitraria la distinción usual
entre el autor y su obra, es en el caso de Bernal Díaz
del Castillo. Autor y libro son inseparables.
La
vida de Bernal es esencialmente lo que en el libro se narra. Los
datos que acerca de él poseemos se encuentran casi todos
en su historia, con la excepción de algunos documentos
sueltos, que nada modifican.
Nace
Bernal Díaz hacia 1495 o 1496 en Medina del Campo, ciudad
castellana, famosa por sus ferias. De familia modesta, escasa
de recursos, se le ofrece en sus años mozos la gran aventura
de aquella generación: el viaje a las Indias recién
descubiertas.
Viene
Bernal a tierras de América en 1514, con la expedición
de Pedrarias Dávila. Toma parte en los viajes de descubrimiento
de Hernández de Córdoba y Juan Grijalva. Luego sigue
a Hernando Cortés en su conquista a la Nueva España.
No
vale la pena trazar en detalle sus pasos. Nadie mejor que él
es capaz dehacerlo. Por eso hemos de limitarnos a algunas observaciones
sobre su cáracter.
Bernal
Díaz es hombre de condición humilde, cuya vida hubiera
sido oscura de no presentársele la gran peripecia de la
conquista de un mundo nuevo. Es la persona que se siente llamada
a escribir por el volumen de los hechos en que ha participado.
Todos hemos llevado un diario en nuestra juventud, cuando creíamos
sinceramente que nuestra experiencia tenía valor único
y excepcional, cuando descubríamos nuestro propio mundo.
Raros son los diarios de este tipo que, releídos más
tarde, no van a parar al cesto de los papeles.
Pero
Bernal ha tenido la rara oportunidad de descubrir un mundo auténtico
y de sentirse con fuerzas para narrar la hazaña. Lo más
extraordinario es que, siendo hombre de escasa cultura libresca,
no tiene afortunadamente modelos literarios que imitar
y se hunde de lleno en el relato de los hechos en que ha tomado
parte. Lo que constituye para nosotros el mayor encanto de su
libro es que sea totalmente incapaz de selección, de distinguir
entre lo esencial y lo que no lo es, y así lo cuenta todo,
absolutamente todo, dándonos en su historia esa riqueza
de vida auténtica que nos hace asistir con él a
la marcha del puñado de hombres que conquista las tierras
mexicanas.
Bernal
no escribe por el placer de escribir. Nada de eso, se da bien
cuenta de su falta de cultura, que incluso le preocupa demasiado,
pues nada precisaba aprender hombre tan magníficamente
dotado como él para la observación y la narración
de los hechos. Tiene que vencer un esfuerzo, una repugnancia para
tomar la pluma. ¿Por qué escribe su historia?
Bernal
y los demás españoles que llevan a cabo la Conquista
pasan a América "por servir a Dios y a Su Majestad,
y dar luz a los que estaban en tinieblas, y también por
haber riquezas, que todos los hombres comúnmente veníamos
a buscar". Servir a Dios era aumentar la cristianidad y ayudar
a la conversión de los infieles idólatras. Servir
a su Majestad era procurar que se acrecentaran sus dominios y
se enriquecieran las arcas reales. Ésta era una base firme
como la roca, pues nunca habrán estado los sentimientos
católicos y monárquicos tan arraigados como en las
mentes españolas del siglo XVI.
Pero
¿y la obtención de las riquezas? Aquí sí
que había libre campo para la iniciativa individual y para
las pugnas de toda índole. La avidez de riquezas, que dio
lugar a los episodios más deplorables de la Conquista,
a todo género de crueldades y malos tratos con los naturales,
esa avidez que hacía creer a un soldado que las paredes
bien blanqueadas de un poblado indígena eran de plata,
tiene un representante típico en Bernal.
Si
en el ejército de Cortés hay divisiones, no deja
de decirnos que las motiva la situación económica
de los soldados. Quienes tenían en Cuba tierras, minas
o indios, querían volverse. Quienes nada poseían,
querían seguir adelante, para buscar la vida y su ventura.
Se jugaban las vidas en un trágico juego de azar del que
esperaban obtener de golpe la riqueza, para ellos y sus descendientes,
la riqueza que les librara del trabajo, entonces considerado denigrante.
De
aquí que ocupen tanto espacio, en el libro de Bernal, los
pleitos sobre el reparto de indios y de metales preciosos, que
veamos a Cortés resolviendo las dificultades de gobierno
a fuerza de sobornos con los hombres de Pánfilo de
Narváez, con Andrés de Tapia, con sus propios compañeros.
