El
último viaje de la Reina Isabel I de Castilla:
Medina del Campo-Granada
"LA
ÚLTIMA VOLUNTAD DE LA REINA"
México,
22-4-1519
Villa
Rica de la Vera Cruz
En
el día de ayer, Jueves Santo, 21-4-1519, Hernán
Cortés, junto con toda su armada, y en medio de una enorme
expectación por parte de los nativos de aquella región,
arribamos al puerto de Juan de Úlua.
Desde
allí nos dirigimos hacia la costa de la que fuera bautizada
Villa Rica de la Vera Cruz, llamada así por haber desembarcado
en Viernes Santo y Rica por aquel caballero que se acercó
a Cortés y le dijo "mira las tierras ricas y aprende
a bien gobernarlas"
Ese
mismo día recibió la primera embajada de Moctezuma
Xocoyotzin, señor de Tenochtitlan.
Sin
duda habíamos llegado a la que a la postre sería
la entrada para los conquistadores y principal puerto de comunicaciones
de España con el Nuevo Mundo.
Instalamos
el campamento en unas arenas cercanas a la costa, desde donde
se podía apreciar el esplendor y grandiosidad del Océano
Atlántico.
Era
una noche serena. Observando el firmamento pude apreciar en una
pequeña tienda la tenue luz de una vela. Sigilosamente
me acerqué a la misma y pude escuchar ligeramente unas
palabras:"espero mi Reina y Señora haber sido digno
de tu última voluntad
", frase que se repetía
una y otra vez.
Como
la tienda estaba abierta me acerqué y pude contemplar a
un fraile Franciscano. Tenía abundante barba, estaba recostado
en un jergón, con un sayo maloliente y hecho jirones, una
pequeña vela y una cruz de madera que mantenía entre
sus manos temblorosas a causa de los escalofríos ocasionados
por la fiebre que le invadía.
Como
pude le incorporé levemente la cabeza y mojé su
boca con un poco de agua. Este sorbo de agua le produjo un espasmo
que le devolvió la lucidez.
Al instante quise saber de las palabras que pronunciaba y se las
recordé. En primer lugar se presentó y me hizo saber
su nombre y ciudad natal:
"Me
llamo ahora Fray Rodrigo, hermano Franciscano, en otro tiempo
lejano Rodrigo de Morillo, natural de Medina del Campo, villa
que quedaría marcada por la muerte de la Reina Isabel,
e hijo de Juan de Morillo e Inés Ortiz, ambos pertenecientes
a la servidumbre de la Reina en el Palacio Real de Medina del
Campo (Anexo I), el primero como encargado de caballerizas y la
otra como cocinera."
Rodrigo
de Morillo entró en una especie de subconciencia y se trasladó
con sus palabras a otra época y otras tierras allá
por Medina del Campo, cuando él tenía la edad de
15 años (1504) y ayudaba a su padre en las tareas de las
caballerizas.
"Poco
nos podíamos imaginar los hechos que nos esperaban cuando,
en agosto de 1504, los Reyes llegaron a Medina del Campo padeciendo
fuertes fiebres y aquejados de molestias".
Don
Fernando no tardaría en recuperarse, no así la Reina,
que aquejada por la fiebre y presa del dolor que le producían
las noticias que le llegaban acerca de la locura que afectaba
a su hija Juana, no le dejaban recuperarse, junto con las pruebas
a las que Dios le sometió con la muerte de su hija Isabel
cuando ésta daba a luz, la muerte del Príncipe Don
Juan el 4-7-1497 y la de su hijo Miguel en 1500.
Una
vez hubo descansado durante unos días en el Palacio Real,
y con nuevas fuerzas quiso partir con Don Fernando al Monasterio
de la Mejorada (Olmedo) donde fue recibida por los frailes Jerónimos.
No pasó mucho tiempo y volvió de nuevo al Palacio
Real donde fuera atendida por sus médicos.
La
enfermedad se había extendido a sus venas y padecía
hidropesía, la fiebre no remitía y daba la sensación
de estar instalada en su propia médula. Rechazaba los alimentos
y su sed era insaciable.
