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CONVENTO DE SANTA CLARA

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Convento de Santa Clara:

Convento de las Claras
Convento de Santa Clara

Es el templo conventual de clarisas franciscanas de Medina del Campo. Como ocurre con otras muchas casas de esta orden religiosa su origen se confunde con la leyenda. Según recoge el Padre Gonzaga en su crónica de la Orden Franciscana, el cenobio medinense fue fundado por deseo de la propia Santa de Asís, quien enviaría a dos hermanas de religión a erigir esta casa, contando con el apoyo del monarca Don Fernando III el Santo. Esta primitiva fundación del siglo XIII seguiría contando con el apoyo real y nos es conocida la sucesiva intervención de los monarcas Don Pedro I el Justiciero y Don Enrique III [Gif]. Las fábricas conventuales en su estado actual proceden de comienzos del siglo XVI -la cabecera- y del siglo XVIII -el cuerpo de la iglesia- [Gif]. Según parece en la decimosexta centuria se reedificó el templo, corriendo los gastos a cargo de una familia desconocida que adquirió el patronato de la capilla como lo prueban los arcosolios con finalidad funeraria abiertos en el presbiterio y los escudos situados en sus muros. Está documentada la participación en el año de 1541 del alarife Juan Verdugo, quien se comprometió a realizar la armadura de limas que cubría la nave, lo que nos indica que por esas fechas la mayor parte del edificio debía de estar finalizada [Gif]. En el de 1568 Juan Martínez se concertó para construir una pared de ladrillo a la altura de la cabecera [Gif]. En el siglo XVIII, y posiblemente por su estado ruinoso, se rehizo completamente la nave, cubriéndola con bóvedas de arista pero respetando la planta primitiva.

Retablo Mayor
Retablo Mayor

La iglesia, como todas las medinenses, está construida en ladrillo, reservando la piedra para zócalos, portadas y nervaduras. Se levanta sobre una planta rectangular de nave única con capilla plana, característica de templos conventuales y acorde con la sobriedad propia de la orden franciscana. La cabecera, muy profunda y resuelta en dos tramos cerrados con bóveda de crucería. se habría a una nave rectangular cubierta, por influjo mudéjar, con una armadura de limas que desapareció en la reconstrucción dieciochesca de esta parte del edificio.

La capilla es, pues, lo único que ha subsistido de la iglesia gótica. Es rectangular jalonada exteriormente por contrafuertes de ladrillo que absorben en empuje de las bóvedas. Estas con de crucería con nervios exclusivamente rectos que diseñan estrellas de seis puntas separadas por un arco medianero. Los nervios apean en ménsulas molduradas y con decoración plateresca de hojas. La iluminación se efectúa por medio de una ventana de medio punto y un óculo abocinado y sin ornamentación que se abren, una sobre otro, en el lienzo Sur.

Iglesia de Santa Clara
Iglesia de Santa Clara

El exterior es igualmente sobrio y de tosca realización. El ladrillo sin vanos proporciona una sensación de pesadez que no amortiguan los contrafuertes, potentísimos, en talud y sin ornamentación, que ascienden hasta la cornisa. Esta se compone de una banda en resalte y otra de ladrillos cortados con perfil de gola. Se cubre con tejado a cuatro aguas.

La capilla conserva un magnífico óleo de la Virgen de la Antigua procedente de la otra parroquia del mismo nombre ubicada en el cerro posterior al convento, ya desaparecida en el siglo XVIII y un Cristo gótico en el altar mayor de mediados del siglo XIV.

Fue fundada durante el reinado de Fernando III el Santo, en 1.230-1.252. En 1301 se reconocen diversas franquicias y privilegios a este convento, según carta firmada por el Rey Fernando IV.

Existió una pequeña ermita de Santa Catalina con la imagen de Nuestra Señora de la Antigua, fue transformada en monasterio de Santa Eufemia de la orden de San Damián hasta la promulgación de la Buda (Beata Clara) por el Papa Urbano IV. A instancias del rey Pedro I, se llevó a cabo su reedificación en 1.350-1.369 y en 1.570 es reconstruido nuevamente bajo los auspicios de don Álvaro del Castillo.

En 1.732 y 1.960 sufrió ambos incendios, deteriorando la imagen exterior del convento.

Carretera Medina-Olmedo. Dibujo autor página: Convento de Santa Clara, Horario de culto: 8 h. verano. 8:30 invierno.

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24-02-06 - ORÍGENES DE LA FUNDACIÓN DEL MONASTERIO DE SANTA CLARA DE MEDINA DEL CAMPO

Algo confuso está el saber fijamente la fecha de la fundación de este Monasterio, intitulado primeramente de santa Eufemia, después de Santa Catalina mártir, y más tarde de Santa Clara, tras la muerte y canonización de ésta.

La destrucción acaecida 16 años después de ser profetizada, la misma, por la religiosa Sor Inés Ortega, y a los posteriores incendios que arrasaron el archivo del Monasterio, nos han privado de documentos de incalculable valor, como sería la "BULA FUNDACIONAL", imprescindible en el momento de querer reconstruir la historia del mismo. No obstante, apoyándonos en los datos, que de manera oral, unos, y que han sido recopilados de distintos archivos y documentos, aún existentes, otros, trataremos de dar una breve historia de este Monasterio, lo mas ajustada posible a la realidad.