De
aquí la manera que tiene Bernal de enjuiciar a los principales
personajes del drama, según que fueran más o menos
"francos", más o menos dadivosos. Moctezuma le
deslumbra por su esplendidez, y se aprovecha de ella para pedirle
mantas y una india. La muerte de Cuauhtémoc le apena porque,
en el terrible viaje a las Hibueras, le había prestado
indios que le buscaran hierba para su caballo. Los grotescos magistrados
de la Primera Audiencia encuentran disculpa ante sus ojos porque
eran muy buenos con los conquistadores, es decir, porque les daban
indios en cantidad, para lo cual herraron a tantos por esclavos
que el mismo Bernal confiesa que la tierra estuvo a punto de desplomarse.
¿Y
Cortés? según Bernal, no es generoso con sus compañeros.
Siempre toma del botín la parte del león. Por eso
Bernal tiene hacía él la actitud del criado viejo,
que no podría vivir sin su señor, pero al que no
pierde ocasión de censurar. Obsérvese en las páginas
del libro la admiración que Bernal siente por su jefe,
cómo habla de sus virtudes militares, su valor, su tenacidad,
el ser siempre el primero en los trabajos y peligros; pero no
se porta bien con sus compañeros. Quiere arrebatarles su
parte de gloria y su parte de botín. Bernal mira de reojo
a Cortés y a todos los que van a España en busca
de mercedes, y siempre se considera postergado, aunque su situación
no sea precaria, ni mucho menos.
Él,
que tanto había reprochado al grupo partidario de volverse
a Cuba, una vez conquistado México no tiene más
ambición que la de obtener buenas encomiendas, alardeando
de formar parte de los conquistadores primitivos, y reniega cada
vez que se le ordena participar en nuevas empresas, como ocurre
cuando el viaje a las Hibueras.
En
Bernal hay un enigma. ¿Por qué no consiguió
ascender más en la jerarquía militar? El título
de capitán se lo concede a sí mismo graciosamente,
y por todo su relato vemos que no pasó de soldado de a
pie, al que ocasionalmente se le dio el mando de grupos de soldados
que no tenían misión mayor que la de buscar comida
o encontrar un camino en la selva tropical.
¿Que
pasa con él? Sin duda tenía más cultura y
más inteligencia que la mayoría de sus compañeros.
Y si no fuera por su libro, nada sabríamos de su persona.
!Qué diferencia, no ya de un Cortés, sino de un
Sandoval, un Alvarado, un Olid, un Andrés de Tapia y de
tantos otros! Bien vemos por su relato, en especial en el caso
de Sandoval, que partían de la nada, y que su encumbramiento
era hijo de sus obras. ¿Habría en Bernal algo que
lo incapacitara para mandar y que no conozcamos? ¿Quiso
alcanzar con la pluma el puesto destacado que no logró
con la espada?
Su
deseo de gloria y de inmortalidad iguala casi a su ansia de riquezas.
No pierde ocasión de situarse en primer plano en su relato,
en momentos en que no hay la menor duda de que miente. Véase
lo que dice del desastre de la calzada, cuando los mexicanos arrojaban
a los distintos reales las cabezas de los españoles muertos
y Bernal hace figurar la suya entre las que los aztecas identifican.
Cuando el licenciado Luis Ponce de León interroga a Cortés
sobre su conducta, no se olvida de preguntar por Bernal Díaz.
Esta
ambición de notoriedad de Bernal, este deseo de gloria
y riquezas, este sentirse de continuo postergado e insatisfecho,
es lo que mueve su pluma. Su libro es una desmesurada relación
de méritos y servicios, un memorial de las batallas en
que se ha hallado, según él le llama. Y para destacar
su personalidad tiene que elevar de nivel la de todos sus compañeros.
Cortés se nos aparece en sus páginas como la criatura
de una camarilla, que le lleva y le trae y le hace tomar decisiones
contra su voluntad.
Contra
esta actitud ha de precaverse el lector que no esté versado
en la historia de la Conquista. La parte de Cortés en la
empresa es muy superior a la que Bernal le reconoce. Su mayor
mérito es el haber bregado con la banda de aventureros
que le seguía, de miras mucho más limitadas que
las suyas, y haberlos conducido a la victoria; el querer superar
siempre su propia marca, y, conquistado México, lanzarse
a nuevas expediciones,como la de las Hibueras y la de California;
pero la gloria tiene su precio. Y hasta la energía de Cortés
se derrumba después de la expedición a Honduras,
en que presenta todos los síntomas de lo que hoy llamamos
el breakdown nervioso pérdida de peso, insomnio,
angustia y, sobre todo, un miedo y una repugnancia terribles a
volver a su ambiente habitual, a reingresar en su propia vida,
su oposición desesperada a volver a la Nueva España.
Fuera
de este momento de desánimo, la entereza de Cortés,
su rango superior, su papel señero en la empresa, campean
en las páginas de Bernal, a despecho de las censuras que
le dirige. Sus compañeros eran hombres de excepción,
si se quiere, pero lo eran gracias a él. !Qué triste
espectáculo da el México conquistado cuando Cortés
desaparece de la escena o cuando se le restan poderes desde España!
!Qué inmenso es su ascendiente sobre sus compañeros
y sobre los indios!