A
pesar de su enfermedad pudo dictar su propio testamento (12-10-1504)
a fin de dejar clara la sucesión de Castilla, legando el
trono a su hija Juana (Anexo II).
La
Reina agonizaba. Desde todos los puntos del Reino se hacían
numerosas procesiones y peregrinaciones para pedir por la salvación
de la Reina. La servidumbre pasaba por los pasillos de palacio
cabizbaja, silenciosa y en estado de continua oración.
Un velo oscuro se extendía sobre la Villa de Medina.
El
23 de noviembre, tres días antes de su muerte, la Reina
todavía pudo estampar por última vez su firma "Yo
la Reina" (Anexo III y IV) en un codicilo que añadió
a su testamento, en el que entre otras cosas le preocupaba la
situación de los indios en el Nuevo Mundo, "cuida
de mis hijos en América" le ordenó a su
esposo suavemente. Pude escuchar las que para mi fueron sus últimas
palabras, y lo que sin lugar a dudas era su última voluntad.
Esas palabras me quedarían gravadas para siempre y serían
más tarde el motivo de mi existencia.
Cuando
la Reina supo que de todas partes del Reino se acercaban en peregrinación
para rezar por su recuperación dijo: "no lloréis
por mi, ni gastéis vuestro tiempo orando por una recuperación
inútil, rezad más bien por mi alma". Desde
Italia llegó a la Corte de la Reina un funcionario de aquellas
tierras, Próspero Colonna, para "ver a la mujer que
gobernaba el mundo desde su lecho de enferma
.."
Dos días antes del fallecimiento, y como presagio de los
días tristes que se avecinaban, se empieza a cubrir de
nubes el cielo. La Reina se confesó y pidió que
le cubrieran los pies, recibiendo poco después la extremaunción.
El
día 25 de noviembre la Reina agonizaba. El aire se espesaba
en la Plaza Mayor de la Villa de Medina, la gente caminaba en
silencio y rompía en lloros y oraciones en todas las iglesias.
En todas las capillas se oraba y los capellanes de la Reina dirigían
los rezos.
EL
martes, 26 de noviembre de 1504 por la mañana, pude observar
a través de la puerta de su habitación, que la Reina
permanecía en su lecho, tenía un color ceniciento
en su rostro, los ojos cerrados y una respiración irregular.
A su lado pude ver entre otros a su esposo Don Fernando, a Don
Pedro Mártir de Anglería, a su inseparable amiga
Beatriz de Bobadilla, Cisneros y otros miembros de la corte y
de su confianza.
Nada
tenía que ver con la mujer que siempre había conocido:
"Esta Reyna era de estatura, bien compuesta en su persona
e en la proporción de sus miembros, muy blanca e ruvia;
los ojos entre verde e azules, el mirar gracioso e honesto, las
façciones del rrostro bien puestas, la cara toda ella muy
hermosa e alegre" (Fernando del Pulgar- Crónica
de los RR.CC.)
Ese
día, que jamás olvidaré, entre las once horas
y el medio día, más bien hacia el mediodía,
la Reina jadeó suavemente, se agitó y su alma abandonó
este mundo. La Reina Isabel de Trastámara, la Reina de
Castilla, después de treinta años de reinado y a
sus 53 años de edad, nos había dejado.
Se
celebra en ese momento la primera misa Córpore in Sepulto
en el Oratório del Palacio Real de la Villa, iniciando
a continuación los preparativos para el traslado del regio
cadáver hacia su muy querida ciudad de Granada, tal y como
ella misma había dispuesto en su testamento.
Ese
mismo día estalla una fuerte tormenta y las campanas tocan
a duelo, contagiando su repicar a todos los pueblos del reino.
Don Fernando había ordenado que se celebrasen dos mil misas
por el eterno descanso de la Reina.