Los historiadores difieren en lo que a las fechas y circunstancias se refieren. Lo que sí es indudable, es: Que la fundación se hizo en vida de Santa Clara. Esto nos lo confirma:

1º) La Bula "CUM SICUT VESTRA" que su S.S. Inocencio IV nos dirigió desde Lyon, el 2 de junio de 1.246. Este es el documento gráfico más antiguo que conocemos; el cual aunque no nos da con exactitud la fecha fundacional, si nos hace afirmar la existencia del mismo, unos cuantos años antes.

Si se tiene en cuenta, que, con esta misma fecha se dirigió una Bula del mismo tenor a los conventos de Burgos y Zamora, fundados respectivamente en los años 1.,234 y 1.237, podemos tener una idea más aproximada de la fecha en que fue fundado este Real Monasterio.

2º) Otra prueba más que avala nuestra afirmación, es la existencia en el archivo de una carta Real del Rey de Castilla D. Sancho el Bravo, en la que se dice: Viemos previllejos del Papa Alejandro IV, de gracias y franquezas que fizo a las dueñas del Monasterio de Santa Clara de Medina del Campo... etc. y habiendo gobernado la iglesia el Papa Alejandro IV desde el año 1.254 al 1.261, es de suponer, que el mismo llevaría ya algunos años de existencia, y naturalmente ser edificado y habitado viviendo aún Santa Clara, la cual murió el año 1.253, un año antes de la elección de dicho Papa.

Según escribe el Venerable Gonzaga, y es de tradición común, la fundación del Monasterio fue llevada a cabo por el Rey D. Fernando III el Santo, quien, según el P. Cardeñoso O.F.M. no hizo más que continuar la fundación que ya había comenzado su predecesor el Rey D. Enrique I.

Sea como fuere, la tradición sigue diciéndonos, que para dicha fundación, los susodichos reyes, hicieron traer de San Damián dos discípulas de Santa Clara, las cuales habitaron en este Monasterio y están enterradas en la iglesia, al pie de la reja del coro. Estas convivieron con dos religiosas medinenses y a las cuales dieron sepultura, dentro del coro, llamadas Sor Francisca de Bracamonte y Sor Inés Ortega, que se distinguieron por sus virtudes y a las cuales las dotó el Señor de grandes gracias. La primera mereció que la revelase Dios el día y la hora de su muerte, y la segunda, por su ejemplar virtud y mortificada vida mereció que el Señor la favoreciera con el don de profecía, pues estando para morir, predijo que habría de venir una gran ruina para el Monasterio y la dispersión que habría de padecer en ella. Sucedió como la había predicho, arruinándose todo 16 años después del vaticinio, y fue necesario que la Provincia dividiese las 30 religiosas que entonces tenía, por otros de ella hasta que reedificado, se volvieron a él. Este derrumbamiento es uno de los acontecimientos más notables en la historia del Monasterio, al tiempo que es uno de los hechos que mejor se puede comprobar por las Cartas reales que existen en el archivo, comparando con las que subsiguieron.

La fecha que podemos fijar entre los años 1.285 y 1.290. Ya el Rey Alfonso X el Sabio, en la carta que envía a las religiosas desde Sevilla, con fecha 12 de octubre de 1.268, las tranquiliza en lo que se refiere al estado ruinoso del edificio, y en lo que respecta a algunas personas, que ante el deterioro que ésta presenta, quiere hacerlas salir a la fuerza de él. Dice en la carta: Commino... a que minguno sea usado de las facer fuerzas, nin daño a ellas, nin a ninguno de sus casas... nin en la iglesia, nin en el empiso del sobredicho Monasterio... sin sacar ende soca ninguna por fuerza... etc.

En el año de 1.285, el miedo de las monjas a ser sacadas del Convento, por su estado ruinoso, continúa, y el necesario que el Rey D. Sancho confirme con una carta dada en Burgos el 31 de marzo, del mismo año, la de su padre D. Alfonso.

Existe otra carta del mismo Rey D. Sancho, fechada en Valladolid a 2 de junio de 1.290, en la cual, ya no se defiende a las monjas de aquellos que las querían sacar a la fuerza de su Monasterio, sino que se anima a las Dueñas a entrar en él, a que lo puebles de nuevo, aunque siempre permaneciendo en el Monasterio el suficiente número de monjas, para atender a la reconstrucción del Monasterio y para que la vida de Comunidad subsistiera; en la carta de la que venimos hablando, el Rey confirma el privilegio del Papa Alejandro IV, para tener bienes y posesiones, lo que nos da a conocer que en esta fecha de 1.290, el Monasterio se había derrumbado, lo urgente era la reparación del edificio, por lo cual pidieron al Rey la confirmación del Papa Alejandro IV "para tener bienes y posesiones y cualquier otra cosa que les dieren por reyes y prelados u otros hombres..." como asimismo "facilidades para allegar recursos con que repararle o edificarle de nuevo".

Al llegar a este punto, es necesario hacer un inciso en la narración para aclarar algo que pareciera quedar oscuro, y que sin embargo, pudiera ser la base sobre la que verdaderamente estuviese atentada la forma y vida de la Comunidad de "FREIRAS MENORES" de este Monasterio, como así mismas se intitulan.

Podría parecer raro que las monjas pidan al Rey D. Sancho en el año 1.290, la confirmación de un privilegio concedido por el Papa Alejandro IV entre los años 1.254 y 1.261; esto no nos hable veleidad de las monjas, en pedir un privilegio que luego no usarán, sino una estima por la altísima pobreza, como fiel reflejo de la Regla que San Francisco escribió para Santa Clara y sus primeras discípulas a su regreso de Siria, y prueba clarísima, de que la Comunidad, no admitió la Regla de San Benito, sino la "informe" dada por San Francisco, o la escritura después de su viaje a Siria.