Sobre
los indios de preferencia. Desde un principio Cortés sabe
imponerse a ellos en la paz y en la guerra, con aquel instinto
seguro que le hacía aceptar lo más extraordinario
como cosa común y corriente. Utiliza las profecías
existentes entre los indígenas: la llegada de Oriente de
seres superiores que habían de subyugarlos. Extrema la
justicia en sus tratos con ellos, hasta el punto de que a él
acuden siempre, y que su gran prestigio es visto con desconfianza
desde España y constituye uno de los motivos de su rutina.
Los
indios no son para Bernal un objeto de curiosidad, como lo serían
para un moderno. Son un objeto de salvación. Hay que sacarlos
de la idolatría y los vicios en que viven sumidos, esclavos
del dominio, para levantarlos al plano superior de la religión
y la ética cristianas. Bernal, buen soldado, sabe apreciar
la lealtad de los de Tlaxcala, el tesón magnífico
de los defensores de Tenochtitlán. "No se ha hallado
generación en muchos tiempos que tanto sufriese la hambre
y sed y continuas guerras como ésta."
No
es la nota heroica la única que se oye en las páginas
de Bernal. Sabe manejar la ironía y la burla con enorme
soltura. Sus blancos predilectos son los soldados que pasan a
la Nueva España después de Cortés y sus compañeros.
Son cobardes e ineptos, no saben combatir con los indios. Modelo
de ironía y de gracia es el relato de las expediciones
de Rodrigo de Rangel.
Los
méritos que podríamos llamar literarios para
entendernos de algún modo no son los únicos
del libro. Su valor histórico es muy grande. No se tiene
hoy ya a Bernal por autor de veracidad indiscutible, pero sí
mantiene su rango de hombre sincero y deseoso de decir la verdad.
Además, su ingenuidad permite señalar muy bien cuándo
deforma algún hecho.
Para
él, la historia es el testimonio de las acciones que se
han visto y en las que uno ha participado. No los pájaros
ni las nubes, dice, sino los soldados que han tomado parte en
las batallas, son los llamados a relatarlas. El cuerpo de su historia
está formado por su experiencia personal y tiene siempre
cuidado escrupuloso en indicar de dónde ha tomado sus datos
cuando él no se encontró presente. Esto lo vi en
una carta. Aquello me lo dijo un soldado. En esta precisión
es muy superior a la mayoría de sus contemporáneos.
Bernal
debió trabajar largo tiempo en su libro. Testimonios anteriores
a 1557 nos indican que lo tenía empezado. En 1563 lo daba
por concluido ya. En 1568 lo pone en limpio. En realidad, no lo
concluyó nunca. No veía de un modo claro la manera
de darle fin.
Una
copia que había remitido a España antes de 1579
fue utilizada por un fraile mercedario, el padre Alonso Remón,
para su edición de la Verdadera historia, publicada en
1632 Bernal ya había muerto en 1584, según
los datos más recientes, sin ver impreso su libro.
La
edición de Remón ha sido censurada con exceso. Salvo
algunos añadidos, con los que quiso aumentar la gloria
del padre Olmedo, mercedario que forma parte de la expedición
de Cortés, el texto es perfectamente fiel, con leves retoques
al borrador de Bernal, que hoy conocemos.
Este
borrador, que se conserva en Santiago de Guatemala, donde Bernal
murió, es el que ha servido de base para todas las ediciones
recientes, hechas según la publicada por Genaro García
en 1904.
Hemos
tenido a la vista las dos ediciones Remón y G. García,
junto con la preparada por nosotros en Madrid, que la guerra de
España dejó sin concluir en 1936.
El
texto que damos está modernizado en forma indispensable
para que lo comprenda el lector de hoy. Puede decirse, sin exagerar
mucho, que el texto primitivo de Bernal forma un solo párrafo.
No sabía puntuar y escribe de un tirón. Nada hemos
alterado en el texto, salvo la ortografía. Lo hemos aligerado
un tanto, porque Bernal es muy redundante y se repite más
de la cuenta. Esto ha hecho necesario alterar la numeración
de los capítulos. Pero que esté tranquilo el lector.
Tal como le ofrecemos la obra, forma un cuerpo coherente en el
que nada se ha suprimido que sea esencial y sí bastantes
cosas prolijas y enojosas.
Hemos
puesto al pie de las páginas las notas que nos parecieron
indispensables para una mejor comprensión del libro. Las
más de las veces para explicar vocablos anticuados. No
es tarea fácil anotar un texto. El lector encontrará
que las notas abundan más al principio. Ello se debe, en
parte, a que la materia mejor estudiada hasta hoy es la conquista
propiamente dicha, hasta la caída de la capital azteca.
Queda todavía mucho por hacer en el estudio de la historia
de nuestro país.
Prólogo
a la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España,
por Bernal Díaz del Castillo. Edición modernizada.
México, Nuevo Mundo, 1943
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