Se levanta apresuradamente en la Plaza Mayor, en el Portillo,
un estrado de madera, frente al Palacio Real, al lado de las obras
que en ese momento se realizaban para la construcción de
la Iglesia Colegiata de San Antolín. Desde una ventana
del Palacio Real pude observar como Don Fernando, bajo una lluvia
intensa, subía los peldaños del estrado acompañado
por Cisneros y el resto de la corte. El Duque de Alba enarbola
tres veces el estandarte de la Reina y proclama:"Castilla,
Castilla para nuestra Señora Soberana Juana".
Después, ante la ausencia de Juana, Don Fernando asumió
públicamente el título de Regente de Castilla y
recibió el homenaje de los grandes.
Don
Fernando envió correos a todas las instituciones del Reino
que partían hacia Granada, Córdoba, Valladolid,
Burgos etc, y ordenó preparar la comitiva que llevaría
los restos de la Reina a Granada.
Los
restos mortales de la Reina, después de que sus médicos
trabajasen durante toda la noche para embalsamar su cuerpo, son
revestidos de un burdo y penitencial hábito Franciscano,
tal y como había dejado escrito en su Testamento: "vestida
con el hábito del bienaventurado pobre de Iesu Christo
San Francisco
"
El
ataúd, construido por un carpintero del Palacio Real, Jerónimo
de Palacios, el moro, estaba construido de madera, sencillo y
austero pero fuerte, con una cama alta, también de madera,
para asentar las andas.
Fue
forrado con cuero de becerro y una funda encerada para no dejar
pasar el agua, que fue comprada a Diego de Madrid.
Se
hicieron provisiones de hachas (tea de esparto y alquitrán),
así como gran cantidad de velas y cirios grandes que se
utilizarían tanto para el trayecto como para velar los
restos de la Reina en aquellas iglesias en las que había
de hacer noche.
Muy
pronto se confeccionó una lista de personas que compondrían
el cortejo bajo la supervisión del escribiente y el contable
del Palacio Real:
CAPILLA:
Alonso
de Alua, Pedro Ruiz de la Cosa, Luys de Torres, Pero Sarmiento,
Mosen Pero de Logroño, Miguel de Carvajal, Martín
Velásquez de Arevalo, Juan Núñez de Portillo,
Alonso de Sepúlveda, Fernando de Leon, Françisco
de la Costana, Tomás Vandaquila, Sancho de Camara, Juan
de Bolaños, Iñigo Gomez de Ledesma, Garçia
Vegil, Françisco Garçes, Antonio Velazquez, Françisco
Medina, Pedro Martir de Angleria, Juan Martinez de Noalay, Don
Diego de Ribera, D. Françisco de Mendoça, maestro
Pero Ruiz de la Mota y Juan Lopez de San Martin.
CANTORES:
Juan
Roman, Juan de Céspedes, Pedro de Tordesillas, Juan de
Porras, Perote Valençiano, Fernando de Leon, Bernardo Bozmediano,
Antonio del Corral, Juan Rodríguez de la Torre, Blas de
Tortoles, Alonso de Mondejar, Bartolomé de Aluion, Vernaldino
de Baena y el organista Lope de Baena.
CAPELLANES
DE CAPILLA:
Antonio
de Madura, Françisco de Pastrana, Alonso Fernández,
Gilarte, Mosen Jacobo, Rodrigo de Soto, Fernando de Gamarra, Nicolas
de Rubira y Miguel de Ynestrosa.
MOÇOS
DE CAPILLA:
Juan
de la Rua, Fernando de Couarrubias, Juan de Tordesillas, Biçente
Rodríguez, Antonio de Bozmediano, Françisco de la
Vega, hijo de Toribio, y Françisco Rosillo.
OTRAS
PERSONAS:
El
alcalde Gallego, los alguaciles Morales, Villanueva , Ramirez
y Brauo, Pedro patiño y la Condesa de Camiña.
REPOSTEROS
DE CAPILLA:
Juan
de Zorrilla, Juan de Joara, Françisco Corbacho, Iñigo
de Arviçu, Alonso d´Auila, Juan de Villoria, Juan
Peres de Çamudio, Lope de Leguizamo y Pedro de Luxan.