Por su amor a la Santísima Pobreza, y a pesar del Privilegio Papal, las monjas no hace uso de él hasta 1,290, en que se encuentran sin recursos suficientes para hacer frente a las primeras obras de restauración del Convento.

Estos dos detalles, el de la pobreza viciad hasta sus últimas consecuencias, y el nombre con que se intitulan de "Freiras Menores" nos confirma en lo que más arriba apuntábamos, en lo concerniente a las primeras fundadoras del Monasterio.

Enlacemos de nuevo con la narración cortada por el inciso, vemos como las monjas siguieron acudiendo a los reyes en demanda de ayuda, como se ve en dos cartas reales de D. Fernando IV el Emplazado, la primera fechada en 1.295, en la que confirma las gracias y privilegios que les habían concedido su padre el Rey D. Sancho. Y la segunda, fechada en Medina "a dos días andando del mes de enero de 1.302", concediendo a las monjas que puedan heredar, es un documento que prueba con claridad la ruina del Monasterio. D. Fernando no se contenta con haber confirmado las gracias y privilegios concedidos por el Papa Alejandro IV y por el Rey D. Sancho su padre, sino que añade otras nuevas concesiones, para que puedan llegar recursos. El mismo Rey les hizo la gracia de seis excusados, libres de toda carga, como consta en el documento guardado en el archivo del Monasterio.

Por último, el Rey D. Alfonso XI confirma las cartas que sus predecesores dieron en favor del Monasterio, y así dice en Carta real fechada en Toro a 4 de diciembre de 1.313 "E agora el abbadesa e convento de las Dueñas de este monasterio sobredicho, embiaronme pedir por merced que yo las confirmase estas tres Cartas sobredichas". Al llegar aquí, tenemos que enlazar con la tradición referida por Gonzaga, y que asegura que la reconstrucción del Monasterio fue hecha por D. Pedro I el Cruel, aunque en realidad la obra fue costeada por nobles medinenses entre quienes hay que destacar a los Duques de Maqueda y los Marqueses de Alcañices.

Grandes dotaciones recibió también el Monasterio especialmente del Rey D. Enrique IV según se desprende de las cartas reales de los Reyes Católicos, de Doña Juana La Loca y otros reyes posteriores, confirmando la que dio Enrique IV en favor del convento.

También dotó al Monasterio Doña Leonor, Reina de Aragón"con algunos miles de maravedíes..." dotación que fue confirmada por su hijo D. Juan, Rey de Navarra, y Reyes posteriores de Castilla.

Desde estas fechas de la reconstrucción del Monasterio, pasamos casi en silencio, sin hechos de mayor relieve, si no es las continuas gracias que los Reyes de Castilla siguen concediendo a las monjas, y así se conservan detalles de sus vidas, pero se sabe con certeza que destacaron por su vida ejemplar.

Nos encontramos de nuevo rodeadas de las gracias del Señor, esta vez por n¡mediación del muy noble Señor D. Álvaro del Castillo, quien el el año 1.512 edificó de nueva planta la Capilla Mayor de la Iglesia, fundando en ella una capellanía perpetua y dotando al mismo Monasterio; por lo que desde entonces quedó el patronato de dicha Capilla Mayor en el Mayorazgo de esta familia. Desde el año de 1.752 al año de 1.781, 6 religiosas, cuyos nombres y ascendientes, constan en el archivo, entraron en la Comunidad con las dotes que daba el Patronato de la susodicha Capilla Mayor.

En el tiempo de la edificación, era Abadesa Sor Elvira Nieto, a quien, debido a sus muchas virtudes, profesaban gran veneración y afecto, en particular el mismo D. Álvaro.

El año 1.794 en que se apoderaron los franceses de gran parte de las provincias Vascongadas, se vieron las religiosas de aquella comarca en la precisión de abandonar sus Conventos, y ésta Comunidad recibió entonces a dos Hermanas del Convento de Vergara, llamadas Sor Mª. de S. Francisco y Sor Mª. de S. José y Elguero, las cuales permanecieron aquí desde el 12 de diciembre de 1.794, hasta el 30 de octubre de 1.795, en que firmaba la paz y los franceses devolvieron el Convento, el cual había sido convertido en cuartel, y volvieron a él todas las religiosas.

También en otra ocasión sirvió este Convento de refugio a una Hermana del Convento de Tordehumos, llamada Sor Francisca Laguna, la cual permaneció aquí desde 1.824, que sufrió un incendio su Convento, hasta el 2 de junio de 1.830.

Con la llegada de Napoleón a España, en 1.803, la paz y el sosiego de la Comunidad, de nuevo fueron alteradas; las Hermanas se vieron precisadas a huir a un lugar distante una legua del convento, llamado Pozal de Gallinas en donde fueron acogidas por familias amigas. De las 19 religiosas que se componía la Comunidad, no quedaban más que 11, las restantes se encontraban con sus parientes, por miedo a los franceses, quienes como se temía, el 23 de noviembre de 1.809 entraron en el convento, "lo saquearon, y se llevaron en efectivo 240 reales, todo lo que encontraron en la despensa, así como dos cubiertos y 1 cuchillo de plata, 2 cálices y 1 copón; cuanto, por lo mucho que se llevaron, el tiempo que quebrantaron puertas y ventanas"

En cuanto se serenaron las cosas, las religiosas volvieron a su Monasterio.