REPOSTEROS
DESTRADOS:
Juan
Serrano, Bartola de Rapariegos y Gomez Peres de Madrigal. Ademas
de seis porteros, los coperos Antonio Lopez Navarro y Juan Daça,
cinco vallesteros de maza, seis monteros de guarda, los posentadores
Mondragón y Alonso de Montaluan, los continos Françisco
de Vargas, Françisco Aluares y Pedro Gaitan, veintiséis
hombres de oficios entre los que cuentan personal de plata, despensa,
aguadores, barrenderos, carnicero, gallinero, dos azemilas para
la despensa mas otras doce de otras labores, Fernando de Riuadeneyra,
encargado del transporte de las andas junto con cinco hombres
suyos, mi padre Juan de Morillo, encargado de 10 azemilas, seis
cocineros, treinta y cuatro mozos de despuelas y diez escuderos
de pie.
Una
vez revisada la lista y comprobado que en ella se encontraba mi
padre Juan de Morillo, poco trabajo me costó unirme a la
comitiva como ayudante de caballerizas.
Durante
todo el día y toda la noche se pusieron a punto los trabajos
que días antes habían comenzado a prepararse.
El
ataúd estaba cubierto de un paño de terciopelo negro
que había sido comprado a un comerciante de la Villa llamado
Sancho de Paredes, y que sirvió así mismo para forrar
los machos de las andas.
Con
una pieza de tafetán colorado de grana se acabó
de forrar un paño de brocado que se puso encima de las
andas.
Se
pone encima del ataúd, comprado al mismo mercader, un paño
de brocado de pelo carmesí, morado y verde, con una puerta
en el centro de color oro y plata, con un bordado de troncos de
granadas y un escudo de las Armas Reales, dispuesto todo ello
de tal forma que cubriese hasta el suelo.
Se
guarda en una caja de madera una pieza de paño aterciopelado
negro con una cruz de raso carmesí, que se utilizaría
para ponerlo sobre el ataúd en las paradas en las que se
hubiera de celebrar algún culto.
A
primera hora de la mañana del miércoles 27-11-1504,
apenas despuntado el alba, se pone en marcha la comitiva fúnebre,
en medio de una fuerte tormenta y acompañados en procesión
por una gran multitud, silenciosa y en medio de un profundo dolor
y llanto, arropando en el centro el féretro Real, arrastrado
por dos mulas. Parte con nosotros como responsable de la comitiva
D. Pedro Ruiz de la Mota.
Medina
del Campo estaba de luto y despedían a su Reina todas las
campanas de Iglesias y Monasterios. Un velo oscuro cae sobre la
ciudad que la viera gobernar durante tantos años.
Tal
y como estaba previsto, me uní a la comitiva acompañando
a mi padre y al cuidado y preparación de las mulas que
teníamos a nuestro cargo.
La
tormenta crecía en fuerza e intensidad y desde el primer
momento tuvimos el presentimiento de que esta nos impediría
en un momento u otro continuar el viaje.
La
ruta que se había dispuesto era la más rápida,
intentando aprovechar en todo momento las Cañadas y Caminos
Reales (Anexo V).
A
nuestra llagada a ARÉVALO, fuimos recibidos por una enorme
multitud que aclamaba a la Reina. Era grande el sentimiento del
pueblo de Arévalo, ya que en él la Reina había
pasado parte de su adolescencia.
A
las dos mulas que tiraban de las andas del ataúd, se les
fijaron unas fundas de terciopelo en ambos cuellos.
Rezamos
en el monasterio de S. Francisco y sus monjes ofrecieron una cruz
de plata que durante todo el trayecto fue llevado delante del
féretro.
El
capellán de la Reina, Juan Martínez, había
recibido el encargo, en el Testamento Real, de vestir y dar limosna
a los pobres que encontrase en el camino.