La Comunidad había quedado sumida en la mayor penuria, por lo que se vieron precisadas a elevar un memorial a S. Majestad pidiéndole continuara con la merced de las 240 cargas de trigo, con que eran antes agraciadas.

No obstante, la paz no se había del todo restablecido, y las Hermanas seguían padeciendo por parte de las tropas francesas, quienes las visitaba, cómo y cuándo querían entrando en el Monasterio y llevándose cuanto encontraban y llegando incluso a golpear a las religiosas. Una noche, las Hermanas tocan a maitines, es una fría noche de febrero, cuando en ese mismo momento, un soldado, D. Vicente Hortuza cae herido, esto les lleva a pensar que el toque de las monjas es una contraseña con el bando enemigo, y sin mediar más, se presenta en el convento, el Señor Corregidor y la tropa, quienes se llevaron prisionera a la M. Abadesa Dñª. Lucía Llamas, al convento de las monjas Isabeles, donde permaneció por espacio de 2 meses.

En el año 1.835, es también de tristes recuerdos para la historia del Monasterio, la desamortización de Mendizabal cayo sobre él, como sobre todos los del resto de España.

Sólo quedaban en él 9 religiosas, a las cuales les fue asignada una pensión de 4 reales para cada una, y como las licencias para recibir novicias, también habían sido suprimidas, el número de religiosas en 1.845, quedó reducido a 7.

Cuando en el año de 1.853, las licencias fueron de nuevo concedidas, había 8 novicias esperando se les concediera el permiso para tomas el hábito, siendo la primera en recibirlo, la religiosa de coro, Sor Mª, Santos Gutiérrez de grata memoria.

En el año. 1.868, arreció de nuevo la tempestad y la Comunidad corrió el peligro de ser expulsada del Monasterio; fue necesario pedir ayuda a personas influyentes que se interesaron por las Hermanas y que pidieron prorrogas al Gobierno, hasta tanto que apareció el Patrono de la Capilla Mayor, que era a la sazón D. Vicente Diezquijada, por su esposa Dñª. Micaela Gallo, quien salió al frente del convento.

También en estos tiempos de dolor y desolación, la divina Providencia sigue suscitando almas a El consagradas, que por medio de la vida comunitaria, y en la estrechez de la pobreza vivida bajo el carisma de Francisco y Clara, sigue dando gloria al Dador de todo bien, al tiempo que sirven de ejemplo y estímulo a aquellas con las que conviven; tal es el caso de nuestra hermana del coro Sor Teresa Peláez, religiosa de admirable virtud y superior talento. La cual murió a los 23 años de edad y 6 de hábito, el 18 de septiembre de 1.890, dejando edificada a la Comunidad por los grandes ejemplos de virtud que la dejó, especialmente por la humildad y paciencia con que sufría todas las enfermedades y pruebas de todo género. Fue un alma verdaderamente seráfica.

Unos años más adelante nos encontramos con otra Hermana, ejemplar por su virtud: Sor Asunción de Jesús Íscar, que murió el día 2 de octubre de 1.907 a la edad de 24 años y 9 e hábito criatura verdaderamente privilegiada y a quien había tocado el suerte un alma buena, pues nuca se la vioalterada, sino gozando siempre de suma paz, a lo que ayudaba mucho, el cuidado y esmero con que hacía las obras ordinarias, las que practicaba con tal espíritu, que bien se comprendía no tenía otras miras en todos sus actos que el amor a Dios y al prójimo. Era pura y sencilla como una paloma, y humilde y caritativa hasta el extremo, unido a una gran dosis de prudencia, era motivo, de que, a pesar de sus pocos años, todas la religiosas acudían a ella en sus necesidades, con la más absoluta confianza.

En el año de 1.912, nos encontramos con otra santa religiosa, también muerta en la flor de la vida; 15 años contaba, solamente Sor María Castañón, "La Niña María", como se la llamaba, cuando el Señor la llamó junto Sí. Había nacido en Palencia, y era sobrina de D. Manuel Diez-Quijada, sucesor directo del fundador del patronato de la Capilla Mayor.

Era un alma sencilla y entregada, cuya máxima aspiración era ser "esposa de Jesús". El Señor tenía puesta sobre ella la mirada, mirada de predilección manifiesta por medio de la enfermedad que muy pronto se manifestó, con carácter de incurable, su familia acudió solícita llevándosela a los mejores médicos entonces conocidos, más allá desde el primer momento manifestó su deseo de morir con el pobre sayal franciscano, dentro de los muros de su amado convento. A él regresó sin esperanza alguna de curación, en el que después de haber edificado a todas las hermanas por su paciencia y conformidad con la voluntad Divina, y tras haber recibido la Profesión Religiosa, "in artículo mortis", murió el 16 de octubre de 1.912.

Reanudando de nuevo con la historia de nuestro Monasterio nos encontramos en el año 1.903, exactamente el día 13 de enero fecha muy recordada entre las Hermanas y que mereció especial relieve, ese día, en estos nuevos tiempos. Vienen por primera vez a este convento, con el cargo de Capellanes y Confesores, los PP. Franciscanos de la Santa y Apostólica provincia de San Gregorio de Filipinas, y el primero fue el P. Martínez, del convento de San Antonio de Ávila, quien vivió en la Casa-vicaría destinada a los Capellanes, ejerciendo el cargo de confesor y el de capellán, hasta su muerte, acaecida 29 años después de su llegada.

Hasta el año 1.940, esta Provincia de San Gregorio se hizo cargo de la Capellanía, pero al llegar esta fecha y al haber sido martirizados en la guerra civil española, 75 miembros de dicha Provincia, el P. Provincial, se vioprecisado a llamar al P. Eduardo de la Torre, que a la sazón, ejercía el cargo de Capellán, el 28 de octubre de dicho año, por falta de PP. en la Provincia.

Quedó pues la Comunidad sin asistencia de los PP. Franciscanos, y siendo atendidas durante dos meses por algunos sacerdotes de la villa, hasta que al final, viendo que no había perspectivas de que los PP. volvieses, la Comunidad acudió al Rvdmº. P. General, por medio del P. Mariano Fernández, residente en la Curia Generalicia, el cual influyó ante el mismo P. General para que de nuevo tornasen los PP. Franciscanos a esta Capellanía, lo cual se consiguió en diciembre de 1.940 cuando la Provincia de Cantabria se hizo cargo de ella, siendo la Comunidad de Valladolid la encargada de atenderla. El primer franciscano de Cantabria que vino a ocupar el cargo de capellán, fuel el P. Segundo Bilbao.

Estuvo atendida la Comunidad por los Hermanos de Valladolid, hasta el 3 de octubre de 1.982. Al llegar a esta fecha, nos encontramos de nuevo ante el problema de la escasez de personal por lo que el P. Provincial, Fr. Eusebio Unzurrunzaga, se vio en la necesidad de retirar, de manera definitiva, al P. José Ángel L- de Guevara, que en ese momento ejercía el cargo de Capellán y confesor de la Comunidad. De esta manera, la capellanía pasó al Arzobispado, y el Señor Obispo D- José Delicado nos mandó al sacerdote diocesano D. Enrique Barrientos, como primer Capellán diocesano de la Comunidad.

En tiempos modernos queremos hacer reseña de nuevos sucesos acaecidos en la Comunidad y, que merecen como los anteriores entrar en el marco de este breve resumen histórico.

El primero de estos sucesos lo constituye la nueva destrucción que sufrió la fábrica del Monasterio por causas de un incendio. El 2 de marzo de 1.960. Mientras las Hermanas elevaban sus cantos de alabanzas al Señor en este histórico despertar del Miércoles de Ceniza, y ofrecían al Señor este público reconocimiento de su nada y pecado, otro era el canto que el Señor aceptaba, simbolizado en el elevarse trepidante de las llamas, y otro el reconocimiento de la propia nada, ante la destrucción a escombros y cenizas del propio Monasterio.

Hecho éste que dio lugar a probar, una vez más, como el Señor quiere a sus Clarisas en Medina, y que se vio coreado por la voz de las mismas, en la contestación que M. Teresa Pedrosa, a la sazón Abadesa, diera al Prelado de la Diócesis, D. José García Goldázar, cuando éste dijo al ver las ruinas a que había quedado reducido el Monasterio "Dentro de unos años, habrá más", a lo que Sor Teresa, con aquella resolución que la caracterizaba, respondió "Pues yo de aquí, no me voy" queriendo ya indicar, que la decisión de levantar de nuevo el Monasterio, estaba tomada.

Grandes y hermosas anécdotas, hermosa historia podría redactarse sobre este hecho, al vivir prácticamente la totalidad de las Hermanas, de las 22 que en esos momentos constaba la Comunidad; bástanos señalar, que en el siniestro hubo una víctima mortal, el Teniente Coronel de la Guardia Civil, D. Ángel Ramos Patiño, y dos heridos de gravedad, los Capitanes, también de la benemérita Guardia Civil, D. Moisés Rodríguez Escudero y D. Santos de Amo.

La reconstrucción, como hemos indicado, se logró en primer lugar por la serenidad de M- Teresa, ella y cuatro hermanas más quedaron al frente de la obra, mientras que el resto de la Comunidad fueron repartidas por los conventos de Tordesillas, Santa Isabel y Santa Clara de Valladolid, donde permanecieron durante los 15 meses que duraron las obras. Desde estas líneas, nuestro público agradecimiento a estas Hermana.

Esta nueva destrucción del Monasterio, dio lugar, a que el pueblo de Medina, diera pruebas, una vez más del amor que tiene a "sus Clarisas", especialmente por medio de un hijo de la Villa D. Agustín Alonso Galicia (q.e.p.d.) A la sazón Concejal de obras del Excmº. Ayuntamiento, quien olvidado de sus quehaceres laborales y casi sus deberes familiares, se dedicó por entero a esta obra de Dios y de Medina. Desde aquí nuestro agradecimiento perpetuo a tan insigne bienhechor.

La obra tardó 15 meses en terminarse, gracias al esfuerzo de D. Agustín, y al trabajo callado y sacrificado de las Hermanas que habían quedado al frente de las mismas, y mantener al mismo tiempo el culto de la iglesia, que no sufrió dato en el siniestro.

Cuando el 4 de junio de 1.961, al volteo de las campanas parroquiales, y del propio Monasterio, volvieron a entrar en sus casas las Clarisas ausentes durante estos meses, la alegría y el júbilo eran desbordantes, al que se unieron autoridades eclesiales, civiles y pueblos en general, que quisieron unirse con las Hermanas, en la celebración de tan magno acontecimiento.