Pasando
por la pequeña localidad de GOTARRENDURA, llegamos a la
humilde población de CARDEÑOSA, localidad cercana
a Ávila, y que en su día viera morir, a la edad
de trece años, al hermano menor de la Reina, el Infante
Alonso. Reciben sus habitantes solemnemente el óbito real
y durante unos instantes se reza en la iglesia del pueblo por
su eterno descanso. A la salida, el Capellán de la Reina
reparte 204 maravedíes entre los pobres.
A
estas alturas, la tormenta seguía arreciado acompañada
de fuertes vientos que hacían tambalear las andas, y hasta
la llanura más extensa formaba grandes lagunas, solamente
las colinas eran seguras para la comitiva. "No hubo día
que el sol viésemos ó que salieran las estrellas"
(Pedro Mártir de Anglería).
Cuando
exhaustos llegábamos, después de mil avatares, a
un pueblo ó ciudad con los restos de la Reina, estos eran
velados durante toda la noche por sus habitantes, escoltados en
todo momento por parte de la Guardia Real que nos acompañaba,
y se encendían las velas y hachas que previamente habíamos
cargado en Medina del Campo. El resto del séquito descansábamos
siempre, a ser posible, en monasterios Franciscanos, ó
en los lugares que al efecto se habían preparado previamente,
para a la mañana siguiente, a primera hora, comenzar de
nuevo la marcha.
En
AVILA, una de las más grandes ciudades del Reino Castellano,
y ciudad que alcanzó su máximo esplendor y prosperidad
bajo el reinado de los Reyes Católicos, una enorme multitud
nos recibe al lado de las murallas y nos salen al encuentro los
nobles y el clero de la ciudad, rezando varios responsos y acompañando
los restos de nuestra Dama durante un trayecto, a pesar de la
fuerte tormenta que seguíamos padeciendo.
El
siguiente punto de referencia lo encontramos en CEBREROS, localidad
a la que la Reina llegaba por cuarta vez. Una de ellas en la víspera
de su Coronación el 19-09-1468, otra en la que hubo de
padecer un aborto en la antigua calle Mesoneros, y por último,
ésta en la que llegaba muerta con destino a Granada, y
en la que tuvimos que hacer una parada para que un carpintero
reforzase el ataúd con un armazón de madera y lo
engrasase a fin de que èste no se rozase con las andas.
Treinta
hombres del pueblo nos ayudaron a vadear el río Alberche,
que como consecuencia del temporal, que aún continuaba,
se había desbordado y destruido sus puentes.
Era
tal la magnitud de la tormenta y la negrura del día, que
hubo que contratar varios guías para que nos condujesen
por zonas seguras, ya que los caminos estaban prácticamente
inundados y perdidos.
Con
gran pena perdimos mi padre y yo varias mulas que reventadas por
el cansancio se desplomaban en los caminos. "Las caballerías
ya no tenían fuerza para sacar las patas de los lodos en
los que se hundían. Muchas veces se caía la carga
y otras muchas las mulas caían en fosas abandonándolas
a su suerte, así como parte de la carga por no tener suficientes
mulas para llevarla".
El
Capellán Juan Martínez, que días atrás
había regresado a Medina del Campo, nos daba alcance con
seis mulas en las que traía pan cocido y otras provisiones,
función que alternó en alguna ocasión con
el alguacil Ramírez.
Atravesamos
tierras de pinares oscuros y de suelos de granito encharcado por
el agua. Pasamos por delante de los Toros de Guisando, según
cuentan algunos, un monumento fúnebre levantado entre los
siglos III y II a.c. y que se encuentra dentro la senda de la
Cañada Real, por la cual nos guiamos.
En
SAN MARTIN DE VALDEIGLESIAS, somos recibidos por los vecinos y
conducidos hasta el Castillo de la Coracera, que en otro tiempo,
ya lejano, sirviera de residencia a la Reina cuando fue proclamada
heredera de Castilla.
Poco antes de llegar a Toledo hicimos otra parada para reforzar
de nuevo el féretro con dos cueros de becerro, que nos
proporcionó Don Diego de Madrid, y que fueron encerados
de nuevo, ya que las inclemencias del tiempo lo iban deteriorando
cada vez más.