Otro hecho importante que reseñar, es la celebración que tuvo lugar en el Monasterio el 16 de abril de 1.969: La Comunidad en un pleno profesaba la Regla de Santa Clarisa, aprobada por el Papa Inocencio IV. Puede decirse que desde sus orígenes la Comunidad profesaba la Regla de Urbano IV, pero como respuesta a la Santa Iglesia, y como retorno a las fuentes, este día, histórico para la Comunidad, profesamos esta primera Regla de la Madre Santa Clara.

En el año de 1.971, se llevó a cano una primera obra de restauración de la iglesia, adaptándola al mismo tiempo a las nuevas normas litúrgicas, así mismo se construyó un coro adosado al presbiterio, desde donde se siguen mejor las funciones litúrgicas.

Y ya sin dejar casi las obras, el año de 1.975, dio comienzo otra de más envergadura: La construcción de un nuevo convento. El restaurado en 1.960, se deterioraba a ojos vista, y era urgente tomar una solución, y el acuerdo a que llegó la Comunidad, con su Abadesa, fue el de derribarlo y edificar uno de nueva planta en el mismo solar del anterior. Fue una obra laboriosa y costosa, para la cual contamos, como en la anterior, con una Abadesa voluntariosa, Sor Inmaculada Rodríguez, una Comunidad firme y un contratista lleno de ilusión, D. Luis Núñez, que al ser la primera obra que por su cuenta realizaba, la tomó con notable interés. Hubo grandes dificultades, pero todas se superaron, y el día 17 de diciembre de 1.976, inauguramos el nuevo Monasterio.

Como el trabajo de confección fallaba, comenzamos a fabricar algunos sencillos dulces que vendimos a las amistades, hasta que nos decidimos en serio por el trabajo de repostería y comenzamos a acudir al Monasterio de Porta Coeli (Dominicas de Valladolid) para recibir las primeras nociones; unos meses después, un afamado pastelero, poseedor de Medalla de Oro en el arte, D. Felipe López (q.e.p.d.) se nos ofreció para enseñarnos todo lo concerniente al oficio, aceptamos encantadas, y gracias a él, no sólo nosotras sino varios conventos de la Federación, y más allá, nos hemos visto beneficiadas.

De nuevo en el año 1.990, encontramos a la Comunidad buscando nuevas y duraderas formas de consolidad las paredes de la iglesia monacal, y mediante una ayuda de la Conserjería de Fomento, el 5 de febrero de 1.990 da comienzo este nuevo arreglo. La obra fue dirigida por el arquitecto D. Andrés San José y la realizó el constructor D. Jesús de Castro, de esta villa.

La obra con sus múltiples contratiempos se terminó en noviembre del mismo año, teniendo lugar la inauguración y apertura el día 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción.

La iglesia consta de dos cuerpos, por así decir, una Capilla Mayor, que contiene el presbiterio, de estilo gótico-mudejar, y la nave central de construcción posterior, posiblemente siglo XVIII. Las paredes han quedado en ladrillo, conforme a su construcción primitiva, y preside en la pared frontal, en ardo de medio punto, un Cristo del siglo XIII al XIV, restaurado en el año 1.986 por D. Francisco Santamaría. Este Cristo estuvo en el coro de las Hermanas, y cuenta la tradición, "que queriendo las religiosas fabricar capilla para su mayor decencia y decoro, le volvieron el rostro a la iglesia para que le venerasen los fieles, y volviendo por la mañana, le hallaron otra ves vuelto al coro el rostro santísimo, como antes estaba..." (Tomado del libro de Becerro).

En los arcos laterales de dicha Capilla Mayor, figuran unas imágenes de la Inmaculada del siglo XVII en talla policromada, de notable belleza, y en el lado posterior una imagen de Santa Clara.

En la actualidad la comunidad la componen 10 religiosas de votos solemnes, y nuestra vida litúrgica gira en torno a la Eucaristía y al canto de la Alabanza Divina.

Desde el año 1954 tenemos Exposición diurna del Santísimo Sacramento todos los jueves y domingos del año, y a partir del año 1.974 también la tenemos las fiestas de la Santísima Virgen de los primeros viernes de mes, como asimismo los días 18 en que celebramos el día vocacional.

También los días 19 de cada mes, tienen un carácter especial en nuestra liturgia, al celebrar en él nuestro día de oración por la Unidad de la Iglesia. Todas las contemplativas de la Diócesis, formamos a lo largo del mes como un único Monasterio, y así en cada uno de ellos, tenemos asignado un día para pedir por la Unidad. Nosotras elevamos preces especiales en Laudes y Vísperas, y la Santa Misa, si las normas lo permiten, se celebra la votiva por la Unidad.

El rezo de la liturgia de las Horas, lo hacemos según las normas de la O.G.L.H., cantando cada día en Laudes y Vísperas las partes comunes. Los días en que el oficio es la fiesta o solemnidad , lo solemnizamos más, cantando salmos y antífonas, así como los himnos de las horas menores. resaltando de una manera especial las celebraciones de los tiempos fuertes, y las Fiestas Marianas.

Nuestras Eucaristía no son demasiado concurridas debido a la lejanía del Monasterio, con respecto a la villa, pero sí acude el suficiente número de personas, como para sentirnos nosotras Iglesia, y ellas fortalecidas por esa fuerza que da la Liturgia bien celebrada. Hay que hacer una excepción con el mes de mayo, que ya por tradición, acuden personas de todas las edades, y desde todos los puntos de la villa, para honrar a la Virgen con ese sacrificio matutino. Durante todos los meses la iglesia se queda pequeña para acoger a los devotos de Nuestra Señora.