El
4 de diciembre llegamos a la ciudad de TOLEDO, ciudad fuertemente
ligada a la Reina Católica. En ella se crearía el
Tribunal de la Santa Inquisición en 1485 y se firmó
el decreto de expulsión de los Judíos en 1492.
Hacemos
una parada y el avance se dificulta a causa del barro y la crecida
del Tajo. Los caballeros y nobles de la ciudad recogen el féretro
de la Reina a las afueras de la ciudad, en la puerta de Cambrón.
" Se recibe a la Reina como viva y se la despide como
muerta para poder aclamar a Juana como Reina". "La
comitiva se plantea contradecir la voluntad de la Reina y dejar
su cuerpo en Toledo a la espera de que se calmaran los elementos
"
(Pedro Mártir de Anglería). Allí mismo se
reza un responso y el féretro descansó en S. Juan
de los Reyes, ya que el temporal impidió que los restos
se llevasen a la Iglesia Catedral Primada de Toledo.
El
cuerpo de la Reina permanece tres días en Toledo a la espera
de una mejora en el tiempo.
Por
la noche, los nobles de Toledo escoltan a la Reina y el pueblo
eleva al cielo sus plegarias.
Por
nuestra parte, después de atender las labores que teníamos
encomendadas del cuidado y atención a los animales, y antes
de descansar un poco, también implorábamos al cielo
para que cesasen las tormentas y se nos permitiera llegar a Granada.
El
sábado, 7 de diciembre se oficia una misa Solemne en la
Catedral, predicando la oración fúnebre el Canónigo
Quintanapalla, para después salir en procesión por
la Puerta del Perdón y concluir en el Alcázar.
Nos
llegan noticias de que el tiempo ha empeorado hacia el sur y que
la marcha se puede dificultar, ya que se encuentran muchos caminos
cortados por los desbordamientos de los ríos.
No
sin poco esfuerzo conseguimos vadear el arroyo de Riansares para
llegar a la localidad de ORGAZ.
Con
enorme cansancio, y habiendo dejado en el camino parte de la carga,
enseres y animales, y aquejados algunos de los miembros del séquito
por la fiebre y fatiga, atravesamos los Montes de Toledo y llegamos
a la localidad de LOS YEBENES, frontera natural entre la Meseta
y Andalucía.
Llegamos
poco después a MANZANARES, que nos recibe desde lo alto
de su majestuoso Castillo, ahora envuelto entre grises nubes cargadas
de agua.
Pasamos
la noche en el pueblo de PALACIOS, en el que tuvimos que derribar
una verja de hierro que flanqueaba la puerta de la Iglesia para
poder meter dentro el ataúd durante la noche.
Al
paso de la comitiva por VISO DEL MARQUÉS, en las laderas
de Sierra Morena, Camino Real y ruta obligada hacia Granada, salen
de un monasterio unas beatas que con profundo dolor se arrodillan
entre el fango y ruegan en voz alta por el alma de la Reina.
La
tormenta no amaina, la ventisca cada vez es más intensa,
y entre los componentes se habla sobre el temor que les causa
enfrentarse al paso del Guadalquivir, ya que las noticias que
nos llegan son bastante aterradoras.
Por
un momento a mi padre se le pasa por la cabeza la idea de que
yo abandone la marcha y que me recogerá a la vuelta. Mi
negativa se produce sin dudarlo un momento.
Nos
dirigimos en este instante hacia Jaén a través de
las localidades de Esplúy y Mengíbar.
Es
así que atravesamos unos amplios campos de olivos y llegamos
a ESPLÚY, ciudad gobernada desde su castillo por el señorío
de Benavides, linaje estrechamente ligado a la Corona de Castilla.
Hasta
las calles mas bajas estaban inundadas por la crecida del Guadalquivir
y sus puentes inundados cuando no destruidos. Se contratan unos
barqueros para que ayuden a pasar en barca a todos los capellanes,
mientras que el resto podemos cruzar por un puente que todavía
se mantenía en pié.