Desde hace cuatro años, también la gente que desea aprender a orar, se acerca con gusto a nuestro Monasterio, donde una Hermana dirige uno de los muchos "Talleres de Oración y Vida" lanzados por el P. Ignacio Larrañaga.

A nivel comunitario, hacemos los Ejercicios Espirituales por espacio de una semana, para lo cual nos gusta vernos acompañadas por un P. Franciscano. Mensualmente celebramos el día de Retiro o Desierto, donde las Hermanas a solas con su Dios, pasan el día en total soledad, silencio y oración.

El triduo que en honor de nuestra madre Santa Clara se celebra cada año, se ve cada vez más concurrido, buena muestra de la devoción que a Santa Clara, y del amor que a las Clarisas el pueblo entero siente, aunque nunca falta, quien la subir al locutorio a saludar a la Comunidad y tomar un refresco, eche de menos los cohetes y las hogueras, que, hasta hace unos años, desde las vísperas, anunciaban a todo el contorno que Santa Clara estaba cerca...y para terminar diremos que: Comunidad, tan reducida actualmente, se ha distinguido siempre en tres puntos:

1º Especial predilección por parte de los Reyes. a parte de los legados, juros, cartas, concesiones, etc., relatadas anteriormente, existen en la Comunidad, Cálices donados por S.M. Alfonso XII y por S.M. Alfonso XIII, y en un velo cuajado de lentejuelas de la Reina Doña María Cristina.

2º Aguante y perseverancia en el sufrimiento, con una gran dosis de fe en la voluntad de Dios.

3º Una gran capacidad de trabajo en las Hermanas, como expresión de pobreza y medio de encuentro con Dios, unido a un especial amor a Cristo Eucaristía, que es de donde dimana toda fuerza interior.

Dios quiera, que estos trabajos, glorias y sufrimientos, nos vayan ayudando a vivir cada día con más intensidad el espíritu de Minoridad y Fraternidad, de Francisco y Clara, a lo cual hemos sido llamadas a vivir en la Iglesia tratando siempre de el "El trabajo no apague el espíritu de Oración y Devoción al que todas las demás cosas deben servir".

En alabanza de Cristo y de su Santísima Madre. Amén.

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21-12-09 - Delicias navideñas en clausura
Tres conventos de monjas elaboran en sus obradores dulces típicos de estas fechas
La responsable del obrador pone en las bandejas la masa para las 'tejas'.
La responsable del obrador pone en las bandejas la masa para las 'tejas'.

Figuritas de mazapán, empiñonados, polvorones y turrones. «El secreto de estas recetas se basa en el amor por las cosas bien hechas», asegura sor Isabel, de las hermanas franciscanas-clarisas de Santa Isabel, más conocidas como las isabeles. Durante los dos últimos meses el obrador de este convento de clausura, sito en la calle Encarnación, no ha parado de funcionar preparando los dulces navideños que estos días se venden en su torno. «Lo que no se haya vendido antes del día 25 ya no se vende», apostilla la madre abadesa. Las 11 monjas que componen esta comunidad -excepto la mayor, que ya tiene 90 años- acuden a diario a echar una mano, a las órdenes de sor Esther. «Antes hacíamos alfombras artesanas pero llegó un momento en que no resultaba rentable. Coincidió que yo estuve ingresada en el hospital con una pastelera de Pollos y estuvimos hablando. Vino dos o tres días a enseñarnos a hacer 'ochos' y otros dulces y de eso han pasado ya treinta años», recuerda sor Ascensión.
RECETA NAVIDEÑA DE LAS ISABELES
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Turrón de las monjas. 250 gramos de azúcar. 250 de miel. Medio kilo de almendras. 125 gramos de terrones de azúcar. Seis claras de huevo. 100 gramos de obleas y agua de naranja. Preparar un almíbar con el azúcar y la miel y reservar. Llevar las claras a punto de nieve y mezclar con el almíbar. Calentar ligeramente. Cuando el caramelo esté al punto, incorporar las almendras picadas finas y sin piel y los terrones de azúcar humedecidos en agua de naranja. Remover y cuando de nuevo esté a punto de caramelo, retirar del fuego y poner en moldes rectangulares tapizados con obleas.

«Lo que más trabajo da en Navidad son las figuritas de mazapán porque las hacemos todas a mano», cuenta sor Esther, mientras mezcla con sus manos la masa para realizar sus famosas 'tejas'. «De los más de treinta dulces que realizábamos al principio, ahora hacemos sólo unos veinte. Hemos ido cambiando según se vendía y lo más complicado también lo hemos ido dejando de hacer. También hemos modificado algunas recetas quitándoles azúcar; las recetas primitivas eran demasiado dulces», añade Sor Isabel. Pero todo su recetario está a salvo, la madre abadesa ha recopilado en el libro 'Dulces y postres de las monjas', las mejores recetas conventuales propias de su congregación.

Las isabeles son uno de los tres conventos de monjas de clausura en la ciudad que realizan dulces navideños. Sus vecinas dominicas del Convento de Santa Catalina de Siena, en la calle Santo Domingo, acaban de mudarse al Monasterio del Corpus Christi por culpa de las humedades y las termitas, «pero ya hacía un par de años que cerraron el obrador», menciona sor Ascensión. «Curiosamente fueron 'las catalinas' las que más nos animaron a abrir el obrador», añade.
En la calle Juan Mambrilla está el Convento de la Visitación. Sus inquilinas, las salesas, también tienen en la repostería una importante fuente de financiación.