En
MENGÍBAR, ciudad despojada por los Reyes Católicos
de los privilegios de que gozaba como comunidad perteneciente
a la Orden de Santiago, se contratan también unos barqueros
que ayudan a pasar por el caudaloso río a toda la comitiva
incluidos animales y enseres, con gran peligro de nuestras vidas.
Más de un caballero cayó a los remolinos del peligroso
cauce, con graves riesgos para su salvamento, y más de
un animal se nos perdió entre las turbulentas aguas junto
con su carga, a pesar del trabajo y esfuerzo de mi padre y mío
propio, pasando por momentos muy difíciles que hicieron
temer por nuestra vida.
Fue,
sin lugar a dudas, el episodio más peligroso del viaje.
Pasados
los peores momentos del camino, hacemos un descanso y se recompone
la comitiva en Mengíbar.
En
TORRE DEL CAMPO, localidad cercana a Jaén y perteneciente
a su jurisdicción como consecuencia de una Cédula
Real emitida por los Reyes Católicos en 1492, el capellán
de la Reina, Juan Martínez, mencionado ya en varias ocasiones,
acoge a un grupo de pobres a los que viste y da limosna, siguiendo
una vez más las instrucciones dejadas por la Reina.
En
JAÉN, sede del Arzobispado, trasladado allí por
orden de D. Fernando, el séquito es recibido por el Arzobispo
y hacen unas rogativas en favor de la Reina.
A
esta altura del camino, y a pesar del tiempo, cada vez más
gentío se unía al duelo de la comitiva, pudiendo
conocer gente muy sencilla de muy distintos lugares, todos ellos
venidos para orar por nuestra Reina y rendirle un último
homenaje.
El
lunes, 16 de diciembre, nos acercamos a ILLORA, ciudad en la que
ya estuviera la Reina tres días después de que su
marido arrebatara, el 8 de junio de 1486, la ciudad a su bravo
caudillo moro. Esta ciudad había obtenido este mismo año
(1504) de los Reyes Católicos, por los leales servicios
prestados a la Corona, el privilegio de no pagar la moneda forera
(impuesto que debían de pagar los pueblos a la Reina de
Castilla en reconocimiento de sus señoríos sobre
las tierras y personas)
El
martes, 17 de diciembre, después de un triste viaje lleno
de desdichas, vientos y tormentas, y avistando la ciudad de Granada,
la luz del sol se abre camino entre las nubes.
D.
Pedro Patiño, Mayordomo Mayor de la Reina Isabel, y que
nos había acompañado durante todo el trayecto, ordenó
un alto en el camino para reorganizar el séquito y cubrir
el féretro con nuevos paños que se habían
traído desde Medina del Campo a fin de disimular los desperfectos
del accidentado y largo viaje.
Veintitrés
días después de su partida, la comitiva, rehecha
y en una procesión de antorchas, fue recibida el miércoles,
día 18 de diciembre, por el Arzobispo de Granada y antiguo
confesor de la Reina, Fray Hernando de Talavera, que en su día
fue avisado del fallecimiento de su Alteza mediante un escrito
enviado por Pedro Mártir de Anglería, persona de
gran confianza de la Reina, que se encontraba a su lado en el
momento de su muerte y que acompañó el Regio cadáver
durante todo el trayecto hasta su sepultura.
En
el Monasterio de San Francisco de la Alhambra, en solemne ceremonia
y acompañada de Cantos, se hace entrega a los frailes Franciscanos
de los restos de la Reina para poderles dar cristiana sepultura
en dicho monasterio, en un humilde sepulcro tal y como ella dispuso
en su Testamento "
.en una sepultura baxa, que no
tenga bulto alguno, salvo una losa baxa en el suelo, llana
..".
Los
frailes habían construido dos túmulos de leña,
uno en la puerta Elvira y otro en el Camino del Realejo, a los
que prendieron fuego mientras rezaban y entonaban cánticos.
Se
les hace entrega a los frailes Franciscanos de 90 hachas para
el novenario, y 100 más junto con 24 cirios grandes y velas
al sacristán del monasterio para las misas que se les había
encargado.