«Antes hacíamos mazapanes y polvorones por estas fechas, pero hace ya cinco años que no», explica María Rosa, la superiora de este convento de clausura. «No hay manos. Somos pocas y todo da mucho quehacer. En el obrado trabajan cinco monjas fijas y dos que ayudan cuando hay mucho trabajo. Desde el año 2000 que compramos un horno industrial sólo se trabaja tres días a la semana: los martes, los miércoles y los jueves. Se trabaja más rápido en menos tiempo», añade.

Al igual que a las isabeles, también fueron otras monjas las que animaron a las salesas a meterse en harina. En su caso fueron las de Portaceli. «Fueron muy generosas con nosotras. Podían temer la competencia y, al contrario, compartieron con nosotras muchas recetas», recuerda una de las hermanas del Convento de la Visitación. El Convento de Nuestra Señora de Portaceli, en la calle Teresa Gil, conocidas como las calderonas, sí que aumenta su oferta repostera estos días con polvorones, cordiales, pan de Cádiz «y barritas para hacer sopa de almendra», cuenta la madre priora. «Ya no hacemos turrones pero los cordiales rellenos de cabello de ángel tienen mucho éxito estos días», apostilla.

El último convento repostero de Valladolid es el de Santa Clara. Ellas tuvieron el apoyo de las isabeles y de las clarisas de Medina del Campo cuando echaron a andar, allá por 1992. Fueron las últimas en incorporarse al mundo de los dulces en la clausura pero las que más variedad de productos ofrecen en estas fechas. Mazapanes, peces rellenos de yema, delicias con cabello de ángel, polvorones, glorias y hasta troncos de Navidad.

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07-03-10 - El monasterio de 'Las Claras' cumple 50 años tras el incendio que lo asoló
La congregación medinense celebró ayer una eucaristía de acción de gracias
- ALICIA LADOIRE | MEDINA DEL CAMPO
José Antonio Herranz, antes de la misa en un altar que contó con una muestra de fotografías y recortes de periódico. :: FRAN JIMÉNEZ
José Antonio Herranz, antes de la misa en un altar que contó con una muestra de fotografías y recortes de periódico. :: FRAN JIMÉNEZ
 
Las jóvenes que se van a casar siguen llevando huevos al convento para que no llueva
En la actualidad hay once monjas que mantienen viva la tradicional repostería

Esta semana se ha cumplido el cincuenta aniversario del incendio que asoló gran parte del Monasterio de Santa Clara de Medina del Campo.

Fue el 2 de marzo de 1960 en torno a las seis y media de la mañana cuando comenzaron a sonar las campanas del convento. Campanas para llamar la atención de los vecinos de Medina por el fuego que se había declarado en el monasterio medinense y que, dado el fuerte viento que arreciaba esa mañana, provocó que las llamas se extendieran rápidamente.

Aquella mañana de Miércoles de Ceniza, los vecinos llegaron a la zona y rápidamente colaboraron en las labores de extinción del incendio junto con los cuerpos de seguridad, efectivos de la Guardia Civil, el Regimiento de Artillería y los bomberos de Valladolid. La ayuda por parte de la población de Medina continuó semanas después cuando comenzaron las obras para remodelar un convento que quedó completamente destruido por el fuego.

Recuerdos que permanecen grabados en la memoria de la Madre Abadesa Rosa María, que entonces era una niña y que vio como las obras que duraron quince meses, devolvieron al convento todo el esplendor del que había gozado antes del incendio.

«Agustín Alonso, nuestro querido Tinín que entonces era concejal, se entregó en cuerpo y alma para recuperar el monasterio, hizo de peón, arquitecto, transportistas y de todo hasta que finalizaron las obras», recuerda la Madre Abadesa.

El fuego de aquel 2 de marzo comenzó por un cortocircuito producido en la leñera. Desde ahí, se extendió a la cocina y al refectorio, que poseía un artesonado de madera como el resto del convento. Todo esto fue lo que provocó la propagación de las llamas rápidamente.

Hasta aquel día, 21 hermanas habitaban el monasterio más antiguo de la villa, hermanas que fueron trasladadas a los conventos de las Agustinas, Carmelitas e Hijas de Jesús. Quince meses después pudieron volver a su casa y desde entonces allí siguen realizando sus trabajos de repostería.

En la actualidad, son once las monjas que habitan el convento donde continúan elaborando los tradicionales.

El monasterio cuenta con un importante reconocimiento entre los vecinos de Medina pero las hermanas lamentan que cada vez sean menos las personas que se acercan hasta allí. «Desde que se hizo el paso subterráneo se nota que viene menos gente pero Las Claras siempre han tenido algo especial y nos sentimos muy queridas», afirma la Madre Abadesa.

En unos días se celebrará la Procesión de Sacrificio con el Cristo de Las Claras, una cita que atrae a numeroso público. Además, las jóvenes que se van a casar en la villa siguen manteniendo la tradición de llevar huevos a las hermanas para asegurarse que no lloverá el día de su boda.

Así sigue la vida cincuenta años después en este monasterio que celebró ayer a las seis una eucaristía de acción de gracias dedicada al pueblo de Medina. «Nunca tendremos palabras para agradecer los suficiente la ayuda que nos prestaron hace medio siglo» declara la Madre abadesa Rosa María.

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