Las
calles de Granada se visten de luto riguroso, se reza en voz alta
y repican a difuntos todas las campanas de la ciudad.
Un
innumerable cortejo de nobles, caballeros y criados desfilan ante
el cuerpo de la Reina.
Fue
enterrada, tal y como ella dispuso, y a la espera de ser acompañada
por los restos mortales de su marido (fallecido en 1516), "en
sepultura llana" delante del Altar Mayor del franciscano
cenobio granadino, en lo que antes de la reconquista fuera Capilla
Real de los Moros.
Se
depositaron en la Capilla Real su cetro, su diadema, la espada
y su misal, manuscrito, que pertenecía a la Reina Católica,
así como otros ornamentos que había bordado ella
misma.
Nuestro
viaje había finalizado y nosotros habíamos pagado
nuestro tributo a la Reina de Castilla con nuestro trabajo y sufrimiento.
Medina
del Campo y toda Castilla estaba triste a la vez que huérfana:
habíamos perdido a su más ilustre moradora, habíamos
perdido a nuestra Reina Castellana.
Los
padecimientos del viaje quedaban ya en el recuerdo. Pedro Mártir
de Anglería, humanista italiano traído a la corte
y de su fiel confianza, escribiría en su Epistolario que
"ni el sol ni la luna fueron vistos durante este tortuoso
y póstumo entierro-viaje, que los fieles seguidores de
la Reina Castellana hicieron un largo y sufrido viaje hasta su
sepultura terrenal en la Granada recién conquistada, y
sin embargo ni un solo acompañante quiso abandonar el cortejo
fúnebre de la Reina"
Después
de un luto impuesto en la ciudad durante varios días, en
los que las novenas y rogativas por la Reina se sumaban unas tras
de otras, rehacemos la comitiva para desandar el camino hasta
nuestras tierras, tristes y con el corazón hundido de pena.
A
media jornada de caballo, y con el pensamiento puesto en los últimos
momentos de vida de la Reina, un pensamiento lleva a mi mente
las últimas palabras que le oyera a la Reina en su lecho
de muerte: "cuida de mis hijos en América
."Mi
cabalgadura se detiene. A mi lado se encuentra mi padre, Juan
de Morillo. Solamente le digo unas palabras: "He de cumplir
con la última voluntad de la Reina". Al momento
y sin mediar palabra por parte de mi padre, nos fundimos en un
fuerte abrazo. Sería esta la última vez que lo viese.
La
mula que montaba se desvió hacia la izquierda, por un camino
que, a pesar de haber amainado hace varios días la tormenta,
aún parecía un lodazal.
Cuarenta
días más tarde, y en el puerto de Sevilla, embarcaba
con dirección a América en un viaje que cambiaría
mi vida y del cual ya no tendría retorno.
"Esta es mi pequeña-gran historia, y después
de quince años al servicio y cuidado de los nativos de
estas tierras, espero haber sabido cumplir con la última
voluntad de nuestra Soberana, Reina y Señora, al menos
este ha sido mi más firme propósito".
Poco
después, Fray Rodrigo, cansado y abatido de nuevo por la
fiebre, se sumía de nuevo en el sueño. Toda la noche
estuve a su lado intentando aliviarle la fiebre sin conseguirlo.
Al
amanecer del día siguiente, con una sonrisa dibujada en
su rostro, daba un suspiro y exhalaba su último aliento.
Me
sentí privilegiado por el episodio del que acababa de ser
testigo. En un lugar apartado de la playa, mirando hacia el Océano
Infinito, y a miles de leguas de distancia de la ciudad que le
viera nacer, en una sencilla caja de madera, di sepultura a Fray
Rodrigo de Morillo, un fiel servidor de la Reina de Castilla que
había llevado la última voluntad de ésta,
hasta las últimas consecuencias, había abandonado
su vida para dedicarse de lleno a "cuidar de sus hijos en
América".
Con
dos tablas grandes formé una cruz y al fuego pude grabar
su nombre: